jueves, 25 de marzo de 2010

Old Folk Tales




Hay una serie de excepciones notables en la última película de Wes Anderson, la magnífica Fantastic Mr. Fox, que la sitúan fuera de lo que es el cine actual.

La primera es por supuesto, que un director de cine de personajes reales se haya dedicado a la animación y especialmente a la técnica de la stop-motion. La animación tiende a ser tan absorbente, tan difícil y compleja, que la mayoría de los grandes nombres que la han practicado han preferido permanecer en el formato del corto, el cual les permitía obtener la máxima intensidad, o bien si se dedicaron al largo, lo fueron abandonando a medida que envejecían e iban perdiendo facultades y capacidad de concentración, al estilo de esa ley literaria no escrita que señala que la poesía es una labor de juventud y la novela de madures, y que raros son los artistas que consiguen brillar a la edad equivocada para uno de esos géneros.

Podría objetarse a lo anterior, a lo excepcional de que un director de actores se dedique a la animación, que ahora parece estar de moda, con figuras como Robert Zemeckis o James Cameron, produciendo películas de motion-capture una tras otra, o en un caso mucho más egregio e interesante que los anteriores, a Richard Linklater abrazando con pasión la técnica del rotoscopio, pero no hace falta para ser muy avispado para darse cuenta de la diferencia, ya que en todos estos caso, se sigue teniendo a un director que trabaja primero con personajes reales y que intenta captar esos mismo movimientos tal y como se producen, para luego decorarlos posteriormente y transformarlos, llegando incluso a que los propios creadores, Zemeckis y Cameron nieguen el estar realizando animación, al intentar replicar el mundo real por otros medios, algo que a Linklater no se le pasaría nunca por la cabeza, ya qué él si intenta mostrar lo invisible.

Sin embargo, Anderson no tiene miedo de aceptar la animación por entero, incluyendo defectos. La stop-motion siempre se ha caracterizado por la tosquedad de sus movimientos, incluso entre sus mejores cultivadores, que a lo mucho han conseguido atenuar esa sensación, haciendo como los magos que buscan distraer la atención del espectador para hacer creíbles sus trucos. En Fantastic Mr. Fox esa tosquedad parece buscada, especialmente cuando se compara con la supuesta perfección de la 3D actual, pero nadie puede negar que, pasada la impresión inicial, los personajes representados existen realmente y se comportan como lo que son, tienen en definitiva, consistencia y profundidad, actúan y sienten, se ven movidos por pasiones y motivaciones, mucho más de lo que se puede decir de la mayoría de las producciones de 3D, cegadas por la novedad y el brillo del invento aún recién estrenado.

Una profundidad que se debe a la certeza con la que el director ha adaptado el relato original de Roal Dahl, ya que el británico fue una de las pocas personas que ha sido capaz de recordar en tiempos recientes, de la profunda madurez que anida en la literatura infantil, en concreto la fábula, a la que pertenecen relatos y película. Ya desde Esopo, la fábula, con toda su simplicidad, con todo su aire infantil, era siempre un trasunto del mundo real, de las relaciones de poder que se establecían en los seres humanos, cada tipo representado por un único animal, y de la dureza, brutalidad y crueldad que suponía vivir en sociedad, donde sólo los más poderosos y violentos, como el león o el lobo, llegaban a triunfar.

Ellos, o los más inteligentes, como el zorro, el protagonista de esta historia y de tantas fábulas, el único de los animales capaz de engañar a los poderosos y salirse casi siempre con la suya, ayudado por el conocimiento profundo de los defectos y vicios de los demás, capaz de utilizarlos en contra de ellos mismos. El preferido, siempre por todos los lectores inteligentes y en general por todos los débiles, puesto que demostraba como los pequeñuelos, los oprimidos y despreciados, eran capaces de hacer frente a los violentos, de subvertir el orden existente y de humillar a los poderosos, como ocurre aquí, para regocijo como digo, de todos los olvidados en la vida diaria.

Una característica que muestra lo vacuos y hueros que son tantos productos hiper-super modernos que abarrotan nuestras pantallas, basados únicamente en lo cool, en las referencias pop, o en una aparente subversión que no es tal, ya que deja todo como estaba antes.