martes, 5 de agosto de 2014

On a Highway to Insanity

La dame que je suivait développant sa taille élancée dans un mouvement qui faisait miroiter les plis de sa robe en taffetas changeant, entoura gracieusement de son bras nu une longue tige de rose trémière, puis elle se mit à grandir sous un clair rayon de lumière, de telle sorte que peu à peu le jardin prenait sa forme, et les parterres et les arbres devenaient les rosaces et les festons de ses vêtements, tandis que sa figure es ses bas imprimaient leur contours aux nuages pourprés du ciel. je la perdait ainsi de vue à mesure qu'elle se transfigurait, car elle semblait s'évanouir dans sa propre grandeur: "Oh! Ne fuis pas! m'écriai-je... car la nature meurt avec toi!
Disant ces mots, je marchais péniblement à travers les ronces, comme pour saisir l'ombre agrandie qui m'échappait, mais je me heurtait à un pain de mur dégradé, au pied duquel gisait un buste de femme. En le relevant, j'eus le persuasion que c'était le sien... Je reconnus de traits chéris, et portant les yeux autour de moi, je vis que le jardin avait pris l'aspect d'un cimetière. Des voix disaient: "Le univers est dans la nuit".

Gérard de Nerval, Aurelia.

 La dama a la que seguía, desplegando su talle en un movimiento ágil que parecía reflejar los pliegues cambiantes de su vestido de tafetán, rodeó con su brazo desnudo un largo tallo de malvarosa, y a continuación comenzó a crecer bajo un claro rayo de luz, de manera que poco a poco el jardín tomaba su forma, y los setos y los árboles se convertían en los rosetones y los festones de sus vestidos, mientras que su rostro y su orla imprimían sus contornos a las nubes purpuras del cielo. La perdía de vista a medida que se transfiguraba, porque parecía desvanecerse en su propia grandeza. "Oh, no huyas" gritaba "porque la naturaleza muerte contigo".
Pronunciando esas palabras, andaba penosamente entre las zarzas, como si quisiera agarrar la sombra enorme que se me escapaba, pero acabé topándome con un muro en ruinas, a cuyos pies yacía un busto de mujer. Cuando lo levante, tuve la convicción de que era el suyo. Reconocí unos rasgos queridos y, mirando a mi alrededor, vi que el jardín se había convertido en un cementerio. Unas voces decían "El universo está sumido en la noche".

Les comentaba en otras entradas de mi afinidad por los escritores peripatéticos, aquellos que consideran, como yo, que pasear, y meditar paseando, constituye una parte irrenunciable de su vida y de su arte. Les señalaba también de mi atracción/repulsión por los escritores cuya obra y vida, es combate constante por no ser arrojados a las tinieblas de la depresión y la locura, en las cuales habrán de apagarse inevitable e irremediablemente cualquier luz que pudiera iluminar y dirigir su existencia; preferencia que, en este caso, se debe a mi miedo por seguir ese mismo destino.

Gérard de Nerval pertenece a ambas categorías. Su obra es la narración de un continuo vagar, que no sólo se traduce en la descripción minuciosa de esos vagabundeos, sino que su escriturar adopta ella misma la forma de un camino trazado por el azar, en la que la única hilazón entre ideas y párrafos es la de la divagación, la de una larga cadena de alusiones y similitudes, sólo a medias visibles, en gran parte ocultas, para siempre, en la cabeza del escritor. Por otra parte, la obra de Nerval se caracteriza por un continuo baile entre lo visto y lo imaginado, entre lo real y lo recreado, entre la razón y el sueño, en el que no sólo el lector acaba por perder la clave que le permita distinguir entre ambos mundos, sino que el propio escritor acaba viviendo en un mundo nuevo, mezcla de ambos ámbitos y que termina por abolirlos por completo, a modo de laberinto eterno e interminable, sin salida que encontrar o buscar, puesto que fuera de él ya no existe nada más.

En ese sentido, Nerval es uno de los máximos exponentes del romanticismo, aunque la reivindicación de su fama hubiera de esperar largo decenios, hasta principios del siglo XX y el encuentro con otros espíritus afines, como Marcel Proust. Un romanticismo vivo y fértil, cruzado por corrientes contradictorias, semejante a un volcán que hierve y amenaza con una erupción devastadora, pero que al mismo tiempo nos fascina y atrae hasta llevarnos a poner en riesgo nuestra propia vida, por lo que poco tiene que ver con la idea comercial del romanticismo, ni con los productos decimonónicos patrios, hace ya mucho olvidados, desterrados a párrafos de la historia de la literatura que sólo se estudian, pero no se sienten ni mucho menos se viven.

