miércoles, 20 de agosto de 2014

From the Vault (XIX): Koi Kaze

Siguiendo con este rescate de mis escritos en el agonizante foro de cine cinexilio, unido a la revisión de mis entradas sobre anime en este blog que voy reuniendo en página aparte, le ha llegado el turno a Koi Kaze

El articulo que sigue corresponde a un instante muy preciso de mi afición por el anime: cuando el acceso a la Internet me permitió acceder a muchas más series que las very few más famosa, lo cual provocó que mi amor por esa escuela de animación derivase en una pasión que no admitía pero ni reparos. Debo admitir que por esa época, del 2005 al 2010, casi cualquier cosa que fuera anime me parecía una obra maestra en potencia, lo cual evidentemente, no podía ser cierto de todas ellas.

El texto que sigue es, por tanto, sintomático de esa etapa vital mía, a la que ha sucedido un profundo cansancio y un natural desencanto. En lo que respecta a Koi Kaze, me temo que lo único que la hace distinta e importante, es la escabrosidad de su tema, ya que su animación no pasa de funcional, e incluso en esas características temáticas se filtran indicios de lo que sería luego el complejo moe/kawai, que tanto daño ha hecho al anime.

En fin, ahí queda, escrito está y ya no se puede cambiar.


Koi Kaze/El viento del Amor
13 episodios, 2004


Digmoslo desde un principio. Esta serie trata de un incesto,  un incesto entre hermanos cuyas edades respectivas son de 15 y 28 años, con lo que a la ruptura del tabú se une la sospecha de pederastia.

Obviamente, con esta reseña, un espectador occidental o simplemente un consumidor empedernido de Hentai, sabría a qué atenerse. Un producto para ver con los amigotes, algo propio para intercambiarse codazos u guiños, entre risitas, para luego comentar las mejores jugadas. Aquéllo que nadie ha visto, pero que ninguno se ha perdido.

Obviamente, estamos olvidando que lo importante no es el tema, sino el tratamiento. Cualquier tema incluso el más inocente puede ser convertido en un productor de escándalos con el que arrasar en las taquillas y, de manera inversa, cualquier tema, aún los más escabrosos pueden ser narrados con respeto, nobleza, delicadeza y sensibilidad.

Porque se trata de una cuestión de enfoque y de compromiso, de honestidad, de decidir quien nos importa más, si el público o nuestras criaturas.




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En la animación Occidental el concepto de realismo se reduce, se restringe, a la perfección técnica, encarnada en la animación 3D, el último capricho tecnológico con el que nos regalamos. Cuanto más pelos tenga el bicho cibernético de turno, mejor ser la película en cuestión. Sin embargo, apenas se dedica atención a la reconstrucción de los ambientes o a la inclusión de pequeños detalles cotidianos, casi invisibles, cuya acumulación es la que crea precisamente la ilusión de realidad, el espejismo de estar en lugar vivido.

Esto que parece tan extraño a nuestra tradición, tan difícil y complicado, se realiza de forma rutinaria en el anime, especialmente en aquellos que como éste, centran su atención el Japón de aquí y ahora. Se trata de obras que rozan el límite entre cine de animación y cine de personajes reales, en un movimiento inverso al  del cine de acción actual.

No se trata simplemente de una cuestión de reproducción fotográfica. Se podría señalar, admirar, que cada de uno de paisajes urbanos reflejados en esta serie existe en realidad. Que los vagones de metro, las estaciones de ferrocarril, las oficinas y sus mobiliarios, los bares y restaurantes, las calles de los barrios residenciales, los interiores de las casas, son lugares por donde podríamos pasear llegado el caso, entornos y espacios con los que podríamos toparnos al doblar una esquina, para sorprendernos y alegrarnos como si hubiéramos encontrado un viejo amigo.

Limitarse a esto sera cometer un grave error, el mismo que comete la animación occidental y su pasión 3D. La importancia de los decorados no es en tanto que decorados, sino en tanto que lugares en donde los personajes llevan su vida, influyendo sobre ella, modificándola. Su mundo es el de los trabajadores que toman el tren en la hora punta, que vuelven tarde a casa tras el trabajo, que toman unas copas apresuradas antes de volver al hogar. La experiencia de la ropa formal cuando se va a la oficina, el vestir cualquier cosa cuando no te ve nadie. Las actividades ineludibles, ir a comprar, lavar la ropa, cocinar.

