martes, 24 de mayo de 2016

La gran desilusión (I)

Si se analiza el nuevo estilo se halla en él ciertas tendencias sumamente conexas entre sí. Tiende: 1º, a la deshumanización del arte; 2º, a evitar las formas vivas; 3º, a hacer que la obra de arte no sea, sino obra de arte; 4º, a considerar el arte como juego, y nada más; 5º, a una esencial ironía; 6º, a eludir toda falsedad, y, por tanto, a una escrupulosa realización. En fin, 7º, el arte, según los artistas jóvenes, es una cosa sin trascendencia alguna.

José Ortega y Gasset, La deshumanización del arte.

Es un hecho innegable que todo español de cierta edad, sea de izquierdas o de derechas, ha caído en cierto momento bajo el hechizo del pensamiento orteguiano. Yo mismo, durante mi adolescencia, devoré libro tras libro de este filosofo y recuerdo que sus palabras me parecían la verdad revelada. Estaba yo, es cierto, en ese periodo vital en que uno descubre el amplio e inacabable mundo del pensamiento, pero cuando aún cree equivocadamente que los pensadores no se contradicen entre sí, que todos los libros en realidad narran la misma verdad, sólo que en diferentes formas y manifestaciones.

Con el tiempo pierde uno ese entusiasmo y esa fe juvenil. No sé si para bien o para mal, pero se vuelve uno escéptico, desengañado, desconfiado, cambios que no benefician a la apreciación de nuestros amores de juventud. A algunos, les perdonamos sus flagrantes errores, sus claros patinazos, y seguimos amándoles, aunque sea a regañadientes. Otros se tornan intragables, enfadosos, hasta un punto que casi debemos obligarnos a terminar su lectura, por mero rigor y respeto, en vez de arrojarlos a un rincón. Siendo menos dramático, a relegarlos a un rincón de la biblioteca, de donde no volveremos a sacarlos.

Así me ha ocurrido con Ortega, cuyo pensamiento cada vez me parece más caduco, irrelevante para nuestro desquiciado presente. Mejor dicho, acertado en sus diagnósticos, que aún podrían ser válidos a pesar del tiempo transcurrido, pero errado sin remedio en su tratamiento y curación, que se reduce a unas cuantas vaguedades ingeniosas de mínima aplicación práctica.

Dentro de esos diagnósticos certeros que se traducen en inoperancia, el ensayo de 1925, La deshumanización del arte, ocupa un lugar especial dentro de la literatura y el pensamiento hispano, al lado de España Invertebrada y La rebelión de las masas. De hecho ha tenido una influencia muy superior a su breve extensión y ha servido tanto para definir el arte moderno en nuestro ámbito cultural, caracterizado por esa deshumanización del título, como para de ser utilizado para su defensa y su rechazo. 

Lástima que, leído ahora, cercano el siglo de su publicación y cuando la modernidad hace ya mucho que murió, este ensayo dé la impresión de haber sido escrito por alguien muy sabio y muy sensato que no llegó a enterarse muy bien de qué iba la fiesta.
El primer problema de La deshumanización del arte es su ambigüedad, muy propia de un filósofo que ante todo fue ensayista y que, por tanto, tenía que prensar conceptos complejos en los breves artículos de un periódico o transformarlos en folletines  intelectuales, con sus pausas obligadas, sus trampas y sus cliffhangers. Así, cuando se lee este ensayo no queda muy claro si Ortega está a favor o en contra del arte moderno, de los ismos que habían estallado en su presente. Por una parte, proclama que los entiende y que va a mostrarnos su secreto, su necesidad dentro de los ciclos estéticos. Por otra, señala que sus obras no le satisfacen, excepto excepciones, y que no llegan a ser otra cosa que broma y rechazo de lo viejo, objetivos fuera de los cuales pierden todo sentido.

