martes, 2 de marzo de 2010

Sifting

Archaeology is today the most important tool at our disposal for reconstructing the evolution of ancient Israelite society. Elsewhere in the ancient world, archaeological research has also transformed our vision of the past. The early history of Greece can now be told without resort to the mythic biographies of Minos, Theseus or Agammenon as primary sources. The rise of the Egyptian and Mesopotamian civilisations can be understood through inscriptions, potsherds, and settlement patterns rather than simply in tales of ancient wonders and semidivine Kings. The discrepancies between art and literature, on the one hand, and documented, verifiable history and archaeological evidence, on the other have made us see the founder myths of antiquity for what they are: shared expressions of ancient communal identity, told with great power and insight, still interesting and worthy of study, but certainly not to be taken as literal credible records of events.
Such is the case with David and Salomon who are depicted in the biblical narrative as founding fathers of the ancient Israelite state.


David and Salomon, Israel Finkelman and Neil Asher Silberman.

Cuando Schliemann excavó las antiguas ciudades de Troya y Micenas, el mundo contuvo la respiración. ¡Los poemas homéricos estaban basado en hechos reales! Por supuesto, ahora sabemos como la pasión homérica de Schliemann le llevó a atribuciones completamente erróneas (ni la máscara de Agamenón es de Agamenón, ni el tesoro de Príamo es de Príamo) o como su celo le llevó a casi destruir algunos de los yacimientos, en busca de pruebas que no existían, porque si bien es cierto que la Iliada y la Odisea conservan el recuerdo de la civilización micénica antes de su caída en el 1200 a.C, no es menos cierto que lo narrado está ambientado en el mundo griego del siglo VIII a.C, cuando los poemas homéricos empezaron a ponerse por escrito y que los personajes que aparecen son fabulaciones, historias transmitidas de generación en generación, que se han ido enriqueciendo y adornando hasta perder todo parecido con el original.

No es un fenómeno único. Ocurre con todos los mitos fundacionales, aquellos que sirven de punto de partida de un pueblo y una civilización. Así por ejemplo, los historiadores grecolatinos nos han transmitido prolijas biografías de Rómulo, Teseo o Licurgo, cuando es seguro que ninguno de los personajes retratados existió, al menos en la forma narrada por la leyenda. En tiempos más modernos, en el siglo XI y sucesivos, cuando las diferentes naciones europeas empezaron a distanciarse irremediablemente del recuerdo del Imperio Romano y a constituirse como entidades propias ocurrió un fenónemo parecido. En Inglaterra y Alemania, respectivamente, el ciclo Artúrico y el Cantar de los Nibelungos se pretendían crónica de hechos ocurridos en el siglo V d.C, duranta la Volkswanderung, pero todo en ello había sido traspuesto a la baja edad media, al ideal caballeresco surgido en el siglo XII, quedando poco de aquellas épocas lejanas, más allá de los nombres de los protagonistas. Incluso las obras que narraban hechos ciértamente históricos, como el Cantar de Roldán o el Poema de Mio Cid, habían sido sometidos a un fuerte proceso de legendarización y romantización,, limitado sólo por la distancia del narrador al hecho, pero aún así, como en el caso del Mío Cid, con una separación temporal lo suficientemente grande como para que se filtraran en la narración los hechos novelescos y se equivocaran personajes y lugares.

¿Y la Biblia? ¿Qué ocurre con esa obra que narra hechos cercanos temporalmente a los de la Iliada y que toma su forma actual más o menos en fechas próximas? En este caso, tenemos el problema de enfrentarnos a un libro santo, considerado verdad revelada por los seguidores de dos religiones y media, con lo que las opiniones tienden a polarizarse al extremo, entre aquellos estudiosos que lo consideran esencialmente histórico e intentan buscar en las excavaciones arqueológicas la confirmación a esa historicidad, y aquellos que la rechazan por entero como literatura sin ningún correlato histórica. Posturas extremas, como digo, provocada por la singularidad de la Biblia y que motivan que sus exponentes más señalados no dudan en retorcer las pruebas arqueológicas hasta embutirlas en sus inamovibles posiciones de partida.

... Y no tendría que ser así, pues, como bien indica el libro de Finkelman/Silberman que cito arriba, desde un punto histórico la Biblia no es más que la redacción de los mitos fundacionales de una sociedad como cualquier otra y por tanto debería ser estudiada como tal, es decir, determinando cuando se compuso, las diferentes capas y visiones que se fueron acumulando en su elaboración a medida que pasaba el tiempo, para concluir en lo que pudiera quedar de hecho histórico en ello, sin miedo a lo que la investigación pudiera descubrirnos.

En este sentido, las conclusiones de Finkelman/Silberman son, a partes iguales, sorprendente y perfectamente previsibles. Simplemente, aplicando lo que la investigación arqueológica de Palestina nos ha mostrado, podemos llegar a una fecha en la que debió ponerse por escrito la primera versión de la Biblia. Según los datos que estos estudiosos aportan, no debió existir un porcentaje apreciable de alfabetización en Jerusalém, el requerido por la administración de un reíno de esa época hasta finales del siglo VIII. Una fecha que se convierte en el límite superior para esa versión primera de la Biblia.

Hasta entonces, cualquier transmisión debió realizarse por vía oral y, como basta el ejemplo del Cantar de Mío Cid o de la Chanson de Roland, bastan muy pocos años para que los elementos novelescos se filtren en los datos históricos y unas cuantas generaciones para que esos datos hayan sido olvidados casi por entero, subsituidos por hazañas, heroicidades y hechos maravillosos.

¿Quiere decir esto que Salomón y David no hayan existido? No, su imagen ha sido modificada por cada generación que recibió las leyendas, conservado aquello que le servía, añadiendo nuevos elementos y vistiéndolo con lo que era conocido y normal para sus contemporáneos, como ocurre con el episodio de Goliath, que en la biblia aparece revestido de una armadura griega, imposible en el siglo X a.C en el próximo oriente, cuando se supone ocurre la historia, pero de uso corriente en el siglo VII cuando los mercenarios griegos eran una constante en todo el Oriente Mediterráneo.