jueves, 12 de mayo de 2016

Leyendo a Tucidides (X)

No se utilizaría un indicio exacto si, basándose en que Micenas era pequeña o en que alguna ciudad de las de entonces parece ahora sin importancia, se pusiera en duda que la expedición fue tan grande como los poetas la han cantado y como la tradición mantiene; pues si fuera desolada la ciudad de los lacedemonios, y sólo quedaran los templos y los cimientos de los edificios, pienso que, al cabo de mucho tiempo, los hombres del mañana tendrían muchas dudas respecto a que la fuerza de los lacedemonios correspondiera a su fama. Sin embargo, ocupan dos quintas partes del Peloponeso y su hegemonía se extiende a la totalidad y a sus muchos aliados del exterior; pero, a pesar de esto, dado que la ciudad no tiene templos ni edificios suntuosos y no está construida de forma conjunta, sino que está formada por aldeas dispersas a la manera antigua de Grecia, parecería muy inferior. Por el contrario, si les ocurriera esto mismo a los atenienses, al mostrarse ante los ojos de los hombres del mañana la apariencia de la ciudad, conjeturarían que la fuerza de Atenas era doble de la real.

Tucídides, Historia de la guerra del Peloponeso

Si me han aguantado hasta aquí, durante mis meditaciones sobre un olvidado historiador ateniense de hace 2500 años, no desfallezcan, porque sólo quedan dos entradas más. La primera, ésta que estoy describiendo, tratará de por qué Tucidides es una excepción dentro de las fuentes que nos han quedado de la antigüedad clásica; la otra, que cerrará esta serie, se ocupará de los silencios estentóreos de este historiador.

La primera excepción de la obra de Tucídides es que contradice una ley de la historia: Estar escrita por los vencedores. La Historia de la guerra del Peloponeso es la crónica de una derrota anunciada, por parafrasear el título de la novela, de manera que  su objetivo no es narrar las bondades de un régimen, la justicia de su política exterior, la necesidad ineludible de sus guerras de agresión. Tampoco es, por supuesto, la exaltación de un pueblo, ni la celebración de sus características esenciales, presentes desde el inicio de los tiempos, que no sólo le distinguen del resto de las naciones, sino que le colocan por encima de ellas, en una plano de superioridad moral.

No, el tono de la obra es de estricta y rigurosa ecuanimidad, de profundo y amargo desengaño, más sorprendente aún cuando se considera que Tucidides no sólo fue testigo de estos hechos, sino protagonista de ellos mismos. Su visión de los asuntos políticos es opuesta a la de quien participó en ellos y por tanto debería tener un interés claro por una de las partes, por su triunfo y victoria. En su relato, es guerra se convierte casi en un juego de salón, donde unos ganan y otros pierden, pero el resultado podría haber sido muy distinto e igual de indiferente. Sin que hubiera nada que justificase el triunfo de unos o la derrota de otros, ni, por supuesto, que les hiciera mejores que el contrario o merecedores de esa victoria o de ese desastre.

Fuera, por supuesto, de la estupidez humana o del azar tan decisivo en todos los asuntos que lo hombres emprenden.
Narración de una derrota vista desde el bando perdedor. Ecuanimidad y neutralidad en la consideración de las acciones de los combatientes. Dicho así, parecería que ambos rasgos fueran siempre de la mano, indisociables, inherentes el uno al otro, pero no es así. De hecho, de la narración de un perdedor, además de tristeza y lamentaciones, debería esperarse rencor y amargura. Denuncia y acusación del contrario, responsable de todas las ofensas y de todos los crímenes, destructor de la civilización, violador de la justicia, profanador de todo lo sagrado. Alguien cuyo castigo debería limitarse por el momento a la venganza verbal, pero de quien la historia habría de dar cumplida cuenta a no tardar.

No es así. Tucídides mantiene su serenidad y, como si fuera un notario, sin apasionamiento alguno, desgrana las atrocidades cometidas por cada uno de los bandos, incluso los suyos. Especialmente los suyos, porque cada vez que sus conciudadanos violan una ley del derecho de gentes, cometen una atrocidad, arrasan una ciudad, asesinan a sus hombres y venden como esclavos a niños y mujeres, él lo anota, lo añade a la larga lista de crímenes, que poco a poco van despojando a Atenas de toda legitimidad y ascendencia en el mundo griego. Que acaban, finalmente, por convertirla en enemigo de todos, casi en la encarnación del mal que es necesario derribar y erradicar de la faz de la tiera, como casi estuvo a punto de ocurrir, una vez derrotada.

¿Por qué esta postura? ¿Por qué este disociamiento de su patria y de sus gentes, que en tiempos modernos algunos considerarían como reprobable, incluso traición? Es difícil hurgar en la mente de alguien muerto hace veinticinco siglo y a quien sólo conocemos por lo que nos cuenta en la única obra que nos ha legado, además de las alusiones de su secretario y seguidor Jenofonte, pero sí podemos apuntar dos hechos. Por un lado, su destierro de Atenas, tras el fracaso en su actuación como estratego en Tracia, donde no pudo evitar que el rey espartano Brasidas ocupase la ciudad de Anfípolis, destartalando el dominio de Atenas en esa región estratégica.

Esto ya habría bastado para que Tucídides adoptase una postura escéptica, dolorida y desengañada frente a su patria. De hecho, no fue el primero en sufrir ese castigo y otros, como Alcibiades o Jenofonte, seguirían caminos aún más radicales, pasándose con armas y bagajes al campo lacedemonio, conviertiéndose en admiradores sinceros y leales de un régimen opuesto a todo lo que representaba la democracia ateniense. Sin embargo, Tucidides no siguió ese camino y en sus páginas, de vez en cuando, casi a desgana - véase el pasaje que abre esta entrada - puede apreciarse la admiración y el dolor por su madre patria, al final madrasta para tantos.

Quizás, y esta sería la segunda razón, habría que achacara esta contención, esta serenidad y ecuanimidad, en el hecho de que la obra de Tucididies se escribe - o se concluye - en los primeros años de postguerra. Un mundo donde el antiguo poderío de Atenas es un recuerdo, su democracia parece abolida para siempre y la hegemonía sobre Grecia está firmemente en las manos de Esparta. Una situación que obligaría a tener cierta prudencia con lo que se iba a decir, a permanecer equidistante, aunque fuera a la fuerza, especialmente en un obra que se pretendía enseñanza y advertencia para todo el mundo helénico.

Acabo de escribir estas líneas y de nuevo he vuelto a conseguir una extraña mescolanza de contrarios. Porque expresado así, parecería que la prudencia, la serenidad y la ecuanimidad de Tucídides fueran producto de la cobardía y la mezquindad. Características que sobran en demasiados de nuestros contemporáneos, tan dispuestos a orientarse según el viento que sople y a adular al mejor postor, pero que malamente casan con la personalidad de Tucídides.

Alguien capaz de elogiar y acusar por igual, sin importarle el bando que sea destino de sus argumentos. Alguien capaz de descubrir la virtud en el enemigo y de señalar el error y el interés en los amigos. Un historiador que huye del rumor y de la difamación, para intentar buscar, hallar la verdad.

Un pensador, en fin, que sabe demasiado bien lo frágiles, mudables y transitorias que son las posturas políticas por las que se empuja a los hombres al combate, cuán mentirosas y falsas son, con qué frecuencia ocultan los intereses más mezquinos y miserables.