domingo, 15 de mayo de 2016

Paisajes Musicales Inexplorados: Coates (y XXVI)



Si hay un reproche que se puede hacer a la compositora estadounidense Gloria Coates es el ser un artista de un sólo truco. Sus obras, instantáneamente reconocibles por ello mismo, se basan en una sonoridad peculiar conseguida a base de glisandos interminables. El efecto conseguido sobre el oyente es el de una caída sin fin en un abismo sin fondo ni asideros, acompañada por interminables toques de sirena. En su música, por tanto, nos es hurtada toda posibilidad de salvación, ni siquiera de consuelo, como si hubiéremos sido condenados por alguna divinidad airada a algún círculo del infierno para toda la eternidad.

Si Coates se limitase a repetir mecánicamente este artificio, su obra no tendría mayor relevancia y se podría decir de ella, como se llegó a decir de Vivaldi, que escribió cuatrocientas veces el mismo concierto. Sin embargo, en cada una de sus iteraciones musicales hay algo nuevo, o por lo menos, ese truco de prestidigitador sobre el que construye su esilo sigue manteniendo fresca su novedad, su poder de fascinación. No es de extrañar que a algún oyente incauto le pueda ocurrir como me ocurrió a mí, que he acabado teniendo una buena pila de sus discos, entre sinfonías, cuartetos y obras varias.


A esa renovación continuada de un único efecto contribuye que sus obras sean especialmente breves, siguiendo esa línea estética tan típica de la modernidad que busca liberar a las formas clásicas de la petulancia, el campanudismo, la palabrería y el discursismo con que las hincharon romanticismo y  post-romanticismo. Coates lleva compuestas unas quince sinfonías, pero rara es la que llega a superar el cuarto de hora o los veinte minutos. Esta concisión ayuda a que el efecto de caída/sirena no llegue a cansar y que cuando lo utiliza bien, cuando está especialmente inspirada, su plasmación alcance una intensidad casi sobrenatural. De ésas que le dejan a uno agotado, exhausto, necesitado de un tiempo para recuperarse de lo que acaba de escuchar

Así ocurre con su sinfonía número dos, que he incluido al principio de esta entrada, dividida en tres tiempos, cada uno con un título alusivo: Aurora Borealis, Aurora Australis, Dawn (Aurora). En los dos primeros tiempos, su música describe una noche plagada de presagios, una obscuridad perenne e impenetrable sólo rota por luces fantasmagóricas, que por su mismo carácter sobrenatural no auguran nada nuevo. Un tiempo suspendido en la nada, en el que velamos insomnes creyéndonos rodeados de vagas amenazas, que no llegan a materializarse, que no sabemos si son reales o imaginadas, pero cuyo terror permanece intacto, igual de abrumador y paralizante, sea cual sea su origen. 

Sólo queda esperar al amanecer, a que las luces del día disipen nuestros miedos y al fin podamos alcanzar un refugio, un abrigo, donde descansar y liberarnos de nuestros miedos. No será así, porque cuando llegue la luz del día, su propio fulgor cegador, cruel y desnudo, será aún más aterrador, más destructor y aplastante, más despiadado, cerrado a toda compasión y clemencia, que las tinieblas que hemos creído abandonar. En ese momento de revelación desesperada, deberemos abandonar toda esperanza, definitiva y radicalmente, justo cuando pensábamos tener nuestra liberación, nuestra paz, al alcance de la mano.

¿Pesimismo radical? Sin duda. Pero no se puede esperar otra respuesta de cualquier compositor - en general, de cualquier persona - que haya vivido en el siglo XX y haya presenciado como todos los ideales de justicia y libertad se han convertido en maquinarias industriales para el exterminio de todo enemigo, real o imaginado. Y tampoco es necesario haber vivido o crecido en ese siglo XX, basta con ser habitante de este siglo XXI, tan pleno en conflictos y extremismos, donde lo poco bueno que se consiguió en la centuria anterior está siendo socavado, quebrantado, desmontado y vendido, por esos mismos que juraron defenderlo y protegerlo. Utilizando precisamente esa necesidad de salvaguardarlo ante sus enemigos para eliminar todos los obstáculos que impedían abolirlo.

Un tiempo de extremismos, de involución y represión, al que convienen muy bien los aullidos de las sirenas, la interminable caída en el abismo, que recorre y unifica la obra entera de Coates.