viernes, 9 de enero de 2015

El Laberinto, las ilusiones y el desengaño

































Resulta extraño escribir esta entrada tras los sucesos de Charlie Hebdo, ya que Le tombeau d'Alexandre (La tumba de Alejandro o El último bolchevique), documental de Chris Marker  de 1993 que volví a ver este fin de semana, precisamente tiene como tema central la libertad de expresión y su fragilidad ante cualquier tipo de totalitarismos/intolerancias/integrismos. Porque ya se sabe, para los auténticos creyentes, los puros, aquellos que han sido bendecidos por la sabiduría divina o terrena, cualquier desviacionismo, cualquier disidencia, cualquier asomo de crítica o burla, son crímenes de lesa majestad que sólo pueden ser castigado de una sola manera: con la muerte de aquellos que se atrevan a poner en duda sus sagradas convicciones, intocables sólo y precisamente por ser sagradas.

Pero vamos allá.

Le Tombeau d'Alexandre es uno de mis documentales favoritos de Marker. Me impresionó tanto la primera vez que lo vi, hace ya casi una década, que inmediatamente escribí un largo artículo para la revista de análisis cinematográfico por Internet, Tren de Sombras. Esa revista hace ya mucho que desapareció, y sus contenidos con ella, pero el artículo original aún puede leerse en este mismo blog, en este enlace. Pertenece a la época en que aún podía considerarme un escritor, así que no se lo pierdan. De hecho, podrían conformarse sólo con él e interrumpir aquí la lectura, porque lo que sigue no será otra cosa que volver a utilizar ideas ya mejor expresadas y enlazadas.

Pero vamos allá. De nuevo.

Como les apuntaba, el tema que aborda Le Tombeau d'Alexandre no es baladí, mucho menos dadas las circunstancias actuales. Bajo la apariencia engañosa de un documental normal, con sus entrevistas y su imágenes de archivo, que sigue la vida del cineasta soviético Alexander Medvedkin, Marker desarrolla una profunda meditación estético-política que abarca tres ámbitos principales. El primero, la incómoda relación del arte con el poder político, expresado por esos límites invisibles que no pueden cruzarse sin causar una reacción represiva. El segundo, el modo en que los mejores y más nobles ideales, como los del comunismo de raigambre marxista, pueden corromperse sin remedio hasta devenir una máquina de matar, cuya única y sola justificación es precisamente el seguir matando. El tercero y no menos importante, la sombra que esos hechos, esas crueldades, estas traiciones y humillaciones proyectan sobre nuestro presente, sobre nuestra manera de entender los ideales, el compromiso político, y la expresión de los mismos mediante el arte.

Porque lo que Marker va desgranando es mucho más que una suerte de historia de la revolución soviética en tiempos de Stalin entreverada con la disolución final de ese sistema en tiempos de la Perestroika de Gorbachov. Se trata en realidad de la narración de las amistades peligrosas entre una series de artista comprometidos con una idea y el régimen que les permitió desarrollar su actividad artística. Relación que en muchos casos acabo en tragedia, es decir en prisión y en ejecución, y en otros en humillante silencio y extinción, en desaparición de la voz antaño personal y original, transformada en altavoz, fonógrafo, que sólo podía repetir consignas y adulaciones.

Ser artista, ser auténtico artista, significa, mejor dicho exige, que no se pueda mentir, que se deba decir lo que se necesita decir, sin que exista posibilidad de componendas, miramientos o transacciones. Más aún, en el caso de unos creadores como Eisentein, Vertov o Medvedkin, que creían en la transformación revolucionaria de la sociedad, el hecho de atestiguar, de señalar lo erróneo o fallido en la utopía en construcción era un deber irrenunciable. Sin embargo, para el régimen que apoyaban la sinceridad de sus seguidores era una debilidad inaceptable. Frente al público interno o interno, no debía existir otra imagen que la de la profecía ya cumplidad, la de un sistema que encarnaba en sí la perfección, de la cual sólo podían alejarle la conspiración de los enemigos externos y externos.

La labor del artista, tal y como la concebía el realismo socialista, no era otra que mentir. Mentira que tenía que ajustarse a unos patrones estrictos, para evitar cualquier sombra de duda, cualquier atisbo de disidencia. Con esas restricciones, cabe imaginar, como muy bien demuestra el documental, la tortura interna que debieron sufrir estos artistas. No es ya que se les forzase a la mentira, transformándoles de constructores activos de la utopia en meros cortesanos aduladores, es que cualquier indicio de creatividad, de libertad, de frescura y naturalidad que dejasen filtrarse en su obras podía ser interpretado como un ataque directo a los fundamentos del sistema, con las consecuencias que se pueden imaginar.

No es de extrañar, por tanto, que la obra de los cineastas soviéticos sea una larga lista de proyectos prohibidos tras su estreno, interrumpidos a mitad de su rodaje, o bien nunca autorizados. Una espiral descendente que sólo podría concluir con la eliminación del artista o con la claudicación final del mismo, aceptando producir únicamente cáscaras vacías, mentiras convenientes, que nada pretendiesen, que a nadie ofendiesen. El artista como animal doméstico, como artesano de objetos decorativos, siempre al servicio del poder y el dinero, siempre sumiso y dispuesto, como criado del que se puede exigir todo sin que profiera una sola queja.

Sueño no sólo de totalitarismos pasados y felizmente enterrados, sino también de integrismos y fanatismos más recientes. No sólo de ellos, sino de cualquier poderoso, aunque sólo lo sea de su casa y de su jardín, quien se sentirá aún más elevado, alzado y ensalzado, hasta rozar los cielos y amenazarlos, si alguien canta sus hazañas, aunque están consistan en engañar, robar y medrar.