sábado, 14 de mayo de 2016

Grafitos


He vuelto esta mañana al MNCAR para visitar la exposicíón Campo Cerrado sobre el arte español en la inmediata postguerra, de la que ya les había hablado,  y la retrospectiva del artista cubano Wifredo Lam. Pues bien, aunque ambas muestran se superponen parcialmente en su ámbito temporal, la eclosión definitiva como artista de Lam tiene lugar justo en el momento histórico estudiado por la otra, sus universos estéticos no pueden ser más distantes. 

De la dedicada al arte en el primer franquismo se sale profundamente deprimido, puesto que lo mucho aprovechable que hay en ella se restringe a intentos aislados, clandestinos, disfrazados de otras cosas que no atrajesen sobre sí el rigor de la dictadura, pero siempre sin continuidad y siempre desconectados de los avatares de la vanguardia artística europea tras la guerra mundial, ésa tan bien trazada en la exposición de la fundación Juan March. De la muestra de Lam, por el contrario, se sale entusiasmado - o al menos yo he salido - al encontrarse con un artista que ha quedado un tanto en la penumbra dentro del canón postbelico, pero que se muestra con rara energía y talento, rebosante de ideas y de nuevas formas de plasmarlas.


No es que Lam fuera un artista prodigio ni precoz. Como bien muestra la exposición, sus obras de los años treinta se mueven aún entre un realismo algo anticuado, un extraño postmodernismo kitsch que no significa que fuera un adelantado a su tiempo, culminado un expresionismo comprometido que ya entonces empezaba a estar pasado de moda. Para la eclosión del arte de Lam hay que esperar a finales de los años cuarenta, cuando él ya era un hombre maduro y estaba de vuelta en su país tras varios exilios y huidas, de una España atenazada por la dictadura franquista y una Francia quebrantada por la invasión nazi.

Es en en ese breve momento, en los cinco años que median de 1945 a 1950, cuando Lam va a descubrir un vocabulario propio que se convertirá en distintivo de su estilo y ya no le abandonará hasta su muerte, a principios de los años 80. Se trata de un primitivismo formal donde la figura humana se reduce a unos pocos trazos y colores, reminiscentes de la simplicidad de la máscara africana y de la paleta reducida, ocre y tierra, de la madera utilizada en su tallado. Sin embargo, Lam no se queda en esa soñada - y falsa - vuelta a una arte antes de la cultura, sino que se convierte en algo nuevo, en una amalgama de influencias culturales - europeas, africanas, indias y de todas sus posibles mezclas y remezclas - , que se traduce en cuerpos de los que surgen otros cuerpos, dotados de una pluraridad de miembros y extremidades que transforman la figura humana en árbol u polípero, entregados a extraños rituales, al mismo tiempo de nacimiento y muerte, de concepción y sacrificio.


Un caos visual, anguloso y laberíntico, tenebroso e inquietante que, que sin embargo, aparece al espectador como lógico y harmonioso, cercano y acogedor. O lo sería si pudiésemos encontrar la clave de su significado, determinar cuales son las razones de esa proximidad y fascinación, que se nos escapan a pesar de todo.

Hasta que me di cuenta de cual era el secreto. Un fenómeno que debió pasar inadvertido a los contemporáneos de Lam, a aquéllos que fueron testigos de la eclosión de su arte, simplemente porque entonces aún no existía. Un modo artístico que en nuestros tiempos ha llegado a ser ubicuo, tanto que se ha tornado invisible, aunque impregne buena parte de nuestra cultura popular y haya llegado a ser ese objetivo inalcanzable de toda la vanguardia: un arte creado para el pueblo y por pueblo.

Porque lo más cercano al estilo de Lam en nuestro presente son los grafitos pintados por artistas anónimos sobre las paredes de nuestra ciudades. Un arte de un grafismo escencvialmente gestual, donde la urgencia en trazarlo exige la energía del trazo, donde  la angulosidad de los contornos y la agriedad de los colores son testimonios de la vitalidad de los artistas, de su pasión por vivir y experimentar, Un arte, en fin tan pleno y tan completo, que debe llenar todo el espacio del que dispone, hasta incluso rebosarlo y desbordarse. Una pintura, en fin, donde el abigarramiento y la acumulación, la variación perpetua sin termino y sin posibilidad de agotamiento, son sus mayores virtudes, sus rasgos definitorios.

Justo como en los mejores cuadros de Lam. Aquéllos que buscan unir todas las influencias culturales heredadas y vividas, todas las religiones y rituales, todas las experiencias y virtudes.

La vida y la muerte. El sexo y la agonía.