Un problema de esta ambigüedad e indefinición, unida al exiguo espacio del ensayo, es que Ortega nos hurta de qué artistas y de qué movimientos está hablando. Cuando cita nombres de músicos, por ejemplo, señala a Debussy y Stravinski, hace gala de ser antiwagneriano, pero no nombra a una figura fundamental de ese tiempo como Schönberg. En pintura cita a Picasso e incluso nombra a Dadá - éste porque conviene a su tesis -, al mismo tiempo que ataca a Sorolla - y a Zurbarán, el ídolo de los cubistos - , pero no parece haber tenido noticias de los muchos expresionismos alemanes y franceses, ni de la abstracción. En literatura, obviamente, está enterado de la existencia de Proust y Joyce, que contrapone a realistas como Dickens y Galdós. ¿Por qué estas selecciones y oposiciones? Si se conoce un poco el arte de ese inicio de siglos,se observa que Ortega está elegiendo selectivamente los artistas que más favorecen a su tesis, la que iguala arte moderno con deshumanización, con broma y falta de seriedad.

Pero ¿qué entiende Ortega por deshumanización? En nuestro ámbito cultural, ese concepto es claramente negativo. El arte moderno es malo porque no tiene por objeto, por centro, al ser humano y sus pasiones. En Ortega, sin embargo, este concepto indica más a una deformación de lo representado, que ya no es inmediatamente reconocible, aunque sigue siendo referido. Esta idea de la modernidad como deformación y translación explica que coloque a Proust correctamente entre los modernos, ya que su forma de narrar no es la de los realistas, mientras que yerra completamente al situarlo entre los "deshumanos", cuando precisamente la razón del estilo proustiana es la subjetividad completa, la descripción pormenorizada y obsesiva de sus estados anímicos, semajante a un  romántico desengañado que escribiese en prosa.

Ortega acierta así al detectar el carácter distorsionador en la narración de Proust, producto de la aplicación extrema de un punto de vista angosto y limitado, así como en señalar su arromanticismo, mejor dicho, su alejamiento de los aspavientos y clichés románticos, pero se equivoca completamente en señalar a ese autor como deshumano, algo que, curiosamente, sí es perfectamente aplicable a Joyce. No es el único equívoco, intencionado o no, de Ortega,y aquí entramos en el núcleo de la tesis de su ensayo. Una y otra vez, se adjetiva el arte moderno como joven, como broma y como juego. Da la impresión de que para Ortega este nuevo arte no es más que una ocurrencia de jóvenes universitarios imberbes de buena familia, que lo utilizan para burlarse de su mayores, pero que obviamente, cuando sean viejos, volverán a las buenas y viejas formas.

¿Pero es cierto que el arte del modernismo es joven y bromista, lejos de toda seriedad y violador de toda norma? En realidad, estos adjetivos son más propios de otro movimiento que aparecería muchas décadas más tarde, el postmodernismo finisecular, del cual, forzando las definiciones, el dadá sería un lejano antecendente. Sin embargo, si  miramos más en detalle el estado del arte en esos años de revolución y revuelta que van de 1905 a 1916 veremos que al menos tres de sus figuras máximas eran ya maduros cuando encuentran, casi a destiempo y por casualidad, su estilo moderno. Hablo de Matisse, Kandinski y Mondrian, todos nacidos en la década de los sesenta del XIX y pertenecientes a la generación anterior a la de Ortega, que nació en los ochenta.

No es sólo una cuestión de edad. Estos tres pintores, como Schönberg, como Proust o Joyce, consideraban su arte como una auténtica religión, un camino de perfección casi místico que debía llevarles a conquistar nuevas esferas estéticas. De ahí su revuelta contra un arte anquilosado, que en  realidad no era tanto romántico como académico, y el rigor y dedicación a su práctica.

Una  postura estética que poco tiene que ver con la broma de estudiantes a la que Ortega reduce el arte moderno. Como siempre agudo en detectar su elitismo y sus altísimas aspiraciones estéticas, que le hacen obscuro a los ignorantes, como decía Góngora, pero equivocado en todo lo demás y demasiado interesado en barrer hacia su patio intelectual.