viernes, 29 de agosto de 2014

Framing the Landscape/The Horror of Perfection

Le Courbusier, Ville Savoie. El paisaje bloqueado y enmarcado
Caso único en el panorama expositivo actual, el Caixaforum parece haberse especializado en exposiciones dedicadas a la arquitectura, que poco a poco van revisando la historia de ese arte, demoliendo al mismo tiempo muchos mitos y ideas preconcebidas. La última entrega, dedicada a Le Corbusier y que aún se puede visitar en la sede de esa exposición, tiene muchas papeletas para convertirse en una de las exposiciones del año, dado su caracter exhaustivo y enciclopédico, que da tanta importancia a los edificios construidos como a los que no salieron del tablero de dibujo. Sólo presenta dos defectos: ser de pago y no contar con un catálogo que sirva de referencia y ampliación de lo mostrado en la exposición.

Respecto a Le Corbusier, poco se puede decir de un nombre fundamental en la arquitectura del siglo XX. Sí les confesaré que es un artista al que siempre he admirado, pero frente a quien tengo bastantes aprensiones, que les contaré a continuación. Para evitar equívocos, les adelanto también la conclusión: a pesar de los muchos reparos que veo a su obra, el mundo que vivimos es un mundo Corbuseriano. Peor aún, un mundo donde se han aplicado todos sus defectos, creyéndolos genialidades, y ninguna de sus virtudes.



El principal problema que veo a Le Corbusier, como a muchos arquitectos del movimiento moderno o estilo internacional, es el carácter inhumano de su arquitectura, donde el ideal soñado tiende a aplastar al ser humano, o simplemente a quitarlo de enmedio como elemento que afea la belleza de la arquitectura perfecta. En el caso de este artista suizo, esta característica se expresa en uno de esas frases lapidarias a las que Le Corbusier era tan dado: El interior es el exterior, el exterior es el interior. Así, en la Ville Savoie, la única forma de ver el paisaje es estando dentro de la casa, mientras que si se sale a cualquiera de las terrazas, la vista se ve bloqueada por muros construidos exprofeso, que sólo permiten contemplar el exterior a través de huecos en forma de marcos.

La impresión final - o al menos la impresión que yo siento ante esa arquitectura - es la de estar en una cárcel o, si se quiere ser menos radical, la de estar confinado en un espacio autocontenido que no se puede abandonar ni siquiera con la imaginación. Esa característica del estilo de Le Corbusier se haría cada vez más explícita, y más radical en las Unités d'Habitacion de Marsella y Berlín, concebidas como ciudades en miniatura dentro de las que todas las necesidades de sus habitantes se verían satisfechas, pero que fracasaron completamente en ese propósito. Este concepto, de la casa/ciudad/castillo/cárcel, aislada y protegida del exterior, no quedaría arrumbado tras la muerte de Le Corbusier, sino que seguiría siendo practicado por arquitectos posteriores, que crearían auténticos pozos/fosos/agujeros, dónde sólo la luz y el sol son capaces de habitar.

Peor que estas concepciones de hogares, bien monofamiliares para ricos, multivivienda para fines sociales, son los planes de reforma urbana completa esbozados por este arquitecto. En ellos, Le Corbusier bien quiere eliminar por completo el tejido urbano de una ciudad, excepto algunos edificios singulares que se conservarían como recuerdo; bien mejorar el paisaje natural con construcciones colosales que se extenderían a lo largo de kilómetros. Al primer caso pertenecería el Plan Voisin de Paris o el de Barcelona, al segundo,  los de Argel o Río. El resultado en cualquier situación es crear un nuevo paisaje artificial que reemplazara al antiguo, que lo aplastara bajo su perfección y lo relegara al olvido, pues tras la intervención de Le Corbusier, lo único visible, lo único perenne sería lo que él habría concebido.

Me permitirán entonces que sienta un pequeño escalofrío.

Le Corbusier, Proyecto de urbanización para Río de Janeiro con sus autopistas/vivienda

Sin embargo, mi repulsa inicial debe verse obligatoriamente matizada. Por muy horrendos y repelentes que me parezcan estos planes de reforma urbana radical, lo cierto que es que toda ciudad se construye a base de destruir lo ya existente. En este proceso de renovación continua, las primeras víctimas son los barrios pobres y humildes, pero en general cualquier edificio al que no se encuentre una utilidad, por muy rica y pudiente que sea su área, será primero abandonado y luego derruido. El resultado es que al final sólo los edificios religiosos sobreviven, y eso sólo sí la religión a la que se habían dedicado sigue en viva.

Por otra parte, ciudades cuya forma nos parece intocable son a menudo el resultado de intervenciones tan radicales y megalómanas como las de los proyectos de Le Corbusier. El caso paradigmático es el del París actual, producto del plan de reforma urbana de Haussman durante el gobierno de Napoleon III, en el que los amplios y rectos bulevares de esa ciudad obedecian a necesidades militares: reprimir con rapidez y eficacia a los amagos revolucionarios de una población tan levantisca como la de París. El resultado fue que el París de los románticos, laberíntico y anárquico, fue prácticamente arrasado, borrando casi por completo la historia de la ciudad, excepto algunos edificios emblemáticos.

No es que la cosa haya mejorado, puesto que todo gobernante francés ha intentado dejar su impronta en una ciudad, como París, con ya muchas y evidentes cicatricas. Más cercano a nosotros, cierto alcalde madrileño reciente, devenido luego ministro autocrático, quiso que Madrid sólo fuera recordada por su estancia en el poder, con lo que aparte de embarcarse en todo tipo de obras faraónicas, a punto estuvo de desfigurar espacios emblemáticos de la ciudad, acciones que sólo la profunda depresión económica en la que aún vivimos consiguió evitar.

¿Aún más ejemplos? Cuando hace quince años viaje a Egipto, la costa del Sinaí, antiguo lugar virgen descrito en los documentales de Cousteau,. había devenido una cinta continua de Hoteles, mejorando el paisaje al estilo Le Corbusier. De nuevo, más cercano a nosotros, tenemos el ejemplo del horror arquitectónico que es Benidorm, a punto de naufragar por el peso de tanto rascacielos, y en general la costa entera del Mediterráneo, convertida casi en una urbanización continua, excepto donde el relieve y la geografía lo hacen imposible.

Si nos movemos a nuestros núcleos urbanos, la ciudad de la velocidad con la que soñaba Le Corbusier se ha hecho una triste realidad. Nuestras ciudades son prisioneras de nuestros cinturones de autopistas, cuyos nudos tienen la amplitud de pequeños barrios, mientras que barrios enteros han sido convertidos en recintos estancos de los que no es posible salir andando, a menos que se juegue uno la vida, como es el caso del de La Tablas madrileño.

En resumen, digamos lo que digamos de las concepciones arquitectónicas de Le Corbusier, lo cierto es que nuestro mundo ha devenido el que él imaginaba. Y como les adelantaba, el problema es que ha sido plasmado con todos sus defectos y ninguna de sus virtudes.

Enjoy The Future!

Le Corbusier, proyecto Para Barcelona