martes, 14 de junio de 2016

Los laberintos de la ciencia (y I)

Who caused whom? Does technology causes us, or we cause it? Does it lead us wherever it wishes, even to perdition, or can we make it bend before our pursuit? But what drives this pursuit if not technical thought? Is is always the same, or is the "humanity-technology" relationship itself historically variable? If the latter is the case, then where is this unknown quantity heading? Who will gain the upper hand, a strategic space for civilisation maneuvers: humanity, which is freely choosing from the widely available arsenal of technological means, or maybe technology, which, through automation, will succesfully conclude the process of removing humans from its territory? Are there any thinkable technologies that are imposible to actualize,  now and in the future? What would determine that possibility - the structure of the world or our own limitations? Is there another potential direction in which our civilisation could develop, other than a technical one? Is our trayectory in the Universe typical? Is it norm - or an aberration?

Stanislaw Lem, Summa Technologiae

¿Quién produce a quien? ¿Somos la causa de la tecnología o es ella la nuestra? ¿Nos conduce a donde quiere, incluso a la perdición, o podemos hacer que se incline ante nuestros afanes? ¿Pero qué guía esa búsqueda si no es el pensamiento técnico? ¿Es siempre igual, o la relación humanidad-tecnología es en si misma variable en la historia? Si esto último es cierto ¿A dónde conduce esta variable desconocida? ¿Quién quedará ganador, en el ámbito de los cambios de la civilización: la humanidad, que elige libremente del arsenal de medios tecnológicos ampliamente a su disposición, o quizás la tecnología, que, mediante la automatización, concluirá con éxito el proceso de eliminar a los humanos de su territorio? ¿Hay alguna tecnología que sea imposible convertir en realidad, ahora y en el futuro? ¿Que decide esta posibilidad - la estructura del mundo o nuestras limitaciones? ¿Hay otra dirección potencial hacia la que pueda desarrollarse nuestra civilización, aparte de las técnicas? ¿Es nuestra trayectoria en el universo típica? ¿Somos la norma - o una aberración?

Si siguen este blog, sabrán que el verano pasado me reencontré con la obra de Stanislaw Lem y me la leí casi entera, excepto aquello que no había sido traducido ni al castellano ni al inglés. De todo lo que me compré me quedo un libro en el tintero, Summa Technologiae, un intento por parte de este escritor de ciencia ficción de predecir qué avances tecnológicos podría depararnos el futuro en las décadas posteriores a 1964, año de publicación de la primera edición.

Las etiquetas que he puesto, ciencia-ficción, predecir, futuro, avances tecnológicos, son engañosas. Si han leído a Lem, sabrán que es una excepción en el panorama de la ciencia-ficción. No es ya que sea un exponente magnífico de la rama "hard" de este genero, sino que cada libro suyo es una exploración de problemas científicos y filosóficos que giran alrededor de unos pocos temas trascendentales: las limitaciones del conocimiento humano, la imposibilidad del contacto con inteligencias ajenas, un sano escepticismo hacia el concepto de un progreso indefinido, exponencial y benéfico.

Con estos antecedentes, no extraño que Summa Tecnología no sea una predicción futurística al uso, un catálogo de posibles nuevas tecnologías cuya tosquedad e ingenuidad sólo despiertan hilaridad al cabo de unos años, sino un sesudo análisis sobre las posibilidades del avance científico, los obstáculos que pudieran hallarse en su camino y los posibles callejones sin salida a los que podríamos confluir. Sin remedio y sin siquiera darnos cuenta, hasta que fueran irremediables.

sábado, 11 de junio de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Koechlin (y XXVIII)




En mis últimas entradas sobre la música del siglo XX les había hablado de la extraña reivindicación reciente de Sibelius. Extraña porque la conversión en zantón de este compositor era una doble equivocación. Por un lado apelaba a un mundo musical ideal que no deja de ser semejante a esas catedrales neogóticas del siglo XIX, más perfectas y puras que cualquier auténtica catedral gótica. Por otro lado, porque era un menosprecio a todo compositor comtemporáneo, como Rihm, que intenta encontrar un camino transitable entre las ruinas del romanticismo musical y los desiertos de la vanguardia-

Además, esta pasión por Sibelius era una injusticia hacia muchos otros compositores coetáneos. De alguno, como Toch o Kreneck, ya hemos hablado, pero todos comparten una misma característica, el intentar navegar entre el solipsismo de la vanguardia y la estéril repetición de las formas románticas. Entre ellos, un compositor casi desconocido como Charles Koechlin, pero que merece, por méritos propios, figurar entre los más grandes.

jueves, 9 de junio de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Rihm (y XXVII)



A más de alguno le habrá sorprendido que en la entrada anterior calificase a Sibelius como callejón sin salida musical, pero no puedo concebirlo de otra manera. Sus obras me parecen las de un romántico a destiempo, perdido en un mundo que no es el suyo. Ni siquiera llegan a ser las de un romántico desengañado de ese mismo romanticismo y que empieza a sospechar que el final de ese sentir estético está próximo, como sería el caso de Bruckner y Mahler, ejemplos de la duda y la contradicción. 

