martes, 18 de octubre de 2016

Leyendo a Camus (X): L'Exil et le Royaume

Depuis toujours, sur la terre sèche, raclée jusqu'à l'os, de ce pays démesuré, quelques hommes cheminaient sans trêve, qui ne possédaient rien mais ne servaient personne, seigneurs misérables et libres d'un étrange royaume. Janine ne savait pas pourquoi cette idée l'emplissait d'une tristesse Si douce et si vaste qu'elle lui fermait les yeux. Elle savait seulement que ce royaume, de tout temps, lui avait été promis et que jamais, pourtant, il ne serait le sien, plus jamais, sinon à ce fugitif instant, peut-être, où elle rouvrit les yeux sur le ciel soudain immobile, et sur ses flots de lumière figée, pendant que les voix qui montaient de la ville arabe se taisaient brusquement. Il lui sembla que le cours du monde venait alors de s'arrêter et que person-ne, à partir de cet instant, ne vieillirait plus ni ne mourrait. En tous lieux, désormais, la vie était suspendue, sauf dans son coeur où, au même moment, quelqu'un pleurait de peine et d'émerveillement.
Albert Camus, El exilio y el reino
De siempre, sobre la tierra seca, raspada hasta el hueso, de este país desmedido, algunos hombres camibana sin tregua, sin poseer nada, pero sin servir a nadie, señores miserables y libres de un extraño reino. Janine no sabía por qué esta idea le llenaba de una tristeza tan dulce y tan vasta que le cerraba los ojos. Sólo sabía que ese reino, de siempre, le había estado prometido y que nunca, sin embargo, sería el suyo, nunca más excepto en ese instante fugitivo, quizás. en que abriese los ojos bajo el cielo repentinamente inmóvil y bajo esas olas de luz solidificada, mientras que las voces que ascendían del poblado se callaban bruscamente. Le parecía que la marcha del mundo acababa de detenerse y que nadie, desde ese instante, envejecería ya, ni moriría. En todas partes, desde entonces, la vida estaba suspendida, excepto en su corazón, donde, en ese mismo momento, alguien lloraba de pena y asombro.
Les decía, al hablar de L'Homme Révolté (El hombre rebelde), que ese largo ensayo sobre revolución y rebeldía durante los dos últimos siglos de la historia europea, suponía un cierre en la obra de Camus. En concreto, el abandono de esa urgencia política - y humanística  - que recorre su periodo creativo de guerra y postguerra. Las señas de un compromiso que había tenido su origen en la resistencia contra el fascismo y el invasor nazi, para luego continuar en forma de meditación sobre como seguir combatiendo - y creyendo - en un mundo al que el horror de la guerra había tornado absurdo.

Ese primer plano de la acción política desaparece en sus obras de ficción posteriores y - si se juzga por la novela inacabada Le Premier Homme (El primer hombre) - no había visos de que fuera a resurgir, al menos a corto plazo. De hecho, las obras posteriores a L'Homme Révolté - L'Été (El estío) y La Chute (La caída)- debieron resultar desconcertantes en su tiempo para la izquierda comprometida maxista y aún siguen siéndolo para un lector acostumbrado a la vehemencia y compromiso de la obra anterior. En ellas, su punto de vista es más lírico y personal, como si Camus se cerrase al mundo y emprendiese una búsqueda interior en pos de una revelación, no se sabe hasta que punto mística o incluso religiosa. Un apartamiento de la actualidad que contrasta con el momento histórico en que se escriben esas obras, el inicio y empeoramiento de las guerras de descolonización en las que se vio envuelta Francia, en Indochina y Argelia, que provocaron que para ese país la guerra comenzada en 1939 no terminase realmente hasta 1962.



Esos conflictos imperialistas polarizaron en campos opuestos a una sociedad francesa que aún no se había recuperado de las heridas de la guerra mundial, especialmente del hecho incómodo - y largo tiempo silenciado - que gran parte de sus derechas habían colaborado bien a gusto con el invasor. Se llegó así a un estado de guerra civil larvada que condujo a la disolución de la IV República y la instauración del régimen cesarista de Charles de Gaulle; además de radicalizar a una izquierda que creyó, en 1968, poder alcanzar los cielos, pero sólo preludió su caída en la irrelevancia.

En este contexto, la obra narrativa de Camus de los cincuenta -  no sus artículos y declaraciones públicas, ojo - parece presa de una indiferencia incómoda para el lector - criminal para esas izquierdas revolucionarias -, agravada porque la calidad propiamente literaria de esos escritos parece indigna del Camus anterior, pronto ganador de un Nóbel.

Esa pérdida de tono estético se debe, en mi opinión, a que esos escritos son de transición. Anuncian un giro decisivo del escritor hacia el lirismo, la subjetividad y el mundo privado. pero no llegan a completarlo ni culminarlo. Su temprana muerte nos ha impedido saber qué podría haber surgido de ahí, si quizás el Camus de los sesenta habría entrado en un nuevo periodo de productividad y gloria, o se habría perdido definitivamente en una decadencia temprana, aunque L'Exil et le Royaume (El exilio y el reíno), y sobre todo Le Premiere Homme, permiten suponer que no sería así, sino que Camus volvería a remontar el vuelo.

L'Exil et le Royaume, en concreto, tiene un título más propio de sus ensayos filosóficos, pero no es otra cosa que una colección de breves cuentos, aparentemente inofensivos e intranscendentes en su sencillez, puesto que no son otra cosa que pequeñas anécdotas, sin consecuencias ni moraleja evidente. Aparentemente, porque lo que en ellos se narra son pequeñas historias de fracaso y derrota, de ambiciones frustradas, de sueños irrealizados, de desarraigos, exilios y condenas internas. Incomunicables e irremisibles. Irreversiblemente irremediables.

De hecho, el significado del título se nos insinúa en los dos primeros cuentos: La femme adultère (La mujer adúltera) y Le Renégat (El Renegado). El primero nos habla de una mujer que de repente se descubre desconectada de su tiempo y su mundo, obligada a vivir en un mundo y en un tiempo que no es el suyo. Exiliada permanente, apartada de su patria de origen, aunque ésta no exista, sea sólo un sueño vago e informe, cuya única manifestación es precisamente ése sentirse fuera, descolocada y desclasada. Un sentimiento destructivo, paralizante y aplastante que es inconfundible para todo aquel que lo haya sentido - absurdo para quienes no lo hayan sufrido - y del que ya jamás se podrá escapar, dejar de sentir u olvidar.

En el segundo cuento nos volvemos a encontrar con otro exiliado, otro discriminado y excéntrico, sólo que esta vez por partida doble: un misionero que creyendo ir a convertir a los "salvajes", acaba por abandonar su fe y abrazar la de los otros. Hasta un extremo que supera cualquier exceso, cualquier crueldad posible de los bárbaros, incluso a ocasionarles la destrucción y el desastre, precisamente al pretender defenderlos. Porque el reíno al que se entrega, al que jura fidelidad eterna tras su conversión, no es otro que el de la muerte y la desolación.

El que basa su poder y legalidad en la destrucción de todo y todos. Si sólo por demostrar que nada puede oponerse a su poder, que toda otra idea debe inclinarse ante él, ser humillada y abolida. Ante los ojos de sus fieles, creyentes y adoradores.