jueves, 5 de mayo de 2016

Leyendo a Tucidides (IX)

...la ciudad  (Atenas) necesitaba importarlo absolutamente todo, y de ciudad que era pasó a ser una plaza fuerte. De día, los atenienses montaban guardia por turnos en las fortificaciones y, de noche, la hacían todos a excepción de la caballería, unos en los distintos puestos de guardia y otros en las murallas, y sufrían penalidades tanto en invierno como en verano . Pero lo que sobre todo les tenía cogidos era el hecho de sostener dos guerras al mismo tiempo, y habían llegado a una exaltación bélica tal  que antes nadie hubiera creído que fuera posible si hubiera oído hablar de ella. Porque, a pesar de que ellos mismos sufrían el cerco de los peloponesios con una fortificación en su territorio, ni aun así se retiraron de Sicilia, sino que, a su vez, impusieron allí un cerco semejante a Siracusa, una ciudad que  por sí misma no era en nada inferior a Atenas. Y hasta tal punto sorprendieron a los griegos respecto a su poderío y audacia (por cuanto al principio de ía guerra algunos consideraban que los atenienses resistirían un año, otros que dos, y otros que tres años, pero ninguno les daba un período más largo si los peloponesios invadían su territorio), que al año decimoséptimo de la primera invasión marcharon a Sicilia, cuando en todos los aspectos ya se encontraban agotados por la guerra, y se cargaron con el nuevo peso de una guerra en nada inferior a la que ya sostenían con el Peloponeso. Por todo ello, debido a los muchos daños provocados por Decelia y a los otros considerables gastos que se les vinieron encima, también en esta ocasión se vieron en la penuria financiera.

Tucidides Historia de la Guerra del Peloponeso

Cuando escribía mis comentarios sobre la narración de la expedición ateniense a Sicilia, me di cuenta que estaba dejando fuera la impresión que la lectura el relato de Tucidídes me producía ... y eso que describir ese impacto había sido precisamente el motivo de esa entrada. A estas alturas, he leído ya cuatro veces la Historia de la Guerra del Peloponeso, la primera en una una inmensa compilación de obras grecolatinas impresa en letra diminuta y a dos columnas, que saque de la biblioteca popular de Cuatro Caminos. La segunda y  tercera fueron en una de las ediciones baratas de Alianza Editorial, de ésas de tapa blanda que enseguida se deshacía y en la que notas e introducción estaban reducidas al mínimo imprescindible. La última visita, por ahora, ha sido en la versión de cuatro volúmenes de la editorial Gredos en la que hay páginas donde sólo hay dos líneas de texto escritas por Tucidides, mientras que el resto son notas que comentan los detalles más nímios y triviales de la época. Por ejemplo, los sistemas de cerrajería, algo que, lo crean o no, es esencial a la hora de entender alguna operación militar.

Sin embargo, a pesar de la multiplicidad de versiones y traducciones, de haberlo leído en muy diferentes épocas de mi vida, antes de entrar en la universidad, después de titularme en la escuela de Teleco, ahora mismo, que ya empiezo a ser un hombre más que maduro en años y desengaños, la impresión ha continuado siendo la misma. A pesar de saber perfectamente lo que va a pasar, que los atenienses serán derrotados y que esta derrota será catastrófica, definitiva e inapelable, me encuentro imaginando, anhelando, que quizás ahora los protagonistas tomarán una decisión distinta a la histórica, que la cadena inexorable de casualidades se quebrará en algún instante, que la suerte sonreirá a los perdedores y conseguirán salvar algo del desastre, aunque sólo sea sus vidas.

Que la historia se modificará ante mis ojos.

Este espejismo se debe, obviamente, a la habilidad narrativa de Tucídides. Aunque a esas alturas del relato de la guerra él sabe perfectamente su resultado, la derrota final de Atenas, y este conocimiento se trasluce como presentimiento en algunos de los discursos y en sus sobrias apreciaciones, Tucídides consigue recrear la impresión de que estamos siendo testigos de los hechos. De que nos hallamos ahí, en medio de los campos de batalla y las asambleas de las ciudades, presenciándolos, sin saber cuál será la conclusión de las decisiones tomadas, de las acciones que están a punto de emprenderse. Ante nosotros, como para los propios protagonistas, todos los caminos aún están abiertos, mientras que  fijada y determinada, únicamente queda la necesidad que les obliga a obrar de una y no de otra manera.

Esa sensación de presente vivido se consigue de muchos medios. Por un lado está la parsimonia narrativa de Tucídides, que no implica pobreza expresiva, y cuyo mejor ejemplo es la narración de la muerte de alguno de los protagonistas, como la del estratego ateniense Lámaco, en apenas un par de frases, soltadas casi con aparente desgana. El efecto que se consigue es la proximidad y verosimilitud, entendidas estas como sucesos que de repente ocurren, sin dejarnos tiempo a asimilarlos, y que enseguida pasan, empujados y arrastrados por la urgencia de los acontecimientos, que les hace perder toda importancia.

Esta sobriedad no implica que Tucídides no sepa tornarse más descriptivo, más dramático, literario y poético. Lo que significa es que cuando el historiador se despeina, como en los momentos finales de la expedición y la masacre que la concluye, su propia rareza dentro del estilo habitual amplifica el efecto de fatalidad y condena. Sabemos que esto que esta siendo narrado en tanto detalle - y esto, en Tucídides, significaría ser lacónico para otros escritores - es de una importancia extrema, decisivo e inapelable. Hechos que aunque lo anhelemos no podrán ser ya modificados, ante los que sólo nos queda desesperarnos, convertirlos en tema de elegía y llanto.

Un dolor y un duelo que en Tucídides no llegan nunca a la exasperación, ni por supuesto al ridículo. Se hallan filtrados por una clara frialdad, por un control sobre uno mismo y los sentimientos, que precisamente por existir, por saberse férreo y aún así dejar traslucir a su través la profundidad del sentimiento, sirve para que podamos apreciar y evaluar la gravedad del momento, su excepcionalidad en el transcurso de los acontecimientos de esa guerra, incluso de la misma historia universal. 

Esa frialdad triste, se halla unida asímismo a una amarga ironía, a un desengaño ambivalente que le hace censurar con amargura las decisiones equivocadas de sus compatriotas. Como el momento en que otro estratego, Nicias, se deja influir por presagios y no actúa con la suficiente audacia y premura que exigía la situación, o aquel otro en que se deja llevar por una retórica hueca y manida para animar a sus compatriotas, en la que apela a patria, hijos y mujeres que hay que defender. Exhortaciones ridículas en boca de cualquiera, como nos recuerda Tucídides, pero que son también inevitables, requeridas, obligatorias, llegadas ciertas situaciones, encontrados ciertos momentos.

La cadena de acontecimientos que llevan a un resultado es, por tanto, en la concepción de Tucididides, más una concatenación de errores y casualidades, que una secuencia de aciertos. No es, y de ahí la amargura subyacente del historiador que explota y se derrama en ocasiones, un nave guiada por una mano experta a través de una ruta calculada de antemano, sino un bote arrastrado por la tempestad contra bajíos y rompientes, de los que como mucho ese mano experta, los preparativos que tomamos antes de embarcarnos, podrá salvarnos. 

Si hay suerte. Sólo si hay suerte.