lunes, 5 de enero de 2015

Sin Rumbo






























Como sabrán, llevo varias semanas de revisión de las obras del periodo mudo de Frank Borzage. En ese tiempo, les he comentado ya como esa época de su filmografía se caracteriza por un desaforado romanticismo, que empuja sus películas hasta el borde de la catástrofe estética. De esa quiebra de la verosimilitud y la consiguiente caída en el ridículo sólo las salva un concienzudo trabajo de ambientación y de construcción de los personajes sobre una sólida armazón realista, base que permite que nos creamos luego los triples saltos mortales sin red con los que culmina su obra. Por otra parte y como refuerzo necesario a esa labor preparatoria, las obras de Borzage se caracterízan por un reducción extrema del reparto, casi una destilación, que culmina con los dos enamorados aislados,  del mundo, protegidos de sus peligros, durante la mayor parte del metraje, ya sea voluntaria o involuntariamente.

Street Angel (1928) presenta dos factores extra que no se pueden dejar de lado en un análisis completo de Borzage en particular o del cine mudo en general. El primero de ellos es el uso que de los decorados, mejor dicho del decorado, puesto que era único, se hacía en aquellos tiempos, casi como si fuera un personaje más. La libertad que la cámara adquirió durante ese periodo permitía explorar sin limitaciones el espacio en el que se movían los actores, transformándolo en un auténtico lugar habitado, un espacio vivo y real. Entiéndase bien, esa libertad no implicaba pirotécnia, aunque sí que eran comunes las acrobacias, incluso en autores tan comedidos y contenidos como Dreyer, sino la intención  de familiarizar al espectador con hasta los más mínimos rincones del espacio en los que se desarrollaba la acción. De esa manera, se podía predecir qué era lo que se podía ver desde cualquier punto de ese espacio, quién era normal que apareciera por allí y de quién sería sorprendente que recorriera ese espacio. El resultado era dotar de una especial elegancia y naturalidad a los sucesivos movimientos y saltos de cámara, que perdían todo tipo de arbitrariedad, capricho o lucimiento.

El espectador, por tanto, realmente vivía en el mismo espacio que los personajes y podía imaginarse recorriendo esos mismos lugares ficticios que tan bien llegaba a conocer. El realismo quedaba así reforzado y subrayado, mejor dicho introducido de forma natural y lógica, lo cual nos lleva al siguiente punto característico de Borzage: sus personajes viven siempre en los límites de la sociedad, casi al margen de ella, cuando no completamente. Es esta marginalidad, precisamente, el rasgo característico de Street Angel frente a las obras reseñadas anteriormente, ya que lo que en ella se narra, y se hace creíble mediante el realismo, es precisamente la larga caida en la mendicidad y la criminalidad de los dos protagonistas, interrumpida solamente por breves remansos de paz y estabilidad que pronto se revelan efímeros y traicioneros.

En ese sentido, Street Angel es una de las obras más pesimistas y duras de este director. La vida se muestra como una sucesión de obstáculos insuperables que poco a poco erosionan y desmoronan toda personalidad, incluso la más fuerte; descubriendo así una sociedad inhumana donde el poder y la represión se ejercen siempre sobre los más débiles, aquéllos que han caído y ya no pueden levantarse. La mirada de Borzage, no obstante, es de clara simpatía, mostrando bien a las claras lo injustos y crueles que somos al juzgar sin misericordia a todos aquellos que no se ajustan a nuestros altos ideales morales, sin darnos cuenta de los falsos, vacíos y destructivos que son esos mismos ideales, de lo fácil que sería la vida sin renunciásemos a ellos, si realmente contemplásemos las cosas tal y como son, y no tal y como queremos imaginarlas.

Con esos antecedentes y de forma completamente lógica, la película no acaba en el milagro que sería de esperar, aunque no pierde por ello nada de la exasperación y el desaforamiento de Borzage. O mejor dicho, si se produce un milagro, pequeño, mínimo, que evita que la conclusión sea más desoladora que lo podía haber sido. Porque unos minutos antes del final, ambos personajes habían devenido vagabundos, seres al margen de la sociedad, sin amigos, y por supuesto sin amantes. Lobos solitarios, chacales, que a punto estuvieron de despedazarse el uno al otro, y que sólo ese milagro final evitó que se consumara el crimen. Amantes finalmente reunidos, pero ante los cuales se extiende un futuro incierto, tenebroso, de soledad y penalidades, cuya salida quizás no sea otra que la muerte, sólo que esta vez en común y compartida.