De hecho, la música del siglo XX puede separarse en dos tempos distintos, según sea su relación conflictiva, su repulsa y su rechazo, hacia el romanticismo decimonónico. Una primera época abarcaría desde los dos primeros cuartetos de cuerda de Schönberg, en la década inicial del siglo XX, hasta un momento indeterminado en los 70, cuando la experimentación se reveló, a su vez, otro callejón sin salida. Los músicos de esa vertiente formal se caracterizaron así por su experimentación sin consideraciones hacia el público, en busca de los límites de las artes sonoras, mientras abandonaban, en ese camino, todo concepto de belleza, sensibilidad, armonía y musicalidad. Huyeron, por tanto, del romanticismo atormentado y personal del siglo anterior, para buscar nuevos mundos, perfectas racionalidades, que acabaron desembocando en el ilimitado desierto sonoro del ruido.

De ese fracaso, glorioso, pero fracaso al fin y al cabo, surgió, como ya saben, un movimiento de reacción. Se trataba de volver a conectar con el público, de reflejar de nuevo en notas los sentimientos del compositor y lograr comunicárselos a la audiencia. Sin embargo, ese  retroceso, esa aparente restauración no fue y no es una appel a l'ordre, ni tampoco un intento de resucitar el romanticismo clásico y convertirlo en una neocosa. Músicos como Schnittke sabían que el pasado no se podía revivir, que lo pasado no se podía abolir y que por tanto  una vuelta al ideal, al edén perdido o la arcadia soñada, era ya imposible. Sólo quedaba vagar en una especie de limbo perpetuo, entre la perfección del pasado, donde ya no se podía habitar, y las tierras estériles que los innovadores sonoros habían avistado, explorado y cartografiado.

Wolfang Rihm es otro de estos habitantes de la tierra de nadie musical.

martes, 7 de junio de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Sibelius(y XXVI)



Cuando me aficioné a esto de la música, clásica, culta o como quieran llamarla, allá al comienzo de los años ochenta del siglo pasado, el compositor Jan Sibelius no era más que una nota marginal en mi libro de texto. Se le asociaba con el postromanticismo y el nacionalismo musical, sin apenas  nombrar otra obra suya que la suite Finlandia. No pasaba de ser otro compositor más de segunda fila, interesante y con talento, pero de ninguna manera genial o trascendente, definitivo e imprescindible. Lo que no imaginaba yo en aquel entonces es que existía una cuestión Sibelius, que su nombre estaba asociado con una agria y longeva polémica musical. Una más de las que han enfrentado a antiguos y modernos, a clásicos y vanguardistas.

sábado, 4 de junio de 2016

Encrucijadas (II)

Zosimus knew that Gordian had married the daughter of Timesitheus, whose name Zosimus gives, wrongly, as Timesicles, and that the Persians had invaded the empire while Ardashir was still on the throne. It is through George's Chronicle and Zonaras that we learn that Dexippus had also recorded the capture of Nisibis and Carrhae under Maximinus. Zosimus states that Sapor had succeeded his father before Gordian moved east and knows that the Romans had won an initial victory over the Persians, and that Timesitheus had then died. What follows is nonsense. Zosimus and Zonaras both say that the pretorian prefecture then passed to Philip, and that Philip arranged to send the supplies that had been gathered for the army, which was in the area of Carrhae and Nisibis, too far ahead of the troops so they begun to starve. When they ran short of provisions, the troops mutinied and killed Gordian.
The point of this account (Zosimus') is to maintain the picture of Gordian as a successful ruler who died only because of a treacherous subordinate. It omits some rather important details. Sapor says that Gordian invaded his empire, and that he reached the city of Misiche on the Middle Euphrates, where, Sapor also says, he defeated and killed the Emperor. This too is less than accurate, for we know that Gordian died nowhere near Misiche. Rather, he died in Zaitha, the region near the confluence of the Khabur and the Euphrates in northern Mesopotamia. The spot was marked by a massive tumulus in which the body of Gordian was, at least temporarily, buried after he had been killed by his own men. Plotinus had accompanied the expedition in the hope of meeting the sages of the east, and his biographer says that he escaped the camp only with difficulty, which again says that there was serious trouble in the camp at the time Gordian perished. The date was sometime between January 13th and March 14th, 244, a very odd time of the year to be attempting to campaign in Mesopotamia, as it was then the height of the rainy season.
Insofar as anything like the truth can be extracted from these diverse accounts, it appears that Gordian's army invaded Mesopotamia in the winter of 244, and that it reached Misiche at the Northwestern end of the Naarmalcha, the grand canal that traverses Mesopotamia at that point. There Sapor defeated the Romans, who withdrew back up the Euphrates to Zathia, where the army, probably in frustration, murdered its teenage emperor. The Roman tradition  never seems to have admitted the defeat, for even the contemporary author of some lines contained in the Thirteenth Sybilline Oracle did not know of if. What role, if any, Philip played in these transactions cannot be known, but it is interesting that even the hostile accounts of Zosimus and Zonaras do not suggest that he was with the army when the emperor died.

