sábado, 8 de octubre de 2016

Este valle de lágrimas






























Realmente, no sé que decir sobre Stalker (1979) de Andréi Tarkovski.

Puedo empezar a hablar de mí - actitud tan frecuente en este blog - y decirles que esta película pertenece al periodo fundacional de mi afición por la cinematografía. Que antes de llegar a verla había escuchado hablar largo y tendido de ella durante mi periodo universitario, erigiéndose así como película mítica y necesaria, de ésas que uno no puede perderse si realmente quiere llamarse cinéfilo.

Eran otros tiempos obviamente, lejanos de estos otros postmodernos en los que cualquier canon es falso, donde cualquier obra es válida en tanto que haya alguien a quien le guste. Tan lejanos, que a pesar de saber de la existencia de Stalker y conocer a grandes rasgos su peripecia argumental, nada me había preparado para lo que iba a ver y experimentar. Había aprendido, sí, que se trataba de una película de ciencia ficción, pero no estaba advertido de que Tarkovski es de esos directores que transcienden los géneros. De esos autores que habitan un mundo personal y único, que se trasluce en todas sus obras, que se plasma en multitud de formas distintas. Resulta así que no es posible definir esas películas, sino diciendo: es de Tarkovski.

Ya sabrán que la película narra el viaje por un área que recibe el nombre de la Zona y que ha sido acordonada por el ejército - ¿el de qué pais? - para que no se pueda acceder a ella. Algo ocurrió allí, que nunca se nos llega a explicar, pero que fue capaz de aniquilar cualquier intento por erradicarlo y aún en el presente de la acción, acecha y elimina a todo aquel que se atreva a entrar allí. Al mismo tiempo, ejerce un poder de atracción irreprimible sobre ciertos individuos, a los que los stalkers del título guían por el laberinto de trampas que es la Zona. Supuestamente, en su núcleo más recóndito, en sus recovecos más íntimos, se halla una habitación donde se concede cualquier deseo humano.

La Zona es así un lugar salido de una fábula. Un entorno mágico que no pertenece a este mundo, cuya irrealidad Tarkovski subraya reservando el uso del color para su interior, frente al blanco y negro del mundo exterior. Un lugar extraterreno que otro director hubiera decorado con efectos especiales, pero al que Tarkovski confiere su excepcionalidad fotografiando un mundo abandonado y cochambrodos en el que los logros de la humanidad han quedado reducidos a ruinas, en donde la naturaleza ha reclamado y recuperado todo aquello que el progreso y la tecnología le arrebataron.

El recorrido por la zona que realizan los protagonista - el stalker, el científico y el escritor - es así un vagabundear por diferentes modos del fracaso humano, los muchas maneras en que nuestra soberbia ha sido abatida y puesto término. De vías de ferrocarríl abandonadas a alcantarillas mohosas y oxidadas, de restos de batallas olvidadas - la de Prokhoroska en la segunda guerra mundial sembrada de tanques destruidos - a fabricas inundadas por el agua y donde se acumula el cieno. Habitaciones y hogares, en fin, para siempre abandonados, donde cualquier humana es ya imposible y donde intentar persistir sólo llevaría a debilitarse y morir.

La Zona, por tanto, se halla tránsida de un sentimiento de urgencia, de una continua amenaza acechante, que puede desencadenarse y devorarnos en cualquier instante. Nunca llega a manifestarse en la película, ni siquiera a insinuarse aunque sea fugazmente, pero eso la hace aún más próxima, más peligrosa y terrible, más poderosa que cualquier monstruo imaginable, puesto que de este concreto desconocemos su rostro e incluso su existencia. Su realidad, sí, porque a ratos se puede tener la impresión de que no hay nada real en esa Zona, que todo es una alucinación colectiva, uno de tantos horrores que nuestra mente crea y que luego nos esforzamos en creer reales, más verídicos que la propia realidad percibida.

La Zona, así, es un lugar de confusión, un área donde poco a poco vamos siendo despojados de todo lo que creíamos ser, desnudados y desamparados hasta quedarnos sólo con nuestra impotencia y vulnerabilidad, enfrentados a una muerte a la que ni siquiera le hará falta manifestarse para vencer. Un laberinto del que no hay salida, porque su final ya está decidido y es seguro, como ocurre en nuestra propia existencia, un camino en el que hagamos lo que hagamos, alcancemos lo que alcancemos, conozcamos lo que conozcamos, el destino será el mismo para todos: la nada y la obscuridad.

O quizás no. O quizás no para Tarkovski. Porque si para él este símil de la Zona como una cualquiera de nuestras vidas es completamente correcto, sus fundamentos ideológicos son completamente distintos a los míos. Para él, este laberinto, este vagar doloroso sin esperanzas ni salvación, tiene un sentido, habrá de hallar consuelo y descanso al final de su camino... aunque no seamos capaces de darnos cuenta. 

La Zona, transitar por ella, es recorrer un camino de perfección, seguir la vía de la salvación. Morir y resucitar, nacer y ser bautizado, sin que importe alcanzar esa habitación soñada, ni que se cumplan los deseos que creíamos ansiar.

Porque al final seremos otros. Y el mundo con nosotros.