sábado, 16 de agosto de 2014

No References

Fashion Plate, Richard Hamilton
Les he comentado ya mis muchos reparos a la exposición Mitos del Pop del Museo Thyssen. Tendría muchos menos si no fuera porque algo más al sur, en el MNCARS, se puede visitar una muestra monográfica dedicad a Richard Hamilton, que consituye su opuesto metodológico y que la derrota en todos los campos. De forma incomprensible, los organizadores de ambas instituciones han querido hermanarlas, una estrategia que, en mi opinión, no hace más que resaltar los defectos de una al comprobar las virtudes de la otra.

Debo decirles también que a pesar de las habituales dosis de ironía que dirijo al MNCARS (Sofidú, museo de arte contemporáneo sin colección de arte contemporáneo), esta exposición no es ninguna excepción en su trayectoria. Desde la apertura de su sede de Atocha, tras la mudanza del MEAC, este museo se ha caracterizado por organizar exposiciones de altísimo nivel, que pueden llegar a abrumar al visitante por su carácter enciclopédico. Es más, desde hace varios años, el MNCARS parece embarcado en una más que necesaria labor pedagógica: la de dar a conocer los muchos paisajes, remansos y vericuetos del arte post-1945, enfrentado así a unas vangüardias históricas convertidas en clásicos modernos/destino obligado de turistas.



La manera en que esta labor se aborda, asímismo, no deja de ser original, apartada de las habituales presentaciones cartesianas, cronológicas o taxonómicas. Se trata más bien de elegir un momento o un tema, y apurarlo hasta sus últimas consecuencias, mostrando las muchas vías que surgieron de ese punto de partida o las muchas manifestaciones que podrían acogerse (o no) bajo esa etiqueta. Sin que eso suponga, como es el caso de la exposición de la Thyssen sobre el Pop, un afán uniformizador o reglamentador, en el que se fuerce a las soluciones excéntricas a conformarse a un ideal, ni se les prive de la mordiente que tuvieron en origen.

Lobby, Richard Hamilton
La exposición de Hamilton en el MNCARS, al ser una monografía,  remitiría no obstante a maneras del pasado, en las que se aislaba a un artista mayor de su contexto, olvidando a los creadores menores que compartieron su tiempo, al mismo tiempo que se le disociaba de ese mismo contexto histórico del que se nutrió y creció. Lo que evita ese peligro es por una parte las características enciclopédicas de la muestra, auténtica reconstrucción pormenorizada de la carrera del artista, a la que se unen las características protéicas de su producción, siempre en continua evolución/contradicción con sus logros anteriores.

Para otros artistas, una retrospectiva exhaustiva habría asumido caracteres deletereos. Un escultor/pintor al que admiro profundamente, como Giacometti, sólo puede tomarse en pequeñas dosis, o añadiéndole una variedad que es extraña a su carácter. Otro artista al que le tengo cierta inquina, como Warhol, evolucionó rápidamente hacia la cristalización de su producción en unas imágenes tipo- la lata de Campbell, la imagen de Marylin o Mao- que convierten a una exposición suya en una auténtica pesadilla para los organizadores, al ser siempre más de lo mismo. Hamilton, por el contrario, es un artista en continua re-creación, de manera cada una de las fases en que se divide la exposición habría dado para una minimuestra, válida y completa por sí sola, de tan coherente y plena que es la producción de este artista en cada una de sus etapas.

Más aún, al visitar la exposición, en mi papel de aficionado avanzado, me he llevado la sorpresa de que un buen número de obras-icono de la segunda mitad del siglo XX, de esas que siempre aparecen en los múltiples intentos por historiar ese periodo. en realidad habían sido creadas por él. Mi confusión se debía, ni más ni menos, a que entre esos productos aislados no había trazas de un estilo que los uniera, delatando así a la misma mano/la misma mente. Para mí, por tanto, me parecían productos de artistas distintos, y como tales los había archivado.

Interior, Richard Hamilton

Hamilton por tanto, se revela como un espíritu en continua búsqueda y lucha, sin que se le pueda reducir a una obra icónica, aislada, perdida en el pasado, devenida inofensiva - como sería el caso del collage, What is it that makes today's homes so different, so appealing -, lo cual sólo indicaría un artista que tuvo una única idea feliz, un único golpe de ingenio, y luego se desvaneció sin dejar rastro. Hamilton por el contrario, ya antes de ese hito, y durante toda su carrera, se muestra como una personalidad que medita de forma irónica sobre la sociedad moderna y sus modos de representación, al mismo tiempo rechazándola y aceptándola.

Obras como Fashion Plates, vienen a mostrar la falsedad de nuestros conceptos de belleza humana, que en el fondo no son sino un constructo de elementos dispares, en muchos casos irreconciliables y a los cuales somos nosotros los que debemos amoldarnos. La serie de interiores, remacha esta conclusión, ya que deja a la vista como nuestra visión sobre nuestras acciones y espacios cotidianos está condicionada por las imágenes con las que la publicidad y los medios de comunicación de masas nos bombardean, de forma que la misma realidad que habitamos acaba por tomar configuración de anuncio o de película.

Esa misma publicidad constituye el centro de series como Sunrise/Sunset o las múltiples variaciones de Landscape, en las que nuestra definición de lo sublime, del gran arte, único, válido y digno, queda subvertido por el uso que de él hace la publicidad, al utilizarlo para subrayar objetos que, como una mierda o el papel higiénico, no lo merecen, o al menos deberían merecer ese tratamiento. Finalmente, pinturas como Lobby o sus múltiples versiones de cuadro dentro del cuadro, señalan como el espacio arquitectónico racional renacentista, reflejado en la perspectiva cónica de la pintura ilusionista alumbrada por ese tiempo histórico, se torna banal y huero cuando su tema es un lugar anodino, de paso, como es la recepción de un hotel moderno, donde nadie quisiera habitar por mucho tiempo,

Amanecer, Richrad Hamilton