viernes, 2 de enero de 2015

¿Cuál es el camino?

Títeres utilizados en las representaciones teatrales de los partisanos eslovenos (circa 1944-45)

Ya les he comentado en varias ocasiones que las exposiciones organizadas por el MNCARS, familiarmente Sofidú, tienen un carácter especial que ninguna de las instituciones madrileñas alcanza a replicar. Se trata de una vertiente eminentemente política, que pone en relación el arte de un tiempo con los hechos sociales de ese momento, evitando esa separación/amputación que busca disociar el arte de las influencias recibidas en su gestación, las repercusiones ejercidas al aplicarlo, durante el desarrollo de esos hechos históricos. En otras palabras, intentando absolver a un artista o un movimiento artístico de las consecuencias de la ideología que eligieron seguir, servir y ensalzar.

Una de las exposiciones que se pueden visitar ahora en el MNCARS y que siguen la línea arriba apuntada tiene por título Un saber realmente útil, que intenta explorar las relaciones entre arte y educación. En principio ambos ámbitos pueden parecer un tanto separados, y de hecho la exposición podría haberse limitado a ilustrar como se enseña y se transmite la historia del arte en las escuelas. Ese punto de partida, restringido y acotado, fácil de mantener dentro de unos términos que no ofendan a nadie, puede llevar no obstante a conclusiones inesperadas e incómodas, si se realiza con el suficiente rigor. El problema de toda historia del arte, que las convierte inevitiblamente en parciales, cuando no interesadas, es el hecho de que para enseñarla, para poder prensarla en unos cientos de páginas o en unas decenas de horas lectivas, es necesario olvidar voluntariamente muchas manifestaciones artísticas, independientemente de su importancia, valor o repercusión.



Con demasiada frecuencia, la ausencia de esos otros caminos lleva a tomarlos por innecesarios o menores, cuando no es así o no tiene porqué ser así, lo que se ve empeorado porque en demasiadas situaciones esas otras artes, esas otras posibilidades estéticas, son eliminadas siguiendo una estricta agenda ideológica. Por ejemplo, el arte realizado por mujeres, perpetuando así los postulados del machismo tan común aún en nuestra sociedad. El arte popular, reafirmando la noción de que sólo puede considerarse auténtico arte el realizado desde la élites y para las élites. O simplemente cualquier arte cuyo posicionamiento político no sea el reconocido y sancionado por los guardianes del sistema.

Mladen Stilinovic

Este último punto es más importante de lo que se pueda suponer, ya que la  propaganda más efectiva es aquella que no se reconoce como tal. Nos guste o no, el arte siempre ha vivido en estrecha alianza con el poder, debido a que los artistas plásticos necesitan dinero, mucho dinero, para poder realizar su labor, un dinero que sólo los poderosos pueden suministrarles. El arte pagado deviene así loa, alabanza y confirmación de un sistema en cuya cima se hallan las élites rectoras, fenómeno que se repite en todas las sociedades, incluso las democráticas. En estas últimas, a lo sumo, se permitirán atisbos de crítica, pero sólo si apuntan a que el sistema puede ser corregido, no substituido. Es decir, que el orden social y económico establecido funciona y sólo necesita de leves retoques para asegurar riqueza y justicia a sus habitantes.

El problema, por tanto, en lo que se refiere a la enseñanza de la historia del arte es de visibilidad e invisibilidad, de como dar entrada en nuestro esquema histórico a todas esas manifestaciones que no corresponden con nuestras expectativas estéticas y políticas, para lograr que nuestra visión sea más equilibrada y pueden evaluarse visiones alternativas, cuando no directamente opuestas al estado presente de las cosas. La consecución real de ese objetivo es más importante de lo que se pueda suponer ya que nuestras democracias liberales modernas se ufanan de ser foros abiertos en el que las diferentes opiniones pueden competir libremente sin censura. Aún más, entornos donde desde variados ámbitos se propone el concepto de la "disrupción" (horrible anglicismo) de lo existente, su negación y derribo, como marca de la creatividad y la innovación.

Por supuesto, la censura existe, incluso en entre las sociedades más abiertas y liberales, sólo que es económica, impersonal, encarnada en unos mercados que se suponen entidades superiores, neutrales y justas, pero que en realidad no son sino una máscara que oculta a personas y grupos de presion muy concretos. Por otra parte, la supuesta primacía y prestigio de la "disrupción" es aceptada sólo en tanto que no contradiga los fundamentos económicos que se suponen intocables, indiscutibles y permanentes, situados en esa esfera superior, fuera de las decisiones y acciones humanas en las que se encuentran los citados mercados.

Ardmore Ceramic Art

Pero ¿dónde queda la educación en todo esto? La cuestión es que el arte es un medio más de los utilizados por la sociedad en los procesos educativos para inculcar un determinado conjunto de ideas en una nueva generación. Un equipaje ideológico que, no se olvide, parecerá al adulto completamente normal, natural e incluso justo. Por esa razón el examen del arte del pasado a la luz de nuestras ideas del presente,  y especialmente en sus vertientes divulgativas y populares, lleva a  darse cuenta de como concepciones que ahora nos parecen repugnantes e intolerables, caso del machismo o el racismo, eran ubicuas en las sociedades del pasado, incluso entre aquellos que luchaban contra ellas.

Es esta universalidad del prejuicio en sus formas visuales, el modo inevitable  en que lo que es ofensivo se hace pasar como inocente, ya sea consciente o inconscientemente, es una de las grandes conquistas intelectuales de los últimos decenios. Esta llamada de atención sobre el mensaje subyacente a las expresiones plástica se ha convertido en un motor para reevaluar el arte del pasado, para determinar qué nos gustaría conservar y qué no nos gustaría mantener. Esa tarea de revisión  no se extingue en el visible , puesto que develar esos simbolos invisibles de la discriminación y la opresión, ayuda a darse cuenta de como aún perviven entre nosotros, como seguimos utilizándolos sin prestar atención a su significado, a su carácter y sanción del racismo, del machismo, la xenofobia o la homofobia.

Un camino de discriminación y desbroce que es todo menos sencillo y claro, simplemente porque estos rasgos aberrantes se manifiestan incluso entre los sectores más avanzados de la sociedad. Así, en la obra de artistas republicanos durante la guerra civil, se representa a las tropas moras como caricaturas animalísticas, encarnación de la barbarie y del salvajismo, olvidando que fuimos nosotros los que nos metimos primero en su casa e intentamos anexionarnoslos a nuestro imperio por la fuerza de la armas... para que luego Franco utilizase esas tropas coloniales como arma de guerra total, en la que el salvajismo sobre los vencidos es condición necesaria para su sometimiento. Camino de ida y retorno en la destrucción en las que las víctimas fueron siempre los sectores más desprotegidos de ambas poblaciones: pobres, niños, ancianos, mujeres.



¿La conclusión final? Si realmente queremos una sociedad más justa y más igualitaria - énfasis en queremos - necesitamos un sistema educativo reformado que inculque esos valores en las generaciones venideras. Y si queremos que esa reforma de la educación para sea inclusiva y no exlusiva, global y no local, democrática y no elitista, se necesita al mismo tiempo una reforma radical del arte, para que pueda servir de medio y representación de esas mismas ideas.