sábado, 11 de junio de 2011

Books









Acabo de ver The Secret of Kells, producida, parece mentira hace ya tres años, en 2008. Es una obra de una  belleza formal extraordinaria, lo cual es la única racionalización que se me ocurre aportar para explicar la profunda emoción que me ha producido. Profunda emoción, es cierto, pero teñida de una no menos profunda tristeza, ya que si estos últimos años produciendo una larga lista de magníficas producciones animadas al modo tradicional, debido al acicate que supone el éxito irrefrenable de la 3D, no es menos cierto que quizás esta cima no sea sino un último hurra, antes del desplome final, como tantas veces ha ocurrido en la historia del arte, en esos momentos de transición entre formas y estilos.

Pero ciñéndonos a la película. Lo que más sorprende en ella y lo que más emociona, como digo, a aquellos que hemos crecido en un tiempo en que la animación era ante todo dibujo, es que esta película fundamenta su impacto en su estilo gráfico, en hacer protagonista absoluto a la línea, al diseño, al color y a la composición, intentando transmitir el estado estados de animo con que debe observarse cada escena, supliendo la información que la película, su trama y sus diálogos, nos ofrecen sobre sus personajes,caracterizándolos visualmente casi por completo.

Una decisión que podría parecer gratuita, pero que en una película cuya trama teje una leyenda sobre la creación de un famosisímo manuscrito iluminado del siglo IX, el libro de Kells, no puede ser más lógica, ya que todo ese diseño intenta replicar la rica apariencia caligráfica de ese libro, famoso por lo intrincado de sus diseños y la pureza de sus diseños. Un paralelo que no sólo es visual sino que constituye el centro de la trama de la película, cuyo motivo principal, es como digo, la creación de ese libro y su protección contra todos los peligros que pueden amenazarle, al ser una pieza única cuya destrucción sería irremediable, no sólo por su belleza, esa belleza que da esperanza al mundo, sino por constitiur el legado de toda un pueblo, simbolizado por el trabajo de todos aquellos que dedicaron su vida a crearlo.

Ideas del pasado, en un tiempo en que todo es reproducible (o al menos se supone así) y por lo tanto siempre accesible, inmortal e indestructible, robando al libro de parte de su valor, al no ser ya, como digo, algo irrepetible, cuya destrucción sería irrepetible y por cuya protección, por tanto, valdría la pena perder la vida, como ocurre con los personajes de esta película. Ideas periclitadas y transnochadas, porque lo que lo que se intenta transmitir a las generaciones siguientes es un objeto, algo tangible, cuyo peso se puede sentir, cuyo olor se puede reconocer, y no algo virtual, lejano, separado de todos nosotros y como digo, en cierta manera desprovisto de trascendencia e importancia.

Ideas mucho más antiguas aún. Ya que el mundo en el que viven los personajes, es especialmente primitivo, un mundo en que la religión nueva, el cristianismo que asociamos a occidente, es aún una religión nueva, que vive entre las ruinas y los vestigios de las religiones antiguas, cuyos dioses y presencias siguen aún vivos, en los bosques eternos donde la civilización, la de las ciudades y los manuscritos no puede penetrar, y donde las fuerzas del progreso son completamente impotentes.

Un mundo habitado por seres mágicos, inmensamente más poderosos que los hombres, pero al mismo tiempo un mundo más amable y reconfortante, como sabe todo buen conocedor de la antigüedad grecorromana, ya que en él. el hombre nos está solo en medio de la naturaleza, como en nuestra sociedad laíca, ni a solas con un dios celoso que todo lo anota, sino rodeado continuamente por presencias, tanto benéficas como maléficas, entre las cuales el ser humano es un actor más de esa obra cósmica, en la cual la naturaleza, esa naturaleza habitada, no le es indiferente.

Y así, como nuestro monje protagonistas, es posible perderse entre esos bosques eternos para encontrar a los dioses, a los espíritus que en ellos habitan.