David S. Potter, The Roman Empire at Bay

Zosimo sabía que Gordiano (III) se había casado con la hija de Timesitheus, cuyo nombre escribe, equivocadamente, como Timesicles, y que los persas habían invadido el imperio cuando Ardashir estaba aún en el trono. Es mediante la Crónica de Jorge y de Zonaras que nos enteramos que Dexipo había también relatado la captura de Nisibis y Carras bajo Maximino (el Tracio). Zósimo afirma que Sapor había sucedido a su padre antes que Gordiano se trasladara al este y sabe que los romanos había ganado una victoria frente a los persas, y que Timesitheus murió entonces. Lo que sigue es absurdo.Tanto Zosimo como Zonaras indican que la prefectura pretoriana había pasado a Filipo (el Árabe), y que éste había organizado que los suministros para el ejército, por aquel entonces en el área de Carras y Nisibis, fueran enviados por delante de las tropas de manera que estas empezasen a pasar hambre. Cuando se quedaron sin provisiones, la tropas se amotinaron y asesinaron a Gordiano.
El objetivo de esta narración (la de Zósimo) es reforzar la imagen de Gordiano como un gobernante con éxito que sólo murío debido a la traición de un subordinado. Oculta algunos detalles bastante importantes Sapor indica dice que Gordiano invadió su imperio y que llegó hasta la ciudad de Misique en el Eufrates medio. Esto también es cualquier cosa menos preciso, porque sabemos que Gordiano no murió en Misique. En realidad, falleció en Zaita, en la zona de la confluencia entre el Javbur y el Eufrates en la Mesopotamia septentrional. El lugar estaba señalado por un enorme túmulo donde el cuerpo de Gordina fue enterrado, al menos temporalmente, tras ser asesinado por sus propios hombres. Plotino. que había acompañado la expedición con la esperanza de encontrarse con los sabios de poriente dice que escapo del campamento con dificultad, lo que indica de nuevo a serios disturbios allí cuando Gordiano murió. La fecha se encuentra entre el 13 de enero y el 14 de marzo de 244, una temporada muy poco favorable para intentar la invasión de Mesopotamia,. puesto que era en medio de la estación de lluvias.
En la medida que algo de cierto puede sacarse de estas narraciones separadas, parece que el ejercito de Gordiano invadió Mesopotamia durante el invierno de 244 y que alcanzó Misique en el extremo norte del Naarmalca, el gran canal que atraviesa Mesopotamia en esa zona. Allí, Sapor derrotó a los romanos, que se retiraron Eúfrates arriba hasta Zatia, donde el ejército, probablemente debido a la frustración, asesinó al emperador adolescente. La tradición romana no parece admitir la derrota, porque incluso el autor contemporáneo de parte del decimotercero Oráculo sibilino la desconoce. Que papel jugó Filipo , si es que jugó alguno, en esos acontecimientos es desconocidos, pero resulta curioso que las narraciones hostiles de Zósimo y Zonaras no apuntan a que estuviera con el emperador cuando murió.

 Les pido disculpas por la interminable cita, primero en inglés y luego en mi traducción, con la que he abierto esta entrada. Sin embargo, no había otra manera de dejar de manifiesto las dificultades insuperables con que se enfrentan los historiadores de la crisis del siglo III en el Imperio Romano. Como pueden ver, incluso para un acontecimiento decisivo como es la invasión fallida del Imperio Sasánida por parte del Emperador Gordiano III y su asesinato a manos de sus propios soldados, es imposible determinar un relato coherente y fiable de los hechos. El historiador se ve obligado a espigar las historias de Zósimo y Zonaras, historiadores respectivamente del siglo VI y XII, que a su vez beben de Dexipo, contemporáneo de los hechos pero del que apenas se conserva nada y esto no muy bueno; o bien creer en los infundios de la Historia Augusta, falsificación histórica de finales del siglo IV. Eso o buscar alusiones en obras no estrictamente históricas como la biografía de Plotino o las desconcertantes Profecías Sibilinas.

También salirse del ámbito romano y estudiar los relieves propagandísticos de Sapor, el rey de reyes sasánida, donde se muestra como humilló a tres emperadores romanos, Gordiano III, Filipo el Árabe y Valeriano, el prinero siendo pisoteado por la montura de Sapor y el último arrodillándose ante ésta, pidiendo clemencia. Hechos que los historiadores romanos callan, excepto cuando eran imposibles de ocultar, caso de Valeriano, pero que Sapor proclama a los cuatro vientos, declarando que el Imperio Romano se ha convertido en tributario suyo y se halla, prácticamente, a su merced.

Sapor pisoteando a Gordiano III, mientras Valeriano pide clemencia, Relieve de Bishapur

Valeriano y Filipo el Árabe postrándose ante Sapor, Relieve de Nashq-i-Rustam

Sin que de ello resulte nada en claro, excepto que estamos tratando con propaganda. Es decir, tendenciosa e incompleta. Contradictoria e irreconciliable, según se mire la de un bando o la de otra

martes, 31 de mayo de 2016

La gran desilusión (y II)

El propósito de este ensayo es corregir la desviación en la puntería del pensamiento político al uso, que busca el mal radical del catalanismo y bizcaitarrismo en Cataluña y en Vizcaya, cuando no es allí donde se encuentra. ¿Dónde, pues? 

