lunes, 29 de marzo de 2010

Siring/For All Eternity























Una de las series que estoy siguiendo este invierno, a la espera de que comience la temporada de Primavera que viene muy reducida por la crisis, es Dance In the Vampire Bund, de mi admirado estudio Shaft, aunque en este caso no llegue a despegar completamente, al mezclar lo mejor de su producción, el aire experimental y el deseo constante de abandonar los caminos trillados, con lo peor del anime actual, su tendencia al fan service y a utilizar modelos y caracteres estereotipados.

Sin embargo, aún así, la versión Shaft del mito vampírico me ha hecho darme cuenta de la decadencia irrefrenable en la que está inmerso esa figura del terror, reducido al novio perfecto de las adolescentes (en el fondo nos gusta que nos peguéis y seáis malos, para poder cambiaros, parecen decirnos) o en su defecto, cargados de toda clase de impedimentos morales y convertidos en humanos con superpoderes y por tanto, extremadamente frágiles,quebrados por el peso de esa nueva condición y odiándola hasta desear la muerte.

Sin embargo, el mito del Vampiro, de Drácula, en su plasmación medieval europea, anida un figura histórica de la cual el Vampiro es trasunto, se trata, por supuesto del señor feudal, con derecho de vida y muerte sobre sus vasallos y que se considera muy por encima de ellos, casi perteneciente a una raza o especie distinta. Una estructura que se traslada también a la propia organización de los vampiros, en que el acceso a ese estado exige una ceremonia especial, llamada muy adecuadamente en inglés siring (adopción), tras la cual el nuevo vampiro queda sometido a la obediencia del vampiro que le transformo, en una auténtica relación señor-vasallo, y de la que sólo puede liberarse con la muerte de su señor.

Asímismo, se suele dejar también de lado la relación víctima/verdugo, como la tortura y la humillación forman parte intrínseca del ataque vampírico, para conseguir quebrantar la voluntad de la víctima y que esta consienta voluntariamente, para concluir, en el caso de la transformación en vampiro (que no es otorgada a todos, como digo, sino tras un ritual en el que el neófito bebe la sangre de su maestro, como se ilustra en la secuencia que encabeza la entrada) en una metamórfosis de la víctima en torturador, que en ciertas versiones de la leyenda culmina en que la primera persona atacada por el nuevo vampiro es precisamente aquella que amara más en vida.

Lo cual nos lleva precisamente al tema del amor/sexo en las diferentes versiones de la leyenda, y que como decía en sus versiones más modernas se ha trasformado en enamoramiento adolescente, puro y sublimado, cuando precisamente lo que define al vampiro es la ruptura de todos los tabúes, la transgresión absoluto, al pertenecer a una esfera donde nuestras creeencias y prejuicios no son aplicables, el mundo del perfecto inmoral, donde todo lo que nos provoca asco y repulsión a los humanos, es precisamente lo preferido y deseable, y por ello debiendo ser llevado obligatoriamente a cabo, ya que no existe ningún limite que lo prohíba, expresada en la secuencia de arriba por la pasión incontenible de la adolescente recién transformada por el niño que era su vecino en vida.

Características estas olvidadas por los falsos vampiros de la ficción actual, pero que la serie de Shaft que arriba indico nos ayuda a recordar, aunque, ay, no en la potencia y fuerza original, sino como pálido reflejo de lo que debía ser, pero que no es.