sábado, 21 de mayo de 2016

Reconstrucciones

Habiéndose disuelto así las dos formaciones opuestas, el Abad dio una orden y Salomón empezó a poner la mesa, Santiago y Andrés trajeron un fardo de heno, Adán se colocó en el centro, Eva se reclinó sobre una hoja, Caín entró arrastrando un arado, Abel vino con un cubo para ordeñar a Brunello, Noé hizo una entrada triunfal remando en el arca., Abraham se sentó debajo de un árbol, Isaac se echó sobre el altar de oro de la iglesia, Moisés se acurrucó sobre una piedra, Daniel apareció sobre un estrado fúnebre del brazo de Malaquías, Tobías se tendió sobre un lecho, José se arrojó desde un hoyo, Benjamín se acostó sobre un saco, y además, pero en este punto la visión se hacía confusa, David se puso de pie sobre un montículo., Juan en la tierra, Faraón en la arena (por supuesto, dije para mí, pero ¿por qué?), Lázaro en la mesa, Jesús al borde del pozo, Zaqueo en las ramas del árbol, Mateo sobre un escabel, Raab sobre la estopa, Ruth sobre la paja, Tecla sobre el alfeizar de la ventana (mientras por fuera aparecía el rostro pálido de Adelmo para avisarle que también podía caerse al fondo del barranco), Susana en el huerto, Judas entre las tumbas, Pedro en la cátedra, Santiago en una red, Elías en una silla de montar, Raquel sobre un lío. Y Pablo apostol, deponiendo la espada, escuchaba la queja de Esaú, mientras Job gemía en el estiércol y acudían a ayudarlo Rebeca, con una túnica, Judith, con una manta, Agar, con una mortaja, y algunos novicios traían un gran caldero humeante desde el que saltaba Venancio de Salvemec, todo rojo, y empezaba a repartir morcillas de cerdo.

Umberto Eco, El nombre de la rosa.

Mi relación con esta famosa novela ha sido una historia de desencuentros. Mi primer contacto con ella fue a través de la versión cinematográfica que en 1986 dirigió Jean-Jacques Annaud. Esta adaptación me pareció bastante bien trabada, fluida y efectiva, tanto, que cuando leí finalmente la novela, no me gusto en absoluto. La veía demasiado aficionada a las digresiones intempestivas, propias de un sabelotodo que quería mostrar cuánto sabía y con cuánta profundidad, sin que quedase lugar a dudas. Quedó por tanto arrumbada a la categoría de éxitos inexplicables, que pronto desaparecerían de la memoria colectiva en cuanto se pasase la fiebre que habían provocado

Mucho ha llovido desde entonces y hemos pasado a vivir en una época dominada por best sellers deleznables - pongan aquí el nombre de su escritor de moda favorito -, a los que no sé si mejoran o empeoran las horribles traducciones con que se editan. Por otra parte, no he vuelto a ver la película, pero por lo que recuerdo me da que era muy proclive a la exageración y, sobre todo, a reducir la complejidad y frondosidad de la novela a unos cuantos trazos de brocha. Basta un ejemplo. Aún recuerdo la hilaridad de uno de mis amigos al constatar lo absurdo del debate teológico que tenía lugar a mitad del metraje sobre sí Cristo tenía una bolsa de dinero o no, Le tuve que explicar las consecuencias políticas que ese problema abstracto tenía sobre la sociedad medieval, es decir, sí la Iglesia estaba autorizada por la divinidad a poseer riquezas y acumularlas.