Para mí esto no ofrece duda: cuando una sociedad se consume víctima del particularismo, puede siempre afirmarse que el primero en mostrarse particularista fue precisamente el Poder central. Y esto es lo que ha pasado en España. 

Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho. Núcleo inicial de la incorporación ibérica, Castilla acertó a superar su propio particularismo e invitó a los demás pueblos peninsulares para que colaborasen en un gigantesco proyecto de vida común. Inventa Castilla grandes empresas incitantes, se pone al servicio de altas ideas jurídicas, morales, religiosas; dibuja un sugestivo plan de orden social; impone la norma de que todo hombre mejor debe ser preferido a su inferior, el activo al inerte, el agudo al torpe, el noble al vil. Todas estas aspiraciones, normas, hábitos, ideas se mantienen durante algún tiempo vivaces. Las gentes alientan influidas eficazmente por ellas, creen en ellas, las respetan o las temen. Pero si nos asomamos a la España de Felipe III advertimos una terrible mudanza. A primera vista nada ha cambiado, pero todo se ha vuelto de cartón y suena a falso. Las palabras vivaces de antaño siguen repitiéndose, pero ya no influyen en los corazones: las ideas incitantes se han tomado tópicos. No se emprende nada nuevo, ni en lo político, ni en lo científico, ni en lo moral. Toda la actividad que resta se emplea precisamente «en no hacer nada nuevo», enconservar el pasado -instituciones y dogmas-, en sofocar toda iniciación, todo fenómeno innovador.
 

Castilla se transforma en lo más opuesto así misma: se vuelve suspicaz, angosta, sórdida, agria. Ya no se ocupa en potenciar la vida de las otras regiones; celosa de ellas, las abandona a sí mismas y empieza ano enterarse de lo que en ellas pasa.
 
Si Cataluña o Vasconia hubiesen sido las razas formidables que ahora se imaginan ser, habrían dado
un terrible tirón de Castilla cuando ésta comenzó a hacerse particularista, es decir, a no contar debidamente con ellas. La sacudida en la periferia hubiera acaso despertado las antiguas virtudes del centro y no habrían, por ventura, caído en la perdurable modorra de idiotez y egoísmo que ha sido durante tres siglos nuestra historia. 

Jóse Ortega y Gasset, España Invertebrada 


Si he comenzado esta entrada con esta larga cita es porque en ella se resume lo poco de bueno y lo mucho de malo que hay en el pensamiento orteguiano. No es que la situación política que él denuncia haya dejado de ser actual, ni mucho menos. Desgraciadamente, Ortega era certero en sus diagnósticos y, al igual que hace casi un siglo, el gran problema de España es que ninguno acabamos de creérnosla, de manera tomamos uno de dos caminos, o de tres si llega el caso. Bien buscamos nuestra otra nueva patria que pensamos será mejor que la común, caso de los nacionalismos periféricos, o bien nos inventamos una figuración de un estado unido ideal de algún instante del pasado que hay que restaurar, caso del centralismo. Entre medias, quedamos los más que, hastiados de tanto griterío inútil e improductivo, decidimos seguir con nuestras vidas... sin darnos cuenta de que nuestro silencio se toma por aprobación de una de las dos posturas.

España, por tanto, ha dejado de existir, si que fue alguna vez. La cuestión que queda por resolver es, por tanto, la del cómo y por qué. Ése es el objeto del estudio de Ortega, en donde emerge lo peor de este filósofo, consistente bien no decir nada, hablar vaguedades y remitirse a obras futuras, o bien señalar a causas y motivos que hoy nos resultan risibles, sustentados únicamente por su magnífica prosa y su poder de seducción.

Débiles razones ésas para justificar su fama y su influencia, aplastante durante todo el siglo XX, o para justificar su lectura en este siglo XXI

jueves, 26 de mayo de 2016

Encrucijadas

That Alaric could see the world the way it did is reminder of how important it was that the Roman state be able to define the ways that people participated in it. It would have been unthinkable for a tribal chieftain in the age of Marcus to presume of a high command without serving as a junior officer in the Roman Army first. Alaric's career is emblematic of just how suddenly, and dramatically, the state was losing its ability to exercise that control. Not only could Alaric think what he thought, he also could do so as the leader of independent people within the boundaries of the empire. The significance of the frontiers themselves had now to be called into question., and before Alaric sacked Rome, the Rhine frontier was swept away by other tribes. Rome's loss of ability to preserve the integrity of its boundaries marked the true end of its hegemonic position in the western world. By losing is hegemonic position, by losing the ability to control its own frontiers, by losing ability to control access to administration, the Roman state lost its ability to define what it meant to be Roman. It also lost its ability to defend the urban heartland of the empire. As Augustine lay dying in 430, his city was threatened by the fleet of the Vandals, who had earlier crossed the Rhine, never to be brought under the control of government.

David S. Potter. The Roman Empire at bay.

