miércoles, 27 de agosto de 2014

From the Vault (XX): Yokohama Kaidashi Kikou (1998/2002)

Siguiendo con este rescate de mis escritos en el agonizante foro de cine cinexilio, unido a la revisión de mis entradas sobre anime en este blog que voy reuniendo en página aparte, le ha llegado el turno a Yokohama Kaidashi Kikou, última de las entradas que escribí en esa ocasión.

Si esta serie (OVAs más bien) figura aquí es simplemente como recuerdo del excepcional manga del mismo nombre, escrito y dibujado por Ashinano Hitoshi. En su tiempo, hace ya casi diez años, llegué a estar obsesionado por esa obra, que se me aparecía como la materialización, por vía de otra persona, de muchas de mis convicciones, deseos y anhelos. Hace ya también mucho que no he vuelto a visitar el mundo en viñetas que allí se describía, y cuanto más tiempo pasa, mayor el es miedo a una decepción, doble, al descubir que la sensibilidad que uno poseía y disfrutaba en el pasado se ha embotado finalmente, que lo que provocó tal enamoramiento en realidad no merecía tanto esfuerzo o desvelo.

En fin, aquí les dejo lo que escribí en esa ocasión. El manga nunca llegó a publicarse en occidente y sus huellas son cada vez más tenues en la Internte. Los OVAs me temo que ahora parecerían primitivos y torpes, al datar de la época de transición al ordenador. Respecto a mí, ya no soy capaz de escribir con esa entrega y esa pasión. Disfruten por tanto del texto, aunque poca relación tenga con la realidad del anime y el manga al que se refieren, que la semana que viene volveremos a nuestra programación habitual.


Yokohama Kaidashi Kikou/Diario de un viaje de compras a Yokohama (1998/2002)


No es ésta una obra perfecta. De hecho más bien es un producto fallido.

El manga que adapta es uno de los cómics más longevos que se editan en el Japón, de gran fama y amplio respeto, pero completamente desconocido fuera de allí. Mientras que obras como Akira o Ghost in the Shell tienen una legión de adeptos, YKK,  en la abreviatura utilizada por sus fans, apenas es apreciado por unos cuantos conaisseurs, quizás porque, al contrario que las obras citadas, no se adapta a nuestros conceptos de lo que debe ser el cómic comercial, tanto en la versión occidental, superhéroes, violencia y sexo, como en nuestra idea de lo que es el manga japonés, más violencia, más sexo,  robots en vez de superhéroes.

No hay que exagerar tampoco. Este manga es una excepción y como tal, como excepcional, ha sido reconocido por los que han tenido el valor de adentrarse en sus paginas. Su tema principal es el paso del tiempo, su único tema en realidad, tratado de una forma original y conmovedora.

El mundo que describe es un lugar donde los casquetes polares se han fundido y el nivel de los mares ha ascendido decenas de metros. Un mundo que muere, pero que lo hace lentamente, sin una queja, sin espasmos, consumiéndose como las brasas de una hoguera. Las carreteras se llenan de grietas y baches, las casas se estropean y se derrumban, las personas envejecen y mueren.

En esta situación vive Alfa, un robot a cargo de un café sin clientes, encargada de abrirlo todos los días, de limpiarlo, de preparar el café, de comprar lo que necesita. Ella es el único elemento que no envejece, el único ser que permanece igual, que sabe y conoce de la decadencia, que observa el mundo a medida que se extingue.

No hay tragedia sin embargo. Aunque el mundo se dirige hacia su desaparición, es raro que se nos señale esto claramente. La mayor parte del tiempo, la mirada de Alfa se distrae en los cambios del paisaje, de la luz a lo largo del da, de las estaciones, de los años, descritos con un detalle casi obsesivo.

Serenidad y belleza. Tranquilidad. Paz. Como si ésta sólo pudiera alcanzarse en los momentos previos a la desaparición. Reposo y sosiego, sólo roto cuando el manga nos muestra las mismas situaciones repetidas en distintos instantes de tiempo, para darnos cuenta entonces de qué y quién nos falta. De lo irremediable de su ausencia. De la imposibilidad de dar marcha atrás a las agujas del tiempo.