Por supuesto, todo esto y mucho más está perfectamente explicado y engarzado dentro de la larga novela de Eco. Si a eso añadimos que está magníficamente escrita, al contrario que los éxitos modernos, no deberían extrañarse si les confieso que me he reconciliado con el escritor y su relato. Un cambio que tiene su origen en  mi lectura tardía de El péndulo de Foucault, obra plena de humor irónico y amargo, auténtica diatriba contra la fiebre pseudociéntifica y esotérica que aqueja a nuestra sociedad, cuyo mejor ejemplo son las novelas plúmbeas de Dan Brown.  Sin haberla leído - el Péndulo, digo, no las brownadas - jamás me hubiera decidido a leer El nombre de la rosa, ni la hubiera disfrutado tanto.
Lo que ha ocurrido en este intervalo es, simplemente, que me he enterado que ya en aquel entonces vivíamos en un mundo postmoderno - no se extrañen, nadie en España conocía esa circunstancia en los años ochenta - de cuya producción literaria El nombre de la rosa es uno de sus mejores ejemplos. Se trata, como pueden imaginar - y como no me di cuenta entonces - de un ejercicio de ficción metaliteraria, un pastiche en el que se mezclan y se replican los géneros más dispares, transgediendo sutilmente sus reglas y condiciones.

Así, como bien señala Eco, tenemos una supuesta novela policiaca en la que encontrar al culpable no resuelve ni soluciona nada, revuelta con otra supuesta novela histórica ambientada en la edad media. Todo ello envuelto en un juego que supone un manuscrito escrito en una lengua, traducido a otra y finalmente recopiado por el autor del libro, lo que le permite utilizar y justificar recursos literarios que son tan manidos como ridículos. Por ejemplo, que unos personajes que hablan en latín se expresen en la lengua del autor, el italiano, y de vez en cuando utilicen frases en Latín para dar ambiente. Recurso fácil propio de malos escritores que Eco subvierte doblemente, ya que muchos de esos textos decorativos sí tienen importancia dramática y no entenderlos- algo difícil para la mayoría de los lectores actuales, que ni siguiera han tenido contacto con esa lengua muerta - supone perderse una buena parte del significado e intención de la novela.

Por otra parte, en ese juego de ser muchas cosas dispares al mismo tiempo, la novela juega a ser antigua y moderna, anacrónica y purista. La modernidad anacrónica que tanto chirriaría en otras novelas, se encarna paradigmaticamente en el personaje de Guillermo de Baskerville, que más allá de su alusión metaliteraria a Sherlock Holmes, viene a ser un protototipo de intelectual progresista con hábito, perdido en medio del siglo XIV, casi un trasunto del propio Umberto Eco, que sirviere de conexión y enganche para el lector actual. Sin embargo, más sutil es que la novela esta construida como si fuera una de esas iglesias neogóticas del XIX que parecen ahora más puras y más reales que las de los siglos XII y XIII.

El inmenso conocimiento enciclopédico de Eco, que tanto me disgustara en los años ochenta, le permite no sólo fotocopiar secciones enteras de manuscritos medievales, integrándolas dentro la acción, sino remedar las novelas de aquella época, tan dadas a la digresión narrativa que confluía en la enseñanza moral. La narración abunda así en estos recovecos, que evitan una progresión lineal de sus trama, y terminan pareciéndose a meandros en el curso de un río, donde ya no se puede distinguir el sentido en que fluye el agua. Unos remansos que sirven para que Eco cree modelos casi ideales de los objetos reales en los que se inspira, guiño a la escolástica coetánea, como la cripta relicario de la abadía, la portada se su iglesia o la misma biblioteca, que no son una sola, sino compuestos, acumulación y sedimentación de muchas otras, que vemos aquí reunidas y resumidas.

Eran estas digresiones y paradas me molestaban especialmente en la primera lectura allá en los años ochenta, al parecerme innecesarias, ociosas y símbolo de vanidad y presunción. No me daba cuenta que estas revueltas, al igual que los larguísimos debates teológicos y la genealogía detallada de tantas herejías desconocidas, confería a la novela una estructura de laberinto, reflejo de la propia biblioteca centro de su trama. Un laberinto en el que había una entrada y una salida clara, la primera y última página de la novela, la sala octogonal a la que llevaba el pasadizo a través de las catacumbas, pero cuyo interior era una red de pasadizos y caminos, no siempre conectados, no siempre transitables, en donde tanto los lectores como los protagonistas estaban obligados a perderse.

Donde lo que interesaba no era tanto el origen y el destino, sino el camino que se recorriese. Y cuanto más intricado fuera y más extraviados llegásemos a estar, mejor.