Que Alarico pudiera tener la visión del mundo que tenía es un recordatorio de lo importante que era para el estado romano definir los modos en que se participaba en él. Habría sido impensable que un cabecilla tribal de la época de Marco Aurelio ostentase un alto mando sin servir antes como suboficial en el ejército romano. La carrera de Alarico es un ejemplo de lo súbito y dramático con que el estado estaba perdiendo su capacidad de control. No sólo podía Alarico pensar del modo que lo hacía, sino que podía hacerlo como líder de un pueblo independiente dentro de los límites del imperio. La relevancia de esas mismas fronteras podía ser ahora puesta en duda y antes de que Alarico saquease Roma, la frontera del Rhin había sido quebrantada por otras tribus. La pérdida de la capacidad de mantener la integridad de sus fronteras señaló el auténtico final de la hegemonía romana sobre occidente. Al perder esta posición hegemónica, al perder la capacidad de controlar sus propias fronteraras, al perder la capacidad de controlar el acceso a la administración, el estado romano perdió la capacidad de defender el corazón urbano del imperio. Cuando San Agustín agonizaba en el 430, su ciudad estaba amenazada por la flota de los Vándalos, que habían cruzado el Rin con anterioridad, y nunca fueron puestos bajo el control de gobierno.

En la historia existen periodos fascinantes que normalmente no figuran en la memoria del aficionado y que tampoco suelen ser objeto de las obras lanzadas a bombo y platillo por las editoriales de divulgación. Uno de ellos es el siglo III d.C. en el Imperio Romano, la llamada crisis del siglo III. De Roma y su Imperio se suele recordar la disolución de la república y la fundación del principiado, centrada en las guerras civiles que siguieron a ambos triunviratos. Asímismo, otro polo de interés es la caída en el siglo V del Imperio Romano de Occidente, sobre la que siguen proponiéndose explicaciones y reinterpretaciones. incluso la de sí realmente existió tal desplome y catástrofe como se nos ha transmitido e imagina la mente popular.

Sin embargo, poco se oye hablar, siquiera mencionar, de la crisis del siglo III, cuando se trata de uno de los periodos cruciales de la historia del mediterráneo y por ende de Occidente. Digamos que el Imperio Romano estuvo a punto de caer entonce, en los años centrales de ese siglos, o al menos de separarse en varias potencias regionales, y si consiguió perdurar otro fue sólo por transformarse hasta tornarse irreconocible. De un estado centrado en Roma y donde en Roma se tomaban las decisiones capitales, a una Romanidad descentralizada, en la que podían coexistir múltiples centros de poder y gobernantes, más o menos conciliados, más o menos enfrentados. De un estado fundamentalmente pagano y orgulloso de su filosofía y su tradición casi milenaria, a otro en vías de ser esencialmente cristiano, donde la iglesia era un poder a la misma altura del de los emperadores, mientras que sus conflictos internos se volvían cuestión de estado. Un periodo, en fin, donde todos los medios e instituciones, desde las legiones, su despliegue y su armamento, a los concejos urbanos y el mismo trazado de las ciudades, se remozaron y modificaron de arriba abajo, para poder enfrentarse a unos tiempos y circunstancias muy distintas a las de su creación.

Dada esta introducción, pueden preguntarse por qué este periodo no es más conocido y por qué no se escriben más obras sobre él. Pues bien, la razón principal es que se trata de uno de los periodos peor documentados de la historia del Imperio. No sólo desde el punto de vista romano, sino del de las potencias externas, bárbaros del norte e Imperio Persa Sasánida, actores de pleno derecho en esa historia, que o bien no dejaron registros o bien fueron destruidos cuando esos imperios cayeron a su vez. En el caso romano, no tenemos historias de conjunto que abarquen el periodo o que  iluminen parte de él. Dion Casio y Herodiano se interrumpen justo antes del estallido de la crisis, mientras que Zósimo y Eusebio se limitan a breves resúmenes imprecisos. Sí lo narra con gran detalle la Historia Augusta, un relato de ese siglo escrito presuntamente por contemporáneos, pero que no es más que una falsificación muy posterior, interesada, tendenciosa, imprecisa y malinformada. Tanto que sólo se puede confiar en ella cuando la corroboran testimonios externos. Si los hay, porque estas corrobaciones externas se reducen a las escasas incsripciones descubiertas por la arqueología, los frisos propagandísticos sasánidas o a alusiones oblicuas en textos que tienen otro propósito distinto al histórico.

Por ello pueden imaginarse que cuando vi en amazon la obra de David S. Potter que les comento, corrí a comprarla. Más aun cuando se trataba de uno de los tomos que me faltaba de una historia de antigüedad que comencé a coleccionar en los 90, en traducción castellana, y que había dejado un tanto de lado

martes, 24 de mayo de 2016

La gran desilusión (I)

Si se analiza el nuevo estilo se halla en él ciertas tendencias sumamente conexas entre sí. Tiende: 1º, a la deshumanización del arte; 2º, a evitar las formas vivas; 3º, a hacer que la obra de arte no sea, sino obra de arte; 4º, a considerar el arte como juego, y nada más; 5º, a una esencial ironía; 6º, a eludir toda falsedad, y, por tanto, a una escrupulosa realización. En fin, 7º, el arte, según los artistas jóvenes, es una cosa sin trascendencia alguna.

José Ortega y Gasset, La deshumanización del arte.

