jueves, 14 de agosto de 2014

Ants & Machines














Los que sigan este blog, si los hay, sabrán de mi fascinación por la historia, en particular por la de la Segunda Guerra Mundial, conflicto al que llevo dedicadas ya varias entradas. Como para todo aficionado, el desembarco de Normandía ocupa un lugar especial en mis preferencias, al tratarse de un acontecimiénto único en el desarrollo de esa guerra, pero debo decirles que empiezo a estar un poco hastiado de él, mejor dicho, del modo en que se trata y se nos presenta.

El problema está en que cuando llega Junio, es inevitable que los medios generalistas, reducidos a copiar las tonterías de sus hermanos mayores anglosajones, dediquen páginas y páginas a ese acontecimiento. La operación Overlord se muestra así como el  único acontecimiento decisivo de la guerra, eclipsando otros frentes, otras batallas tan importantes o más que lla, mientras que su desarrollo se reduce a desembarcar en la playa y de allí marchar a toda velocidad hacia París, entre multitudes de franceses agradecidos. Incluso se ha llegado en los últimos años a reducir la campaña a lo que sucedió en la playa de Omaha, ejemplo del heroísmo estadounidense que, por sí solo, se la arregló para derrotar al nazismo, traer la democracia a Europa y contener el comunismo, todo ello sin despeinarse.

Sin embargo, la campaña de Normandía fue cualquier cosa menos sencilla o fácil. Si el desembarco se produjo a primeros de Junio, no fue hasta finales de Julio que los aliados consiguieron hacer brecha en la resistencia alemana y marchar hacia Paris. Un periodo de mes y medio de combates sin cuartel, demasiado parecidos a los de la primera guerra mundial, donde los avances de apenas unos kilómetros se ganaban con un número de bajas elevadísimo, nada de lo cual ha quedado en la versión del desembarco destinada al consumo masivo, ni mucho menos en las producciones cinematográficas dedicadas a este acontecimiento.

De lo anterior pueden imaginarse que las películas dedicadas al desembarco me resultan cada vez más insatisfactorias. Por poner algún ejemplo, una cinta mítica como The Longest Day acaba por ser la crónica de una excursión al campo en la que se encadenan anécdotas graciosas protagonizadas por los actores famosos del tiempo del rodaje. Otras producciones más recientes, como Band of Brothers o Saving Private Ryan, presumen de un naturalismo extremo en la plasmación visual de los combates, pero al final no son otra cosa que un relato de hazañas bélicas, cuya tesis evidente es que los cojones bien puestos, los de los hombres de verdad, al final sirven para salir de cualquier apuro, sea la playa de Omaha o Carentan.

Como comparación, piensen en una película que narrase el intento de la división Texas por vadear el río  Rápido en Italia, en el invierno de 1944. No esperen que se ruede, nunca se hará, simplemente porque la división fue aniquilada en esa operación sin haber conseguido ninguno de sus objetivos, lo que llevó a los supervivientes, acabada la guerra, a denunciar al general Mark Clark, comandante en jefe de las tropas americanas en Italia, por incompetencia criminal.

Volviendo al desembarco de Normandía. Entre todas las películas dedicadas a ese acontecimiento, realmente sólo hay una que realmente me guste y que supere la prueba del tiempo. Se trata de Overlord, ya comentada hace varios años en este blog, realizada por Stuart Cooper en 1975 y cuya mejor definición es la de ser un conjunto de excepciones, de desafíos, de contradicciones en imágenes al modo narrativo habitual del cine bélico en general y del desembarco de Normandía en particular.

En primer lugar se trata de una película que no busca una reconstrucción contemporánea de ese tiempo,  ni siquiera con la ayuda de unos CGI que no existían por aquel entonces, sino que sabe de las carencias de toda obra de ficción, de su deformación y manipulación del material de origen, y por tanto hace uso extensivo del material documental rodado durante en el conflicto, al que ninguna recreación puede substituir, ni igualar en inmediatez o veracidad. Ese material de archivo se mezcla y funde con las secciones de ficción, pero intentando que esas recreaciones adopten la patina y el modo de los fragmentos documentales, hasta un extremo que algunas escenas que parecen completamente actuales, por su precisón y claridad, son material de época, mientras que otras envejecidas han sido filmadas en el tiempo de la producción.

Podrían objetarme que muchas producciones recientes han optado por esa misma patina de antigüedad que les dé un marchamo de veracidad. Sin embargo, cada vez que me presentan ese argumento suelo responder que el color de los años 40 es brillante, cegador, mientras que el color de Band of Brothers o de Saving Private Ryan, es apagado y mortecino, demasiado cercano a los efectos de los CGI. Falso y engañoso, por tanto. Por otra parte,  en Overlord, ese intento de adaptar la película al tiempo que se ilustra, de dar la primacía al testimonio contemporáneo, frente a la re-imaginación contemporánea, se extiende también al contenido y al modo de tratarlo, tan distinto de las maneras modernas.

Tanto Band of Brothers como Saving Private Ryan, son películas comerciales, que buscan atraer al público, lo que implica que deben contener escenas de acción a intervalos regulares, vengan o no vengan a tiempo. Overlord es, por el contrario, la historia de una espera, la de largo periodo de tiempo que media entre la caída de Francia y el propio desembarco, en la que sólo los bombarderos, de uno y otro lado, cruzaban el canal para hostigar al enemigo. Ese tiempo vacío se ilustra mediante la peripecia del soldado protagonista, cuyo tiempo, cuya vida, se consume en un eterno vagar de campo de entrenamiento en campo de entrenamiento, de acuartelamiento en acuartelamiento, hasta convertirse en un auténtico extraño/extranjero en su país natal, al cual ya no reconoce, del cual ha sido apartado.

La película, por tanto, se erige como una meditación, al estilo de lo que fue la más reciente The Thin Red Line. Una reflexión sobre el destino del individuo en medio de un conflicto cuyas dimensiones, su magnitud, le superan completamente, se le vuelven incomprensibles, incontrolables, conviertiéndole en mera hormiga que no es consciente de la presencia del gigante que va a aplastarla, en corcho arrastrado por la furia del mar embravecido que amenaza con sumergirle y ahogarle.

Un viaje sin destino ni rumbo, trufado de presentimientos de la pronta muerte, de la que sabe, en justicia, que no podrá librarse, puesto que nada le distingue de tantos y tantos otros muertos anónimos. Peripecia vital que culminará en un final inesperado y abrupto, por ello mismo mucho más sincero y sentido. Porque el soldado protagonista nunca llegará a pisar la playa de Normandía, sino que morirá en la lancha que le transporta allí, alcanzado por una bala perdida.

Ejemplo perfecto del absurdo y la inutilidad de la guerra. Si nada que redima su horror.