Pero son también los ciclos naturales. Como muchas otras series, ésta no transcurre en un lugar fuera del tiempo, en un verano eterno a primeras horas de la mañana. A lo largo de los capítulos transitamos de la primavera al verano, de éste al otoño, al invierno y de nuevo a la primavera. Cada tiempo influyendo sobre los personajes, determinándolos, forzándoles a tomar un paraguas al salir de casa, a vestir abrigo y bufanda para no pasar frío, a despojarse de esa misma ropa para no pasar colar.

Y dentro de cada día amaneceres, mediodías, atardeceres, noches, cada una con su luz, la titubeante del alba y el ocaso, la fría y despiadada de las farolas, cada una con su ambiente, cada una con sus propias necesidades, puesto que no se habla con el mismo volumen cuando se está en la calle, que cuando se está a solas, en el hogar.

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Algo que es inherente al anime, al menos en este último decenio, su conversión en un cine de personajes, al estilo del clasicismo americano de lo años 30, 40 y 50. Incluso en las series más alocadas, en las historias ms action-driven que dicen los anglosajones, el centro de interés está en los personajes, en el modo en que los acontecimientos influyen sobre ellos, en la manera en que responden a los desafíos, todo esto inmerso en una red de relaciones que ata y determina a los individuos y que a su vez se ve transformada y distorsionada por las decisiones que tome cada uno.

Como ejemplo extremo, tenemos esta serie, dedicada casi exclusivamente al análisis de los sentimientos de sus criaturas, con un nivel de detalle casi obsesivo y enfermizo, con una delicadez y sensibilidad desacostumbradas. Otra serie, con un material tan peligroso y un enfoque no menos complicado, habría caído rápidamente en la ñoñería y la sensiblería. No es éste el caso, puesto que la sensibilidad no está, no debe estar, reñida con la observación precisa y realista de las conductas.

Pocas veces se ha representado, ni siquiera en el cine de personajes reales, las intermitencias y servidumbres de las relaciones amorosas. En el capítulo cuarto veremos a uno de los personajes llamar a su antigua amante tras largos meses de separación y a ésta aceptar la entrevista. Ambos saben la razón de la llamada, aunque no se lo confiesen, y les vemos compartir unas cervezas, hablando de cualquier otra cosa, sin abordar el tema, con uno aguardando el momento preciso, con el otro esperando la pregunta, para llegado el instante, adelantarse y mostrar claramente porque es imposible volver al pasado, tras lo cual solo queda marcharse, dejar solo a su antiguo amante.

Un amante que se felicita por no haber cometido el error de formular esa pregunta y que, al volver a casa, se desfoga en la soledad de su alcoba, lleno de rabia, desesperación y frustración.

Es sólo un ejemplo. Un ejemplo de una serie en que los sentimientos amorosos se describen de forma lateral, inofensivos, controlables, ordinarios, hasta que estallan arrasando todo lo que encuentran por delante, dominando a sus criaturas, destruyendo su mundo, obligándoles a recrearse, a decidir y a luchar por lo que quieren ser y tener en este mundo.

Porque esta serie es la historia de dos hermanos separados desde la niñez, crecidos como desconocidos y que se enamoran sin conocer su vínculo familiar. Dos personas que intentarán ahogar sus sentimientos, porque saben que está mal, que sólo llevar desgracia y persecución a ellos mismos y sus familias, que utilizarán cualquier medio por extinguir ese fuego, incluso la separación física, pero que terminarñan sucumbiendo a ese sentimiento, puesto que es el único que da sentido a sus vidas, que les hacer sentirse vivos.

Y frente a la fuerza y la pureza del sentimiento que les une, ni nosotros, ni la serie, tenemos derecho a decir nada.

Como expresa magníficamente la compañera de trabajo del protagonista, enamorada a su manera de él, y que también lucho por conseguirlo, para perderlo frente a un rival más poderoso.

No puedo desearte suerte, pero... cuídate.