Momentos desgarradores porque transcurren sin aspavientos, sin desesperación, en el mismo sosiego y tranquilidad de unos momentos antes. En la eternidad e indiferencia de ese mundo demasiado hermoso en el que hemos sido desterrados.

El anime que nos ocupa, por sus exiguas dimensiones, apenas dos horas repartidas en cuatro episodios, fracasa completamente en describir el paso del tiempo. Sin embargo, consigue ilustrar a la perfección la atmósfera de inmutabilidad aparente del mundo de alfa, describiéndolo con absoluta precisión.
Porque éste es un anime que no tiene ni trama ni historia. Un anime que se limita a describir, a representar las pequeñas actividades de cada día, un anime dedicado a los pequeños milagros cotidianos. Un anime que slóo puede interesar a personalidades contemplativas y melancólicas.

As veremos a Alfa, tomar la cámara de fotos que acaban de regalarle, y marchar con su scooter a fotografíar su mundo. Sin apenas música incidental, sin apenas palabras, la vemos recorrer las carreteras, deteniéndose aquí y allá, prendada de un paisaje, tan enamorada de lo que ve, que se le olvida sacar foto alguna, para culminar en cinco minutos de reloj dedicados a describir un atardecer en el mar, desde que el sol se pone hasta que las cielos se ennegrecen.

Un instante atemporal, eterno, que en cine, puede resultar durísimo, inaguantable, pero que en el mundo real, nos produce la misma sensación que a Alfa: fascinación, estar atrapados por ese despliegue de belleza del que somos espectadores, testigos para los que esta representación no fue pensada y que asisten a ella por mera casualidad.

Éste es sólo un ejemplo de lo que es la serie, pero no es una muestra aislada. El segundo episodio se destina casi por entero a describir el trabajo cotidiano de Alfa. El momento en que se despierta, cuando se viste con las ropas de trabajo, como tuesta los granos de café (y no poda dejar de pensar en ese instante en una sartén y en unos huevos fritos), en como disfruta más tarde de el café que ha preparado. Todo en el más absoluto silencio, para, de repente, verse asaltada por un recuerdo, una imagen que no se nos muestra, pero que la fuerza a marchar a otro punto de la bahía, para presenciar, en soledad, otra puesta de sol, que esta vez se extiende hasta la noche, hasta la obscuridad cegadora (y de nuevo me daba por pensar en una luna que riela en el mar).

Sin embargo, si originales y extraños eran los OVAs de 1998, los de 2002 eran incluso mejores, puesto que sin perder nada del estatismo y contemplaciçon de la primera entrega, se mostraban más dinámicos y variados, si ese que los opuestos que acabo de nombrar fueran conciliables. En esta segunda entrega, Alfa parte de viaje a conocer el mundo que la rodea, pero por supuesto este viaje no es lo que podríamos esperar de una película normal, aunque si de un viaje cualquiera, el que solemos emprender todos en algún momento.

No hay objetivo ni destino. Alfa parte en busca de nuevas vistas, de nuevas experiencias, a conocer el mundo en el que su café se encuentra. Sin prisas, sin apresurarse, vagando de un sitio a otro, aceptando trabajos temporales hasta reunir el dinero para viajar un poco más lejos, en busca de nuevos paisajes, nuevos lugares, sitios y gentes que la sorprendan, deteniéndose un poco más en aquellos lugares que la han gustado, profundizando, y nosotros con ella, en el conocimiento del inmenso mundo que la rodea.

Es entonces al final del cuarto capitulo, cuando se produce uno de esos momentos mágicos que sólo el cine puede regalarnos. Una de las personas que conocía a Alfa y a su café, una de las que la despidieron en su viaje, contempla el monte Fuji y piensa en ella. Muy lejos de allí, al otro lado de la montaña, Alpha contempla también el monte y, en esa manera tan peculiar y tan propia de ella, pierde consciencia de lo que le rodea, entra en trance, y permanece largo tiempo mirándola, absorbida por la visión de la montaña.

Luego despierta, toma su cámara y revisa las fotos que ha tomado, los lugares que ha visitado, las gentes que ha conocido. Vemos como se forma una sonrisa en su rostro, como alza la mirada, lágrimas en los ojos, y pronuncia una sola palabra.

Kairo

Quiero volver.