jueves, 27 de octubre de 2016

Imposibles






 



































Cuando volví a ver hace unos años Offret (Sacrificio, 1986) de Andrei Tarkovski, ya les indiqué que me parecía que su mensaje sólo podía ser comprendido en toda su amplitud y profundidad por aquéllos que habíamos vivido bajo la amenaza del holocausto nuclear. El miedo, la resignación y el fatalismo que dominaban aquellos años obscuros se pueden resumir en que estábamos seguros de que la Tercera Guerra Mundial y la aniquilación atómica de la humanidad eran hechos ciertos y seguros, de los que como la muerte, sólo nos quedaba por averiguar la fecha. Por sorpresa y cuando ya no tuviese remedio

Sólo así se puede entender la gravedad que impregna la película de principio a fin, su sentido de urgencia y desesperación frente ese hecho irreversible e inconcebible, su inevitable deslizarse hacia la nada, frente a la que ningún poder humano conseguirá hacerla retroceder y retornar al punto de partida, a la inestable y frágil seguridad que llamábamos nuestras vidas cotidianas. Un absoluto implacable del cual, como la muerte, nadie puede escapar, y que sólo puede anularse, conjurarse, con un absurdo aún mayor. Con un poder que no es el de los hombres, ni siquiera el de dios, incapaz de abandonar su silencio el día del apocalipsis, sino apelando a las fuerzas de la naturaleza, a la irracionalidad, a todo aquello que el mundo ciéntifico y tecnológico de nuestro presente ha borrado de la realidad sensible, pero que sigue ahí, actuando sobre nosotros y determinándonos, aunque nos neguemos a mirarlo y reconocerlo.

Por supuesto, este sacrificio definitivo, el que lleva al protagonista a perder todo lo que ama y le define, incluyendo su cordura, para así borrar el horror del apocalipsis nuclear, tiene mucho de doctrina cristiana. Casi podríamos asimilarlo a un Cristo contemporáneo que muere por toda la humanidad, para redimir sus muchos pecados y errores. Sin embargo, como en cualquier película de Tarkovski, en Offret nada es sencillo, nada es lo que parece, todo se ve envuelto en un velo de ambigüedad que nos impide una visión clara. Intuímos que sí, que hay algo más, que nuestra existencia no está limitada a esta tierra y este tiempo, pero el quién o el qué que pueda haber más allá nos queda permanentemente oculto. Un misterio insondable que no ayuda a desvelar el perenne silencio de dios o que la únicas fuerzas efectivas, el único poder compasivo y redentor, sean precisamente las perseguidas por la propia religión a la que Tarkovski estaría invocando.

Una concordancia disonante que se plasma con mayor claridad en las consecuencias del sacrificio. Éste quedará oculto para siempre para la humanidad entera. Nadie sabrá de la hazaña del héroe, ni del precio que ha tenido que pagar por la salvación del mundo. Ni habrá ni recuerdo, ni memoria, ni elogios, sólo su caída en la locura, unida al abandono - y el olvido definitivio - por parte de aquellos que amaba y le amaban a su vez. Ni siquiera salvación o reforma para los redimidos, porque el mundo que fue rescatado por el apocalipsis es ese universo de mezquindades y egoísmo en el que tenemos que navegar todos los días. Nada que merezca ser conservado y rescatado, y que si lo es y se necesita que lo sea, es simplemente porque no hay otro de repuesto. Es el único hogar destartalado e inhospito que tenemos y tendremos.

El único que tenemos y tendremos. Porque cada vez que veo esta película no puedo dejar de pensar - se ha convertido ya en una certeza - que los hechos que se ilustran tuvieron lugar en realidad. Que el apocalípsis nuclear ocurrió, que todos morimos y que alguien desconocido no devolviós otra vez a la vida, a nuestra vidas pobres y miserables existencias, sin valor ni importancia alguna.

A una segunda oportunidad que, por supuesto, no hemos aprovechado, ya que lo único que sabemos hacer es matarnos los unos a los otros.