jueves, 22 de enero de 2015

Viviendo la Utopia

















Vi por primera vez Chats Perchés (2004), el penúltimo Marker,  a finales de la década pasada - ¿hace 8, 6 años? No lo recuerdo - y tengo que decirles que no ha perdido nada de su impacto, a pesar  - ¿o precisamente por eso? - de cierto localismo que obliga a conocer, aunque sea someramente, la actualidad francesa de ese tiempo.

Gran parte de la fuerza de Chat Perchés se debe a su carácter de destilación del estilo cinematográfico de Marker durante toda su trayectoria, casi como si fuera su cierre. Por un lado, tenemos su habitual posicionamiento político, de izquierdas, lindante con el anarquismo, pero no exento de una amarga autoironía. A esto se añade una reflexión sobre los mecanismos del arte y la representación, especialmente cuando se mezcla y se ve influida -en el peor de los casos, incluso cercenada-  por los sucesos históricos. Por último, su uso caracterísico de la divagación y la libre asociación para retratar un tiempo y una sociedad, no desde el punto de vista de los poderosos, sino del de las personas anónimas, los siempre olvidados, pero sin los que esa historia de las grandes personalidades se desmoronaría al instante.

Si examinamos cada elemento por separado, Chats Perchés se centra en un periodo crucial de la historia apenas iniciada del siglo XXI, ese que media entre los atentados del 11/9 contra las torres gemelas de Nueva York y el primer desenlace de la malhadada invasión de Irak, que ya sabemos todos como ha terminado. La película se estructuraría así en una narración de como los mecanismos del poder utilizan un hecho de especial repercusión sentimental, para servir sus propios fines torticeros... para desembocar en el mayor de los ridículos, casi la hilaridad mundial, sino fuera por el inmenso coste humano que esa partida de ajedrez entre necios ha causado en la región.

Sin embargo, esa secuencia de acontecimientos mundiales no pasa de ser un mero telón de fondo sobre el que se desarrolla la evolución local de la política francesa, plena de contradicciones y sorpresas, desde la irrupción de Le Pen y el apoyo contra natura de la izquierda a la derecha tradicional para evitar la posible victoria del Frente Nacional, a la aparición de movimientos como el islamismo que utilizan el lenguaje y los métodos de la izquierda jacobina para promover ideas  irreconciliables con el espíritu de la Revolución Francesa.

Esto, a su vez, es un segundo telón de fondo, porque lo que le atrae a Marker de ese tiempo es que, por primera vez desde mayo del 68  y la conflictiva coda de los años 70, se produce una movilización de la sociedad francesa para promover y defender posiciones políticas, por muy risibles o equivocadas que estas puedan parecer desde una postura de izquierda clásica. Un inesperado proceso de (re)toma de compromiso cuya importancia radica en que se realiza desde fuera de los partidos políticos tradicionales, adoptando, por eso mismo, un claro tono anarquista, ante el cual la satisfacción de Marker es claramente perceptible. El símbolo de ese nuevo mundo no es otro que los Chats Perchés que dan nombre a la película, graffitis de un gato sonriente que repentinamente empiezan a aparecer en los lugares más inverosímiles de un Paris de nuevo convertido en mágico.

La película es por tanto la persecución de las huellas que va dejando ese gato anónimo por la ciudad de Paris, pero también el modo en que su figura adquiere la categoría de símbolo y se une a las diferentes manifestaciones políticas de ese periodo agitado de la historia europea. Presencia que se ve amplificada, universalizada, por ese invento entonces completamente nuevo llamado Internet, que le permite irrumpir y contaminar los más variados ámbitos, incluso crear de la nada una nueva versión de la historia en la que él siempre estuvo presente como personaje central. El Chat Perché adquiere así un carácter ambivalente y paradójico, por un lado signo de los nuevos tiempos, de la resurreción de un anarquismo en el que las energías sociales se manifiestan de forma espontánea desde abajo, sin ser canalizadas e instrumentalizadas desde arriba; pero al mismo tiempo y de forma opuesta, un ejemplo perfecto de la fragilidad de la memoria y la historia, especialmente en un tiempo donde todo ya era digital y virtual, aunque no nos hubiéramos dado cuenta aún.

Todo eso es Chats Perchés, pero también el diario de un paseante, de uno más de esos flaneurs tan propios de la cultura francesa, que recorre su ciudad atento al detalle pasajero e intranscendente, pero característico. Conservando con sus anotaciones todas esas presencias e incidentes que no serán recogidos por la gran historia, ni analizados por los eruditos, pero que en realidad constituyen la armazón, los cimientos, sobre los que se construyen tantos castillos de naipes, tantos palacios de cristal, que nos quieren hacer pasar por eternos y esenciales. Y por último, pero no menos importante, crónica de una esperanza, de la constatación de que este mundo moderno no es un teatro donde los poderosos representan una función que sólo a ellos interesa, ante un público sumiso o atemorizado del que sólo esperan su aplauso, sino plaza pública, ágora y foro, en la que tienen cabida todas las manifestaciones, sin que ninguna sea más importante que otra, más necesaria que la contigua, por muy equivocadas o desafortunadas que éstas sean, porque su presencia, su frondosidad es signo de la vitalidad y energía de la sociedad que las acoge.

Optimismo propio y característico de Marker, para quien todo instante histórico es nuevo punto de partida, renovación y resurrección, a pesar de los desengaños y los fracasos, a pesar de la ironía y el desapego con que él mismo lo contempla. Postura vital que por eso convierte su obra en más valiosa que la de otros de sus egregios contemporáneos, eternos repetidores de consignas que sólo saben mirar hacia un pasado ideal existente sólo en sus mentes.