martes, 23 de marzo de 2010

Ex Oriente, Lux


Hay exposiciones con voluntad didáctica, en donde son tan importantes los objetos mostrados como los textos que los acompañan. Así con la muestra Fascinados por Oriente, abierta en el madrileño Museo de Artes Decorativas, un museo tan olvidado y poco visitado como fascinante e importante, por mostrar todas aquellas manifestaciones que no se han considerado tradicionalmente como arte, pero que han marcado la vida cotidiana de nuestros antepasados, en una medida que la manifestaciónes artísticas más nobles no han conseguido nunca... una dicotomía, entre a lo que se aspira y de lo que se disfruta, que pocas veces ha sido más clara y patente que ahora.

El tema de la exhibición, las sucesivas imágenes que Occidente se ha formado de Oriente (entiéndase Extremo Oriente, puesto que estamos hablando principalmente de China y Japón) es casi inagotable y especialmente revelador, puesto que estamos hablando de civilizaciónes, la occidental y la sinojaponesa, que siempre han estado apartadas espacial y culturalmente, pero que al mismo siempre se han sentido atraídas la una por las otras, hasta poderse hablar incluso de enamoramiento.

Una relación extraña, puesto que hasta el siglo XVI no hubo contacto directo y continuado entre ambos ámbitos culturales, pero que ya desde mucho antes, desde hace casi milenios, había cristalizado la idea de Extremo Oriente que aún perdura en nuestras concepciones. Los romanos, fuera de breves contactos, embajadas de las que guardamos escasas y concisas noticias, apenas llegaron a saber de los imperios chinos (la dinastía Han) contemporáneos. Sin embargo, ya eran conscientes que más allá del límite impuesto por Alejandro en la India y el Asia Central había algo más, el fabuloso y fantástico país de los Seres, donde se fabricaba ese tejido, la seda, de propiedades y texturas desconocidas en Occidente, y que llegaba a través del la mítica ruta de la Seda.

Un lugar en definitiva donde tenían cabida todas las fantasías y las mayores maravillas.

Una concepción que continuaría durante toda la edad Media, atizada por el relato de Marco Polo, de una tierra gobernada sabiamente, de inmenso poder y mayores riquezas, de inmensos avances culturales y técnicos, de paz, prosperidad y felicidad perpetua frente a la cual los europeos no podían competir ni rivalizar.... mezclada no obstante, con el recuerdo de los invasores venidos del Este, Hunos, Ávaros, Kazaros, Hungaros, Pechenegos, Cumanos, Mongoles, que en oleadas sucesivas se habían vertido sobre Europa, aterrorizándola durante toda la edad media. Una mezcla de respeto y temor que llevó a que los Europeos, cuando en el siglo XVI finalmente entablaran diálogo directo con esas civilizaciones del fin del mundo, no intentarán la conquista militar, ni el dominio político, como sí ocurriera en América, sino que procurarán negociar y comerciar.

Una imagen de felicidad, de refinamiento de grandeza, que se prolongaría en las Chinoiseries del XVIII, en la Japoniseries del XIX, y que aún continúa contaminando nuestra concepción de Oriente, como tierra del ideal, de la paz y de la sabiduría, eterna e inmutable puesto que ya ha alcanzado todas las cumbres. Una imagen distorsionada que, curiosamente, se replicaría entre los mismos orientales, que también antes del contacto soñaban con nosotros, completando con la imaginación los rumores que les llegaban de vuelta por la ruta de la seda, situando en el Occidente poco menos que el paraíso terrenal y el hogar de las divinidades que habrían de reinar al fin de los tiempos. Una admiración por los extranjeros, que les llevó y les lleva a adoptar con curiosidad todas las novedades occidentales, amalgamándolas con su propia cultura, para crear algo nuevo y diferente, distinto de la copia burda y servil,sino por el contrario completamente original, hasta el extremo de engañar a los propios occidentales que acaban por ver en esos productos la esencia de oriente... para acabar copiándolos a su vez.

Pero, cabe la pregunta ¿llegaron/hemos llegado a entendernos a comprendernos alguna vez? En los primeros tiempos del contacto, ambas culturas eran prisioneras de las propias imágenes que se habían creado, sin que intentaran comprenderse, así se producían confusiones como la del Chifu (traje de los altos funcionarios chinos, los mandarines, y el emperador) arriba mostrado, que es enviado por el emperador chino al rey de España, indicando que le ve como un gobernador suyo, de altísimo rango sí, pero subordinado a él, pero que el rey de España entiende como un presente entre iguales, ignorante de la compleja iconografía representada en la ropa.

Un bloqueo mental que sólo se empezó a romper a finales del siglo XIX, cuando los artistas de ambas culturas empezaron a gozar de los productos culturales de la cultura opuesta e intentaron aplicar los logros estéticos descubiertos a sus propias obras, un proceso en el que inevitablemente tenían que pensar como sus homólogos lejanos y acaban por imbuirse de las ideas del otro, como muestran los magníficos jarrones de Adolf Beckert, como el que cierra esta entrada, inspirados directamente en los grabados japoneses.