martes, 9 de marzo de 2010

Lost in the desert

Debería sentirme feliz por vivir en un tiempo en el que los últimos estrenos de animación se discute públicamente y donde no existe temor a confesar que se sigue religiosamente una serie animada.

Pero no es así, desgraciadamente, aunque pueda sonar a paradoja.

La animación que se discute es siempre la 3D con Pixar a la cabeza, preferidas simplemente por no parecer animación, sino realidad filmada de otra manera, mientras las series que se alaban no son otra cosa que translaciones de la siempre eterna sit-com familiar americana, hechas un poco más palatables para nuestro desengañado gusto actual, con un supuesto espíritu de transgresión y subversión que no es tal.

Frente a esto, la historia de la animación continua envuelta en las tinieblas para el gran público, como si nunca hubiera existido esa forma fuera de Disney y la 3D. Un desconocimiento que no sólo se extiende al espectador medio de cine, preocupado sólo por pasar el rato o aprovechar la ocasión social, sino para el supuesto experto, de forma que cualquier viaje en serio, por la historia de la animación se convierte en una sucesión de sorpresas, al constatar la variedad de estilos, soluciones y caminos que se han adoptado en los escasos 100 años con que cuenta esa forma, una historia jalonada de genios y obras maestras, completamente olvidadas.

Entre ellas, está la obra que comento hoy, Gwen ou Le livre de Sable, de 1987, dirigida por Jean-François Laguionie, y de la que simplemente la captura con la que encabezo esta entrada basta para dar cuenta de su originalidad, ya que cada plano de los que la componen es esencialmente pictórico, de belleza a veces sobrenatural (esa belleza de la animación que sí, como en este caso, puede superar a la realidad capturada, que decían ciertos teóricos de la cinematografía). Una pictoricidad, una belleza que pueden jugar en contra de la propia película, al impedir que la animación sea todo lo fluida que debiera o que quisiéramos, pero que no molesta dado el ritmo lento y sentencioso de esta obra, pensado para que podamos degustar con tranquilidad lo que vemos.

No menos extraña y original es la premisa de la narración, un mundo convertido en desierto africano, donde vagan, nómadas eternos, seres humanos que no tienen conciencia de que el mundo haya podido ser alguna vez de otra manera, pero cuyo paisaje está sembrado por gigantescos objetos de uso cotidiano de origen completamente desconocido y de funcionalidad olvidada.



Unos objetos cuyo origen y sentido se revelarán en más adelante en la historia, en un giro argumental que destruye y al mismo tiempo ensalza algunas de las creencias más arraigadas de nuestra cultura (o al menos de nuestra cultura hasta ayer mismo) y que al mismo tiempo sirve de recordatorio de la absoluta inutilidad del arte y de su cultivo, destilación y quintaesencia de objetos inútiles cuyo significado se ha olvidado, pero sin que esto menoscabe la profunda impresión que causa en nosotros y que lleva a que seamos incapaces de concebir la vida sin él y la supuesta belleza que nos aporta.

Una belleza que como digo está presente en cada uno de sus planos y, sorprendentemente para lo que son los invariantes de la animación occidental, en la representación de la figura, que se supone (equivocadamente) como imposible de conseguir y que debe ser evitada en todo instante, a menos que se realice de forma caricaturesca...