Es un hecho innegable que todo español de cierta edad, sea de izquierdas o de derechas, ha caído en cierto momento bajo el hechizo del pensamiento orteguiano. Yo mismo, durante mi adolescencia, devoré libro tras libro de este filosofo y recuerdo que sus palabras me parecían la verdad revelada. Estaba yo, es cierto, en ese periodo vital en que uno descubre el amplio e inacabable mundo del pensamiento, pero cuando aún cree equivocadamente que los pensadores no se contradicen entre sí, que todos los libros en realidad narran la misma verdad, sólo que en diferentes formas y manifestaciones.

Con el tiempo pierde uno ese entusiasmo y esa fe juvenil. No sé si para bien o para mal, pero se vuelve uno escéptico, desengañado, desconfiado, cambios que no benefician a la apreciación de nuestros amores de juventud. A algunos, les perdonamos sus flagrantes errores, sus claros patinazos, y seguimos amándoles, aunque sea a regañadientes. Otros se tornan intragables, enfadosos, hasta un punto que casi debemos obligarnos a terminar su lectura, por mero rigor y respeto, en vez de arrojarlos a un rincón. Siendo menos dramático, a relegarlos a un rincón de la biblioteca, de donde no volveremos a sacarlos.

Así me ha ocurrido con Ortega, cuyo pensamiento cada vez me parece más caduco, irrelevante para nuestro desquiciado presente. Mejor dicho, acertado en sus diagnósticos, que aún podrían ser válidos a pesar del tiempo transcurrido, pero errado sin remedio en su tratamiento y curación, que se reduce a unas cuantas vaguedades ingeniosas de mínima aplicación práctica.

Dentro de esos diagnósticos certeros que se traducen en inoperancia, el ensayo de 1925, La deshumanización del arte, ocupa un lugar especial dentro de la literatura y el pensamiento hispano, al lado de España Invertebrada y La rebelión de las masas. De hecho ha tenido una influencia muy superior a su breve extensión y ha servido tanto para definir el arte moderno en nuestro ámbito cultural, caracterizado por esa deshumanización del título, como para de ser utilizado para su defensa y su rechazo. 

Lástima que, leído ahora, cercano el siglo de su publicación y cuando la modernidad hace ya mucho que murió, este ensayo dé la impresión de haber sido escrito por alguien muy sabio y muy sensato que no llegó a enterarse muy bien de qué iba la fiesta.

sábado, 21 de mayo de 2016

Reconstrucciones

Habiéndose disuelto así las dos formaciones opuestas, el Abad dio una orden y Salomón empezó a poner la mesa, Santiago y Andrés trajeron un fardo de heno, Adán se colocó en el centro, Eva se reclinó sobre una hoja, Caín entró arrastrando un arado, Abel vino con un cubo para ordeñar a Brunello, Noé hizo una entrada triunfal remando en el arca., Abraham se sentó debajo de un árbol, Isaac se echó sobre el altar de oro de la iglesia, Moisés se acurrucó sobre una piedra, Daniel apareció sobre un estrado fúnebre del brazo de Malaquías, Tobías se tendió sobre un lecho, José se arrojó desde un hoyo, Benjamín se acostó sobre un saco, y además, pero en este punto la visión se hacía confusa, David se puso de pie sobre un montículo., Juan en la tierra, Faraón en la arena (por supuesto, dije para mí, pero ¿por qué?), Lázaro en la mesa, Jesús al borde del pozo, Zaqueo en las ramas del árbol, Mateo sobre un escabel, Raab sobre la estopa, Ruth sobre la paja, Tecla sobre el alfeizar de la ventana (mientras por fuera aparecía el rostro pálido de Adelmo para avisarle que también podía caerse al fondo del barranco), Susana en el huerto, Judas entre las tumbas, Pedro en la cátedra, Santiago en una red, Elías en una silla de montar, Raquel sobre un lío. Y Pablo apostol, deponiendo la espada, escuchaba la queja de Esaú, mientras Job gemía en el estiércol y acudían a ayudarlo Rebeca, con una túnica, Judith, con una manta, Agar, con una mortaja, y algunos novicios traían un gran caldero humeante desde el que saltaba Venancio de Salvemec, todo rojo, y empezaba a repartir morcillas de cerdo.

Umberto Eco, El nombre de la rosa.

Mi relación con esta famosa novela ha sido una historia de desencuentros. Mi primer contacto con ella fue a través de la versión cinematográfica que en 1986 dirigió Jean-Jacques Annaud. Esta adaptación me pareció bastante bien trabada, fluida y efectiva, tanto, que cuando leí finalmente la novela, no me gusto en absoluto. La veía demasiado aficionada a las digresiones intempestivas, propias de un sabelotodo que quería mostrar cuánto sabía y con cuánta profundidad, sin que quedase lugar a dudas. Quedó por tanto arrumbada a la categoría de éxitos inexplicables, que pronto desaparecerían de la memoria colectiva en cuanto se pasase la fiebre que habían provocado

Mucho ha llovido desde entonces y hemos pasado a vivir en una época dominada por best sellers deleznables - pongan aquí el nombre de su escritor de moda favorito -, a los que no sé si mejoran o empeoran las horribles traducciones con que se editan. Por otra parte, no he vuelto a ver la película, pero por lo que recuerdo me da que era muy proclive a la exageración y, sobre todo, a reducir la complejidad y frondosidad de la novela a unos cuantos trazos de brocha. Basta un ejemplo. Aún recuerdo la hilaridad de uno de mis amigos al constatar lo absurdo del debate teológico que tenía lugar a mitad del metraje sobre sí Cristo tenía una bolsa de dinero o no, Le tuve que explicar las consecuencias políticas que ese problema abstracto tenía sobre la sociedad medieval, es decir, sí la Iglesia estaba autorizada por la divinidad a poseer riquezas y acumularlas.

