martes, 10 de mayo de 2016

Desvíos y desviaciones

































Llevaba mucho tiempo queriendo ver Detour (1945), del alemán Edgar G. Ulmer. Me atraía, en primer lugar, que fuera una de las pocas películas de cine negro que aún no había llegado a ver, así como el aura de obra mítica que rodeaba a su nombre. Tanto elogio y tanta admiración eran las pruebas que apuntaban a una obra nueva y maravillosa, adelantada a su tiempo, que precisamente por ello había sido relegada a una penumbra injusta. Para acabar de completar este cuadro de misterio, cada vez que había intentado verla el azar se había cruzado en mi camino para impedírmelo, como si alguna maldición se hubiera propuesto frustrarme de una manera irracional e incomprensible. Tampoco ayudaba que el nombre de la revista cinematográfica en la que escribo fuera precisamente el de esa película, como si al insulto se quisiera añadir la injuria.

Bueno, pues al final he conseguido sacarme la espina, gracias a un familiar que me ha prestado esta película en DVD. Pueden imaginarse la ilusión con la que me puse a verla... y casi pueden también adivinar la decepción que me llevé, como suele ocurrir cuando se espera y se desea demasiado a alguien o algo.

Supongo que posteriores visionados me ayudarán a moderar mi desilusión y aprender a amar esta película. No es la primera vez que me pasa algo similar, va con mi carácter, y sé que debo esperar a que pase la resaca, volver al lugar donde sufrí esa decepción, para que la contemplación de la realidad disipe las nieblas de mi fantasía. Pero por ahora, apenas vista, sólo tengo una lista de sus defectos... y de algunas posibles virtudes que me ayudarán a redescubrirla en el futuro.

Veo en Detour dos problemas principales.  Primero, la presencia ubicua de la voz en off, que si hay ocasiones que es pertinente y necesaria, caso de la larga y magnífica escena que he ilustrado al comienzo de esta entrada, en demasiadas ocasiones se limita a contarnos lo que ya vemos, a redundar en lo mostrado, resultando cansina y distrayéndonos de las magníficas imágenes de Ulmer. Sé que para muchos ese narrador omnipresente es un recurso quintaesencial del cine negro, tanto que no pueden concebirlo sin él y les lleva a admirar versiones bastardas de otras películas posteriores, como Blade Runner (1982, Ridley Scott); pero si fuéramos a hacer las cuentas, encontraríamos que otros noir esenciales, como The Maltese Falcon (1940, John Huston) o The Big Sleep (1946, Howard Hawks) no lo usan en absoluto, mientras que obras como Out of the Past (1947, JacquesTourneur) recurren a él con evidente parsimonia, casi como si fuera parte de la partitura musical.

Ésa es quizás la diferencia, entre usar ese recurso como ruido de fondo o asimilarlo a la música escénica, que sólo debe sonar en los momentos precisos, fundiéndose y confundiéndose con las imágenes. Sin embargo, en Detour esta inundación de pensamientos, de apartes y confidencias, aún hubiera sido soportable, si no fuera por el otro defecto que tiene la película: su exigua duración. Puede parecer extraño que critique esta circunstancia, cuando vivimos en un momento cultural en donde las películas están hinchadas de metraje hasta casi reventar, empeorado en las ediciones en DVD y BR que añaden como extras más y más minutos, en su mayoría sobrantes e incluso molestos. 

Sin embargo, al igual que hay obras de más de dos horas que aún tienen el impulso y el material para continuar más allá, de manera que si se las podase a una longitud razonable acabarían mutiladas, la hora escase del metraje de Detourv la conduce a un final apresurado e insatisfactorio, ya que aún le quedaba muchísimo que contar. Para que se hagan una idea, cuando estaba a diez minutos del final, no hacía más que preguntarme si acaso el reloj de mi reproductor se había estropeado o que el DVD le estaba enviando información errónea. No fue así y la película se cerró con una conclusión bastante torpe, cuando un poco antes parecía que se iba abrir a nuevas peripecias, apuntando a una turbia historia de suplantación y fraude que se sabía condenada al fracaso como en todo buen noir, pero que no por ello iba a ser menos interesante.

Esta interrupción abrupta en el curso de la narración, casi un coitus interruptus, se veía subrayada, por que su desarrollo estructural había sido modélico hasta ese instante.  Al contrario que tanto cine moderno, que basa su "encanto" en acumular efecto tras efecto, acción sobre acción, tras una sumaria introducción basada en estereotipos, Detour busca primero construir el carácter de sus protagonistas, como todo el cine clásico, dejar bien claro de dónde vienen y adónde les llevarán sus acciones, sin importar el tiempo que se gaste en ello, puesto que ese esfuerzo quedará mas que justificado cuando la trama engrane y se acelere. 

Esa preocupación estructural, heredada del teatro, por la que es esencial que toda obra narrativa deba preocuparse por crear un mundo coherente y unos personajes con profundidad, además de una reglas que los liguen y los gobiernen es la razón por la que esa época abunda en obras maestras, sin importar que sean de serie A, B o Z. Esa preocupación honra a estas obras pasadas, independientemente de su humildad o sus recursos de producción, y las torna opuestas a la arbitrariedad tan frecuente en el cine moderno, donde las propias reglas que la película define sólo están ahí para ser rotas en caso de que la molonidad, magnífico concepto éste, lo exija. 

No hay que confundir, no obstante, este mal uso reciente de la molonidad, donde la secuencia narrativa y la lógica de la historia se quiebran sólo para presumir del ultimo juguete digital o satisfacer al mínimo común denominador del público; con lo que sería una película rebelde y experimental, la que conoce las reglas de partida y busca quebrarlas consciente y voluntariamente, en busca de nuevos paisajes estéticos. No, lo que hablo aquí es de cine comercial que busca sólo ser máquina de hacer dinero, y no le importa tirar por la borda el rigor y la honestidad que caracterizaba al cine comercial de antaño.

Rigor y una honestidad que les permitían construir obras sólidas, capaces de superar el momento en que fueron creadas, e incluso llegar a figurar en el Olimpo de los clásicos del cine, con apenas tres o cuatro personajes, unos pobres decorados, cuatro localizaciones y efectos cutres.

Como Detour, en definitiva.