Lo cierto es que nuestro romanticismo no paso de ser una moda, un estilo importado que hizo furor en las décadas de los años 30 y 40 del siglo XIX, y cuyos productos artísticos, excepto excepciones, no pasaron de ser copia de modelos estereotipados o adopción de poses de éxito. Por el contrario, el romanticismo europeo, el inglés, el francés y el alemán, es un movimiento largo y complejo, que abarca desde las últimas décadas del siglo XVIII, en directa competencia y combate con el neoclasicismo que se afianza en esas mismas fechas,  hasta el último tercio del XIX, cuanto contamina muchas de las obras del realismo literario y pictórico y acabar trasmutándose primero en simbolismo, luego en surrealismo, ya en el siglo XX.

La diferencia, por tanto, estriba en que el romanticismo en esos otros países, fue una creación viva de artistas que en muchos casos no sabían que ya eran románticos, como es el caso de William Blake, pero que encontraban que no había otro modo valido, sincero, de reflejar su vida interior y exterior, los conflictos y corrientes que la agitaban y turbaban. Tal es el caso de Nerval, de cuya obra la Aurelia citada al principio de esta entrada puede ser el mejor ejemplo, si sólo porque constituye la plasmación, la memoria, de su viaje personal al su infierno particular, representado en este caso por su descenso hacia la locura, hacía la perdida de cualquier atisbo de racionalidad.

Las circunstancias en las que se escribe Aurelia, son especialmente trágicas para Nerval. Tras un primer ataque de locura a principios de la década de los 40, éstos se intensifican a mediados de los cincuenta, llevando a que sea internado en varias ocasiones. No obstante, a pesar de los cuidados recibidos y de la suerte de haber sido atendido por los proponentes de una psiquiatría más moderna y humana para lo que se llevaba entonces, la  sucesivas recuperaciones y convaleciencias de Nerval no fueron más que preludios de sucesivas y peores recaídas, que culminaron con Nerval errando casi sin recursos por Paris y su suicidio a principios de 1855.

Esta cadena de acontecimientos provocó que de las dos partes de Aurelia, sólo la primera fuera publicada tras la revisión y la aprobación del escritor, mientras que la segunda quedo reducida a una serie de fragmentos yuxtapuestos y (aparentemente) mal trabados, sin que se sepa si ese estado se debe a la voluntad del escritor, a la interrupción provocada por su muerte o la intervención de la tijera de los editores póstumos. Sin embargo, a pesar de su estado incompleto/inconcluso, Aurelia es, como ya he indicado, la obra máxima de Nerval y una de las claves del movimiento romántico, debido a que la narración que hace Nerval de la paulatina infiltración de la locura en su ser no es memorialística, ni clínica, sino alucinatoria, cósmicas, revelación mística en un mundo como el suyo, post revolución, que había dejado de creer.

La anécdota biográfica que da lugar a Aurelia es casi banal, por su condición de corriente y habitual: el fracaso amoroso del escritor con una actriz, seguido la noticia posterior de su muerte. Sin embargo, partiendo de esta crisis vital, punto de partida del ciclo de recuperaciones y recaídas que desembocaría en el suicido del escritor, Nerval transforma a la Aurelia real, de cuya persona en la obra sólo queda el nombre, el recuerdo,la presencia espectral, en una suerte de diosa universal, mezcla entre Isis y la Virgen María, de cuya presencia, existencia y permanencia, dependen la salud y la conservación del mundo. El resto del escrito se convierte así en persecución constante de esa divinidad, o mejor dicho, de ascensión y acceso a ese otro mundo, situado fuera de nuestra esfera material, en el que ella habita y desde donde realmente gobierna y conduce el mundo.

Esta nuestra tierra se convierte así en una mera apariencia, idea al mismo tiempo platónica y gnóstica, cuya realidad es la de un reflejo, un fantasma, frente a esas otras esferas superiores en las cuales ha tenido  y tiene realmente lugar la auténtica historia del mundo, de la que nuestros afanes y esfuerzos no son sino pálidos simulacros, y que Nerval apenas llega a vislumbrar, perdido, casi ahogado, en el torbellino al que le arroja su locura. Ahí precisamente reside el drama de Aurelia, en saberse existencialmente sólo en un mundo del cual la presencia de la divinidad se ha apartado y ocultado, en parte expulsada por el racionalismo de los tiempos modernos, unida a la falsa piedad de los defensores de tradiciones ya muerte. Una prisión de la cual la única escapatoria es precisamente devenir un enajenado, cesar de ver y pensar como el resto de los humanos, para poder así apreciar y experimentar esa otra realidad, la única auténtica, la única que merece ser vivida.

Dilema sin solución, éste de Nerval, porque en ese camino de perfección mística, los límites entre los dos mundos, el terrenal y el ideal, el racional y el de la alucinación, se le tornan borrosos e indefinibles, confusión sin posibilidad de solución, a menos que una de esas dos esferas termine con la otra,... y asímismo con el propio Nerval, que no puede vivir, seguir sintiendo y creando, sino es siendo ciudadano de ambos, en el mismo lugar y al mismo tiempo