sábado, 27 de marzo de 2010

Too Little Time

Ein Traumbild unter den vielen entzückte und erschüterrte ihn: Er lag in einem Walde und hatte ein Weib mit rotem Haar auf seinem Schoss, und eine Schwarze lag an seiner Schulter, und eine andere kniete neben ihm, hielt seine Hand un Küsste seine Finger, un überal und rundum waren Frauen und Mädchen, manche noch Kinder, mit dünne hohem Beinem, manche in voller Blute, manche reif un mit dem Zeichen des Wissens und der Ermüdung in den zuckenden Gesichtern, und alle liebten sie und alle wollten von ihm geliebt sein.

Herman Hesse, Klingors letzter Sommer.

Una imagen entre las muchas de sus sueños le inflamaba y le estremecía: Yacía en un valle, una pelirroja sobre su regazo, una morena apoyada en su hombre, otra mujer arrodillada a su lado, tomando su mano y besando sus dedos, y por todas partes y todo alrededor, otras mujeres y doncellas, algunas incluso niñas, de largas piernas delgadas, algunas completamente florecidas, otras madures y con las señales del agotamiento y la sabiduría en las ardientes mejillas, y todas le amaban y todas querían ser amadas por él.

Hacía muchos meses que no leía literatura, arrastrado por mi pasión por los libros de historia. Nada mejor que Hesse para compensar esa carencia.

Hesse es un escritor sorprendente entre los modernistas/formalistas del siglo XX. Mientras todos ellos intentan hacer visible su estilo, desplegando y demostrado un dominio del idioma y sus recursos del que muy pocos lectores pueden presumir, el narrador y poeta alemán se caracteriza por utilizar un alemán muy sencillo y accesible, casi rozando el registro coloquial, una facilidad que puede confundir a algunos, haciéndoles pensar en un escritor menor.

Por supuesto, nadie que haya leído a Hesse y por supuesto nadie que haya sabido librarse del mito tejido alrededor de su obra en los 60 ( resulta curioso que un escritor de los años 20 se convirtiera en el héroe de los jóvenes rebeldes de una generación posterior) puede ser capaz de concebir ese error. Esa aparente facilidad suyo no es más que otro recurso para poder involucrar el lector en los complejos dilemas y conceptos que constituyen el núcleo de su obra, esas profundas indagaciones sobre la naturaleza humana, su significado y su destino, que constituyen el núcleo de nuestra actividad y a las que sólo los necios pueden pretender haber dado fin.

Una complejidad conceptual, que se caracteriza por una complejidad estructural. Característico de Hesse, es la disolución de la narración en una serie de escenas, de cuadros, podría decirse, aparentemente sin conexión entre ellos, y en los que las preguntas, los enigmas, los misterios planteados, no tienen continuidad en lo que sucedió antes o en lo que sucedió después. Una estructura asímismo que toma la apariencia de cajas chinas, con narradores narrando a otros otros narradores, sirviendo de introducción para desaparecer inmediatamente o permaneciendo ocultos, sin nombres, en otro misterio añadido.

O en los casos más extremos llegando a una auténtica disolución de la realidad, en la que se hace imposible determinar la veracidad de lo que se nos cuenta y hasta que punto es una fantasía del propio narrador o de los protagonista.

No otro es el caso de este Ultimo Verano de Klingsor, a un aparente narrador omniscente que nos introduce en el verano que se cierra con la muerte del pintor que da título al relato, y que nos da una aparente sensación de objetividad, de esperanza de explicación a lo que pudiera ocurrir en ese tiempo, le sigue una serie de escenas en las que se nos presenta la psique del pintor, sucesos que solo para él deberían ser conocidos y que seguramente no confiaría a nadie.

Una estructura, de ir e venir, de vagar sin rumbo, de perder el tiempo inevitablemente, que corresponde a una pregunta central e importantísima, el como vivir sabiendo que nuestro tiempo está limitado, que la muerte nos atrapará a todos y reducirá a la nada todo lo que somos, todo lo que deseamos, todo aquello a lo que aspiramos. Una situación común a todos los humanos en la que parece que sólo existe una salida, exprimir los placeres, llegar a lo máximo en nuestra actividad, en este caso la pintura, aunque ambos caminos sean incompatibles y transitar por uno signifique renunciar al otro, aunque se tenga la certeza de que nunca se llegará al destino, a la conclusión, a la completitud en ninguno de los dos, y de que la muerte nos arrebatará antes de habernos ni siquiera acercado.

Preguntas, preguntas, a las que la vida no da ninguna respuesta, ni este libro tampoco, aunque ambos no prometan lo contrario, para que sigamos viviendo, para que sigamos leyendo.