viernes, 1 de octubre de 2010

Reading the Bible (y VII)

Miel virgen destilan tus labios,
esposa;
miel y leche hay bajo tu lengua,
y el perfume de tus vestidos
es como aroma de incienso.

Cantar de los cantares, 4, 11

Llevaba tiempo sin dedicarle tiempo a esta mi relectura de la biblia, ahora que mi conversión al ateísmo es completa y la religión no tiene ningún sentido en mi vida. El retraso se ha debido había otras cosas más importantes que escribir y a que estos meses de verano me han servido para avanzar en su lectura, fascinante no tanto por lo que en ella he encontrado, sino por mi encuentro/enfrentamiento con mi yo de hace más de veinte años, tan distinto y tan diferente, para lo bueno y para lo malo, de quien soy ahora (y mis próximas reflexiones sobre la serie The Shock of the New redundarán en este autoredescubrimiento, si se me permite el palabro).

Pero volviendo al tema, uno de los factores que contribuye a que un ateo pueda seguir encontrando interesante la lectura de la biblia, es precisamente su calidad de cajón de sastre. El hecho de que, al contrario del Corán, haya sido escrito por numerosos autores (y que los revisores posteriores hayan jugado libremente con el material, sin curiosamente preocuparles su posible santidad e intocabilidad, si se permite el palabro) consigue que si una página nos parece aburrida, incompresible o repugnante para nuestra mentalidad actual, la siguiente nos fascine y hipnotice, tan valida hoy como en el momento de su aparición. Incluso hay libros que resulta difícil concebir porque se decidió su inclusión en el texto, sospecha y temor compartido por todos sus lectores a lo largo de la historia.

Uno de esos libros extraños es el Cantar de los Cantares. No voy hablar de su más que evidente y molesta sensualidad/erotismo, del que el fragmento elegido es un perfecto ejemplo, y que siempre ha puesto en un brete a los custodios de la palabra, llevándolose a buscar todo tipo de paralelismos y alegorías en su narración, en un intento de torpe exorcismo que lo tornara en santo y ortodoxo... con el indeseado resultado que para los lectores contemporáneos, toda la literatura mística nos parece especialmente apropiada para la descripción de los éxtasis amorosos, asegurando su supervivencia a costa de una inmensa traición.

No, lo que quería señalar es como, cuando se lee la Biblia entera, el mensaje erótico, de celebración de la vida y el placer que contiene el Cantar de los Cantares, se vuelve cegador, de un brillo capaz de borrar todas las enseñanzas teológicas que lo preceden y anteceden. No es sólo ya que la Biblia sea un libro eminentemente serio, alejado de toda liviandad, y donde el humor sólo aparece con sordina en breves secciones que parecen avergonzarse de sí mismo. Es que incluso en la sección donde se ubica el Cantar de los Cantares, el area poética y sapiencial, justo tras los salmos, el aliento poético de los escritores se reduce a tres modos, el de alabanza al señor y a su grandeza, el de petición de ayuda frente a los enemigos del pueblo y de su dios, y el de victoria por la aniquiliación de los impíos.

No es que los salmos sea mala poesía, sus autores imbuídos del temor de dios, fueron capaz de crear imágenes sobrecogedoras, de una belleza sobrenatural, que se han convertido en lugares comunes de la literatura occidental, sirviendo de mantillo y sustento a sus escritores. De hecho, es sólo en estas poesías cuando se llega a vislumbrar lo que supone (o suponía) creer en el Dios cruel, celoso y combativo del viejo testamento, compartiendo las dudas, el miedo y el terror que esa relación especial suponía, el de un individuo sólo en el mundo amenazado por el odio del resto de pueblos vecinos (e incluso de sus propios compatriotas) y siempre temeroso de perder el favor del creador e incurrir en su odio.

Es simplemente que el mundo del placer terrenal descrito en el cantar de los cantares está en oposición completa a (casi) todo lo que leído hasta ese punto, como si nos indicase que todo esos no es otra cosa que una inmensa equivocación, un engaño autoimpuesto, mientras que el placer terrenal es gozoso y deseable, hasta el extremo de que nadie puede decir que ha vivido a menos que lo haya experimentado.