jueves, 20 de octubre de 2016

Sólo así y aún ni siquiera



















Nostalghia (Nostalgia,1983) era uno de los dos Tarkovski que aún no había visto, junto con Ivanovo detstvo (La Infancia de Iván, 1962). Si Ivanovo detstvo me defraudo un tanto, Nostalghia me ha dejado desconcertado. No porque sea mala, ya que abunda en instantes y revelaciones de belleza arrebatadora, propias de un autor en su mejor momento, sino porque es su obra más críptica y más desolada/desoladora.

Si bien un acendrado pesimismo está presente en todas sus películas, representado en forma de una infructuosa búsqueda mística/espiritual que debería permitir transcender este mundo, escapando así a su imperfección y horror, en el resto de su obra siempre había un rayo de esperanza, una promesa de paraíso. En Andrei Rublov (1966), el arte se revelaba como medio de salvación personal, incluso colectiva, independientemente de su fragilidad a manos de los poderes políticos. Solaris (1972), al mismo tiempo la menos y la más personal de sus obras, se cerraba con el encuentro, ni más ni menos, que con dios padre. Zerkalo (El Espejo, 1974) descubría los paraísos perdidos de la infancia, los recuerdos del único tiempo en que fuimos felices, que acaban por suplantar un presente gris y sin perspectivas. En Stalker (1979), el vacío existencial que consumía a los protagonistas era vencido, sin que nadie lo supiera, por la hija del propio Stalker. Por último, En Offret (1985), el sacrificio final del protagonista sirve para salvar a toda la humanidad del holocausto nuclear.

En Nostalghia aparece también el tema del sacrificio personal, como medio de redención universal, pero al contrario que en Offret, este no conduce a ningún resultado válido, excepto a la muerte de uno de sus protagonistas y a la locura definitiva del otro. No es es que esta necesidad de salvación, del mundo y de la humanidad, sea una ilusión en la mente de sus protagonistas. Muy al contrario, el clima entero de la película, su tensión interna, señalan bien claramente que nos encaminamos hacia una catástrofe irremediable. Que algo hay que hacer, sea lo que sea, presentar al mundo un acto, un signo, cualquier cosa, que provoque un cambio definitivo. Que abra las puertas hacia una nueva percepción, libre de las imperfecciones y distorsiones de lo que creemos ser la realidad.

Ese intento a la desesperada tiene lugar, por partida doble, en la película, sin que aproveche ni a sus protagonistas ni al resto de personajes, o, a través de ellos, a la humanidad entera. En uno de los casos, no será sino el acto de un loco, alguien cuyas acciones presentes, por muy nobles que sean ahora, quedan automáticamente invalidadas por los crímenes cometidos antaño. En el otro, el ritual preciso hasta la obsesión que constituye la penúltima escena de la película, será visto por los pocos espectadores que la presencien como la confirmación definitiva de que esa persona ha perdido la poca cordura que le quedaba, que los sucesos que hemos presenciado hasta entonces no eran sino signos de su caída definitiva en la locura. 

Un transición y un estado final confirmados - y contradichos - por la escena final de la película que sólo puede tener lugar fuera de este mundo y que no les voy a describir, puesto que merece que cada espectador la descubra sin tener noticia de ella, como me ha ocurrido a mí. Una derrota final, una huida hacia un refugio que sólo existe en la mente torturada de sus protagonistas, que no es otra cosa que un reflejo de la situación personal del propio director. Alguien que durante el rodaje acaba por elegir el camino del exilio, forzado por la persecución a la que le somete el régimen totalitario de su patria. Alguien que tendrá que terminar esa película con financiación extraña y extranjera, abandonado por las autoridades de su país, que no saben que hacer con las obras de ese poeta visionario, de ese soñador desencantado y desesperado, cuyo mundo no puede estar más lejos de todas las luchas políticas de este mundo. De toda la falsedad, hipocresía y bajeza que les caracterizan.

Alguien que, como su alter en esta película, y como el compositor ruso que éste tiene como objeto de estudio, no puede concebirse sino como perteneciente a ese país. Que debe volver necesariamente a él, aunque allí le espere la cárcel y la muerte, porque la vida fuera, en soledad, en abandono y olvido, es peor que cualquier condena y tortura.