Por supuesto, todo esto y mucho más está perfectamente explicado y engarzado dentro de la larga novela de Eco. Si a eso añadimos que está magníficamente escrita, al contrario que los éxitos modernos, no deberían extrañarse si les confieso que me he reconciliado con el escritor y su relato. Un cambio que tiene su origen en  mi lectura tardía de El péndulo de Foucault, obra plena de humor irónico y amargo, auténtica diatriba contra la fiebre pseudociéntifica y esotérica que aqueja a nuestra sociedad, cuyo mejor ejemplo son las novelas plúmbeas de Dan Brown.  Sin haberla leído - el Péndulo, digo, no las brownadas - jamás me hubiera decidido a leer El nombre de la rosa, ni la hubiera disfrutado tanto.

martes, 17 de mayo de 2016

Leyendo a Tucídides (XI)

...y, ante todo y de la forma más clara, proclamaron que no habría guerra si derogaban el decreto sobre los megareos, en el que se les prohibía la utilización de los puertos del Imperio ateniense y del mercado ático. Pero los atenienses ni hicieron caso de las otras exigencias ni derogaron el decreto, acusando a los megareos del cultivo ilícito de la tierra sagrada y del territorio sin delimitar, 
 y de dar acogida a los esclavos fugitivos.


 Tucídides, Historia de la Guerra del Peloponeso

Les había hablado ya del carácter de excepción que la obra de Tucídides tiene dentro de la historiografía grecolatina. Es uno de los pocos autores que aún hoy parece tener algo que decirnos, más aún, que su pensamiento es plenamente válido y útil a la hora de orientarnos por los vericuetos de la geopolítica contemporánea. Además, su relato se caracteriza por una voluntad de objetividad y ecuanimidad, por un tal distanciamiento y un desapego, que lo torna aparentemente en un estudio científico objetivo, casi de laboratorio, en vez del testimonio de un testigo de los hechos, que participó en ellos ocupando puestos de importancia para uno de los bandos en conflicto. 

Alguien, en fin, que tuvo que tener un posicionamiento político claro en esa guerra, preferir un sistema frente al otro, desear que uno de los bandos ganara al menos que no perdiera.

Sin embargo, la mayoría de los lectores nos olvidamos de esta circunstancia y nos dejamos ganar por el poder de persuasión de Tucídides, considerándolo una fuente neutral y sincera. Frente a esta ilusión se han levantado voces en el ámbito anglosajón - aquí es imposible, ya saben que fuera de los toros y las procesiones no existe otra cultura -, pidiendo una reevaluación de la figura de Tucidides, llegando incluso a negarle esas características de ecuanimidad y objetividad, de fuente fiable y desinteresada que normalmente se le reconocen. Aunque no comparta estas últimas conclusiones, si que tengo que agradecer que estos estudiosos nos hayan hecho reparar en los muchos problemas que tiene esta obra, en los sutiles modos en que Tucídides forma nuestra opinión, la conduce y la decide, sin que lleguemos a darnos cuenta de sus manipulaciones y distorsiones
 
Especialmente con su silencio.

domingo, 15 de mayo de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Coates (y XXVI)



Si hay un reproche que se puede hacer a la compositora estadounidense Gloria Coates es el ser un artista de un sólo truco. Sus obras, instantáneamente reconocibles por ello mismo, se basan en una sonoridad peculiar conseguida a base de glisandos interminables. El efecto conseguido sobre el oyente es el de una caída sin fin en un abismo sin fondo ni asideros, acompañada por interminables toques de sirena. En su música, por tanto, nos es hurtada toda posibilidad de salvación, ni siquiera de consuelo, como si hubiéremos sido condenados por alguna divinidad airada a algún círculo del infierno para toda la eternidad.

Si Coates se limitase a repetir mecánicamente este artificio, su obra no tendría mayor relevancia y se podría decir de ella, como se llegó a decir de Vivaldi, que escribió cuatrocientas veces el mismo concierto. Sin embargo, en cada una de sus iteraciones musicales hay algo nuevo, o por lo menos, ese truco de prestidigitador sobre el que construye su esilo sigue manteniendo fresca su novedad, su poder de fascinación. No es de extrañar que a algún oyente incauto le pueda ocurrir como me ocurrió a mí, que he acabado teniendo una buena pila de sus discos, entre sinfonías, cuartetos y obras varias.

La lista de Beltesassar (CXXXII):A gentleman's duel (2006) Francisco Ruiz y Sean McNally



sábado, 14 de mayo de 2016

Grafitos


He vuelto esta mañana al MNCAR para visitar la exposicíón Campo Cerrado sobre el arte español en la inmediata postguerra, de la que ya les había hablado,  y la retrospectiva del artista cubano Wifredo Lam. Pues bien, aunque ambas muestran se superponen parcialmente en su ámbito temporal, la eclosión definitiva como artista de Lam tiene lugar justo en el momento histórico estudiado por la otra, sus universos estéticos no pueden ser más distantes. 

