sábado, 22 de octubre de 2016

Ni siquera sabíais que existía





Si hay un candidato firme a exposición del año, ése es la muestra Escuchar con los ojos abiertos: Arte sonoro en España, 1961-2016, abirta en la Fundación Juán March madrileña. Esta muestra  busca trazar una historia de la música de vanguardia española en los últimos cincuenta años, centrándose en ese concepto tan difuso que recibe el nombre de Arte Sonoro. Su importancia, por tanto, no radica en la calidad de las obras expuestas, cuya valoración se deja en manos del visitante, sino en mostrar unos caminos musicales que han quedado ocultos al gran público e incluso al aficionado avanzado, que muchas veces sólo sabe de su existencia de oídas, por las historias de la música, pero que jamás ha llegado a experimentarla, mucho menos a amarla.

Pero ¿qué es el arte sonoro? Para entender ese concepto hay que remontarse a tres momentos decisivos en la historia de la música occidental, uno de los cuales fue trazado en otra magnífica exposición anterior del MNCARS. El primero, por supuesto, fue la invención del dodecafonismo por parte de Arnold Schönberg, cuando quedó demostrado que la buena música no tenía porqué sonar bien. El segundo tuvo lugar tras la segunda guerra mundial, cuando surgió la música electroacústica, de manera que el compositor podía prescindir de los interpretes y cocinar él mismo sus piezas. Utopía en la que soñaron figuras esenciales como Henri o Stockhausen, y que se ha hecho realidad en nuestro presente gracias al ordenador personal.


Por último, hacia 1960, John Cage y otros compositores, como La Monte Young o Terry Riley, llegaron a los límites últimos de la música, aquellos donde resulta casi imposible diferenciarla del ruido o del silencio. Es este momento, cuyo estudio fue elegido también por la exposición del MNCARS, +-1961,  es de donde arranca el relato de estos nuevos paisajes y aventuras musicales, a los que ya no podemos referirnos simplemente como música. No porque no lo sean ni lo merezcan, o porque el sonido no sea central en esas obras de arte sonoro, sino porque nos estamos moviendo ya al ámbito de las artes extendidas. Se trata de productos músicales que requieren no sólo la escucha, puesto que forman parte de un conjunto tridimensional e incluso cuatridimensional. El espectador necesita así apelar a otros sentidos, como la visión; realizar una escucha activa en la que se intente elucidar el qué y el porqué; incluso explorar la instalación en la que se inserta este arte sonoro, único medio de que cobre sentido.

No es extraño por tanto, que estas obras hayan quedado ocultas, relegadas a un limbo del que ni siquiera Youtube ha podido salvarlas. En muchas ocasiones esta penumbra y obscuridad ha sido querida - y provocada - por los propios artistas, como estrategia de combate contra un sistema comercial que obligan a todo producto artístico a ajustarse a unos estrechos moldes, siempre uniformizadores, cuando no castradores. La música del arte sonoro se hacía así voluntariamente obscura, dirigida a unos pocos iniciados, llegando hasta el extremo de distribuir las piezas por medios primitivos y que impedían conscientemente que llegase a las masas, como enviarlas por correo de manera personal.

Otro factor es el hecho de que muchas estas obras extendidas requieren una instalación física, que les hace depender del apoyo museístico. No pueden salir así de las salas de los recintos de exposición - cuando vivimos en un momento en que la música es accesible desde cualquier lugar y en cualquier momento -, mientras que su propia existencia es efímera, destinada a ser guardada -y olvidada - en los almacenes de las instituciones artísticas tras apenas unas pocas semanas de exposición. Un destino que no es privativo de estas artes sonoras, sino del todo el arte postcontemporáneo, que parece haber sido condenado a irse pudriendo en los sótano, sin nadie que disfrute de él, cuando no a perderse en las inevitables mudanzas.

Más importante aún es el desapego del público. No ya del público en general, sino del especializado. Si bien hacia 1960 se produjo un divorcio completo entre la música popular y la música "culta" - el Jazz y la música clásica siempre han sido primos hermanos -, de mayores consecuencias ha sido la petrificación del gusto de los aficionados a la música clásica. En cierta medida y de forma paradójica, la exposición a las formas más radicales del rock ha conseguido que la obras de las vanguardias del siglo XX - al menos las anteriores a Cage - sean más accesible para un público joven que lo que lo fueron para sus abuelos,  como vendría a demostrar la admiración que los componentes de la música electrónica tienen por Pierre Henry.

El problema mayor está, como digo, en esa congelación del gusto, tan propia de una muerte cercana, que limita lo válido en música "culta" al repertorio decimonónico, incluyendo en él a unos pocos nombres del XVIII y algunos menos del XX. Esta sordera no sólo afecta a este arte sonoro expuesto en la Juan March sino que ha borrado por completo la inmensa variedad musical del siglo XX, siglo donde no sólo figura la vanguardia más airada, sino muchísimas vueltas atrás e intentos por salir del laberinto, que sólo por ello, por existir, combatir y debatirse, lo hacen fascinante. Casi más que un XIX que creía avanzar dando pasos firmes en pos de la belleza, cuando nosotros ya sabemos que no existe, o que tenemos que conformarnos con una de andar más por casa.

Por eso es tan importante esta exposición. Porque mientras que la mayoría de las que se pueden visitar este otoño se limitan a contarnos lo ya sabido, ésta es de las pocas de las que puedes aprender y se te deja la capacidad de elegir.

Para enamorarte o no de estas artes sonoras (in)visibles.