viernes, 16 de enero de 2015

Aislamientos y transfiguraciones








































En entradas anteriores, ya les había comentado el buen sabor de boca que me está dejando la revisión de las obras del periodo mudo de Frank Borzage. El claro talento de este director para narrar historias sin palabras, unido a la delicadeza y sutileza con que las va desarrollando, le convierten en uno de los grandes creadores del mudo final, tan repleto de importantes personalidades. Característico del estilo de Borzague es ir añadiendo a la trama pequeños detalles aparentemente triviales, pero que luego cobran especial importancia, para permitir así la irrupción del milagro, convertido en verosímil, casi lógico, en el último tramo de sus obras.

7th Heaven (1927), la película que he visto este fin de semana, venía precedida de gran fama y prestigio, la propia de una obra maestra absoluta. Pues bien, tengo que decirles que me ha defraudado en parte y que no me parece a la altura de las tres que ya llevaba vistas. No es que el que el estilo de Borzague no esté presente, ni que su pericia habitual se haya desvanecido, ni que se aparte de sus temas habituales. No. Lo que ocurre, en mi opinión, es que la película intenta narrar demasiadas cosas, abarcar demasiados ámbitos temáticos, y al final se queda corta en varios de ellos, incapaz de exprimirlos con la intensidad habitual de este director.

La película parece así un recosido de parches de las otras películas suyas que había ya visto... sino fuera porque 7th Heaven es anterior a todas ellas. En ésta, como en aquéllas, podemos encontrar la dura descripción de la pirámide social, donde aquellos obligados a habitar los estratos inferiores se ven discriminados por partida doble, económica y moralmente. Esa situación de marginalidad fuerza a los protagonistas a buscar una salida, un medio de ascender, sea por unos medios u otros, ansia y deseo que se convierten en el motor que propulsa la trama. A esta consciencia social y política, subrayada en esta ocasión por desarrollarse la historia en una Francia laica y anticlerical, se une la no menos habitual historia de amor entre dos personas marginadas, olvidadas por la sociedad, quienes de manera inesperada logran construirse un pequeño paraíso en medio de la miseria y las calamidades que deben habitar. Frágil y pasajero, eso sí, pero no menos intenso y arrebatador.

Estos elementos habrían constituido, por sí solos, los fundamentos de una obra maestra de Borzage, sobre los cuales el director podría haber aplicado su consumada habilidad, su magia, para transformar lo improbable en necesario, lo inverosímil en innegable. Lo que hace fracasar la película, mejor dicho, impide que llegue a florecer con la belleza de sus obras hermanas, es la inclusión de otros ingredientes que no acaban de funcionar, mejor dicho, que impiden el desarrollo completo de la premisa original y que a su vez hubieran necesitado de más espacio para ser tratados con la profundidad que merecían.

El primero de ellos es la inserción de la Primera Guerra Mundial a mitad del metraje. Las razones son claras, añadir ese elemento extraño, inesperado e inexorable, que quiebra el frágil refugio que ambos amantes se han construido, impidiendo y amenazando su maduración. Sin embargo, las escenas bélicas se resienten de una inverosimilitud y de un infantilismo que ya en su tiempo debían ser chocantes, cuando se habían rodado o estaban a punto de rodarse obras definitivas sobre ese conflicto como Wings (1927 William A. Wellman), The Big Parade (1925, King Vidor)  o All Quiet on Western Front (1929, Lewis Milestone), donde la primera guerra mundial se mostraba en todo su horror. Las escenas dedicadas a la ofensiva del Marne parecen sacadas de un Western, carga de la caballería contra los indios incluida, mientras que las que suceden luego en las trincheras - excepto en un momento muy preciso - parece más propias de un picnic que de otra cosa.

Este defecto, por cierto, no exclusivo de 7th Heaven, sino que es extensible a otras películas míticas como J'accusse (1919) de Abel Gance, donde las escenas de guerra son lo peor de una película de fuerza arrebatadora en otras secciones. En ese sentido, el de producto de su tiempo, serían disculpables o al menos tolerables, sino fuera porque a esta visión ingenua de la guerra se une un mensaje religioso, también muy propio de la época, pero que en la nuestra chirría bastante, lastrando gravemente a la coherencia de la película. Aún así, no se trata de la presencia de elementos religiosos, que eran también determinantes en Angel Street a la hora de provocar el giro final, sino que su presencia e inclusión parecen forzadas, demasiado similares a una señal de advertencia que es visible desde el comienzo de la película y que anuncia que habrá de producirse un milagro final, ocurra lo que ocurra.

Este aviso tantas veces repetido quita gran parte del impacto y la resonancia al habitual giro final de las películas de Borzage. Se nos ha dicho ya tantas veces que la pareja protagonista está bajo la protección de la divinidad, cuya única condición para ser completa es que ambos amantes la reconozcan, que precisamente ese milagro final parece más bien la condición para que ambos pasen de su situación de escépticos a la de creyentes. Es decir, no se trata de un milagro del amor, como en las películas anteriores de Borzage, sino un milagro de la fe y para la fe, que no acaba de cuadrar en el contexto de la película y hace descarrilar su historia.

Y sin embargo, en el tiempo que media hasta ese desenlace, tan apropiado para la moral de la época y la de algunos de tiempos presentes, se filtran una serie de elementos completamente inesperados, impensables en el Hollywod de décadas posteriores, cercenado por el código Hays, y que hacen pensar en como la evolución temática e ideológica del cine americano fue retrasada durante años por el resurgimiento de la censura, peligro que creíamos ya pasado y que ahora vuelve a resurgir con fuerza. No se trata simplemente del cariño y respecto con que Borzage trata a los desheredados de la sociedad, para él auténticos héroes, casi modelos de conducta. Se trata del claro desprecio del director ante los que se creen mejores que los demás, poseedores y portadores de principio morales cuya aplicación estricta sólo lleva a la discriminación y a la humillación de los que no han tenido el privilegio de recibirlos.

Se trata asímismo de una película donde un personaje explícitamente ateo es mostrado de manera positiva y donde escucharemos, aunque sea justo antes del milagro que viene a reinstaurar el orden religioso, uno de los alegatos más sentidos contra la injustica, la arbitrariedad y el silencio de una divinidad que se pretende todo amor, todo compasión, pero en realidad no és ninguna de esas cosas.

Y como iba a serlo, si en realidad no existe.