De la dedicada al arte en el primer franquismo se sale profundamente deprimido, puesto que lo mucho aprovechable que hay en ella se restringe a intentos aislados, clandestinos, disfrazados de otras cosas que no atrajesen sobre sí el rigor de la dictadura, pero siempre sin continuidad y siempre desconectados de los avatares de la vanguardia artística europea tras la guerra mundial, ésa tan bien trazada en la exposición de la fundación Juan March. De la muestra de Lam, por el contrario, se sale entusiasmado - o al menos yo he salido - al encontrarse con un artista que ha quedado un tanto en la penumbra dentro del canón postbelico, pero que se muestra con rara energía y talento, rebosante de ideas y de nuevas formas de plasmarlas.

jueves, 12 de mayo de 2016

Leyendo a Tucidides (X)

No se utilizaría un indicio exacto si, basándose en que Micenas era pequeña o en que alguna ciudad de las de entonces parece ahora sin importancia, se pusiera en duda que la expedición fue tan grande como los poetas la han cantado y como la tradición mantiene; pues si fuera desolada la ciudad de los lacedemonios, y sólo quedaran los templos y los cimientos de los edificios, pienso que, al cabo de mucho tiempo, los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que la fuerza de los lacedemonios correspondiera a su fama. Sin embargo, ocupan dos quintas partes del Peloponeso y su hegemonía se extiende a la totalidad y a sus muchos aliados del exterior; pero, a pesar de esto, dado que la ciudad no tiene templos ni edificios suntuosos y no está construida de forma conjunta, sino que está formada por aldeas dispersas a la manera antigua de Grecia, parecería muy inferior. Por el contrario, si les ocurriera esto mismo a los atenienses, al mostrarse ante los ojos de los hombres del mañana la apariencia de la ciudad, conjeturarían que la fuerza de Atenas era doble de la real.

Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso

Si me han aguantado hasta aquí, durante mis meditaciones sobre un olvidado historiador ateniense de hace 2500 años, no desfallezcan, porque sólo quedan dos entradas más. La primera, ésta que estoy describiendo, tratará de por qué Tucidides es una excepción dentro de las fuentes que nos han quedado de la antigüedad clásica; la otra, que cerrará esta serie, se ocupará de los silencios estentóreos de este historiador.

La primera excepción de la obra de Tucídides es que contradice una ley de la historia: Estar escrita por los vencedores. La Historia de la guerra del Peloponeso es la crónica de una derrota anunciada, por parafrasear el título de la novela, de manera que  su objetivo no es narrar las bondades de un régimen, la justicia de su política exterior, la necesidad ineludible de sus guerras de agresión. Tampoco es, por supuesto, la exaltación de un pueblo, ni la celebración de sus características esenciales, presentes desde el inicio de los tiempos, que no sólo le distinguen del resto de las naciones, sino que le colocan por encima de ellas, en una plano de superioridad moral.

No, el tono de la obra es de estricta y rigurosa ecuanimidad, de profundo y amargo desengaño, más sorprendente aún cuando se considera que Tucidides no sólo fue testigo de estos hechos, sino protagonista de ellos mismos. Su visión de los asuntos políticos es opuesta a la de quien participó en ellos y por tanto debería tener un interés claro por una de las partes, por su triunfo y victoria. En su relato, es guerra se convierte casi en un juego de salón, donde unos ganan y otros pierden, pero el resultado podría haber sido muy distinto e igual de indiferente. Sin que hubiera nada que justificase el triunfo de unos o la derrota de otros, ni, por supuesto, que les hiciera mejores que el contrario o merecedores de esa victoria o de ese desastre.

Fuera, por supuesto, de la estupidez humana o del azar tan decisivo en todos los asuntos que lo hombres emprenden.

sábado, 7 de mayo de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Henze (y XXV)



Llevaba dándole vueltas desde hace tiempo a como enfocar la entrada que tenía pensado dedicar a Hans Werner Henze, y la verdad es que no lograba encontrar qué decir y cómo.

Iba a escribir que lo más característico de su obra me parecía que era su aliento político, rasgo no muy habitual en un arte abstracto como la música. Tuve que descartarlo, porque enseguida me acordé de Beethoven y del claro programa revolucionario y humanista que inspira bastantes de sus mejores obras, como la tercera y novena sinfonías o la opera Fidelio. Beethoven, por supuesto, tampoco es una excepción, ya que un siglo y pico más tarde aparece la figura de un Sostakovich, quien intenta hacer de su música la memoria de su tiempo, su gente y de su país, a pesar de las trabas y condicionantes impuestas por el totalitarismo soviético. Y para terminar, se podría citar tambiñen la influencia sobre toda la cultura occidental del filósofo Aristóteles, cuyas palabras de elogio a la música como método educativo y formador se unen a la exigencia de una vigilancia continua de ese arte, para evitar que influencias disolventes y contestatarias se filtren en ella.