jueves, 7 de octubre de 2010

Reading the Bible (y VIII)

Este mal hay en todo cuanto existe bajo el sol: que sea una misma la suerte de todos y que el corazón de los hijos de los hombres esté lleno de mal y de enloquecimiento durante su vida y luego con los muertos. Mientras uno está ligado a los vivientes, hay esperanza, que mejor es perro vivo que león muerto, pues los vivos saben que han de morir, mas el muerto nada sabe, y ya no espera recompensa, habiéndose perdido ya su memoria.
Amor, odio, envidia, para ellos ya todo se acabó; no tendrán parte alguna en lo que sucede bajo el sol.
Ve, come alegremente tu pan y bebe tu vino con corazón contento, pues que se agrada Dios en tus obras. Vístete en todo tiempo de blancas vestiduras y no falte el ungüento sobre tu cabeza. Goza de la vida con tu amada compañera todos los días de la fugaz vida que Dios te da bajo el sol, porque ésa es tu parte en este vida entre los trabajos que padeces debajo del sol.
Todo lo que puedas hacer, hazlo en tu (pleno) vigor, porque no hay en el sepulcro, adonde vas, ni obra, ni razón, ni ciencia, ni sabiduría.

Eclesiastes, 9, 3-10

Hablaba en entradas anteriores de esta serie de como resulta difícil comprender como ciertos libros de la Biblia pueden haber llegado a formar parte del Canón, por no ajustarse con la línea general teológica que recorre todo el texto sagrado. Estos libros heterodoxos se concentran en la sección  conocida como Libros Sapenciales y la estrella entre ellos es el conocido como Eclesiastes.  Para comprender un poco la excepcionalidad de este libro hay que darse cuenta de que no estamos ante un libro como Job, donde el mensaje desencantado está oculto bajo densas capaz de ambigüedad, de forma que puede entenderse tanto a favor como en contra. Tampoco se trata de una serie de poemas eróticos que han sido reeinterpretados para simbolizar la relación del creyente (o la comunidad de creyentes) con el creado, sino que el caso del Eclesiastes, como puede apreciarse del texto arriba citado, se indica claramente que nada habrá de esperarnos tras la muerte y que más vale aprovechar esta vida antes de que se nos termine en tiempo, en un giro claramente hedonista que se opone a lo que podríamos definir la línea general bíblica, como ya había dicho antes.

No obstante, el texto que incluyo puede parecernos algo blando, incluso algo retrógrado y conservador, especialmente considerado desde nuestra mentalidad actual. Conviene, si se quiere pulsar exactamente lo extraordinario del Eclesiastes, considerar un libro anterior y de casi mismo nombre. Se trata del Eclesiastico, un escrito cuyo mensaje se puede reducir a una única frase: "Se bueno y haz cosas buenas, no seas malos y no hagas cosas malas", pero que en ningún instante nos cuenta en qué consiste la bondad y cuáles son esas cosas cosas buenas. Por supuesto, no tiene ninguna necesidad, ya que esas cosas buenas son evidentemente la ley mosaica, la cual es perfecta, como conviene a la revelación divina, y por tanto, la labor del moralista se limita a exigir su cumplimiento, remachándolo cuantas veces sea necesario (y cabría preguntarse que necesidad hay de insistir tanto en esas leyes cuando deberían ser naturales).

Muy distinto es el libro del Eclesiastes, el cual sorprende en primer lugar por proclamarse escrito por un rey de Israel, hijo de David, pero que no es Salomón. Un personaje que se nos muestra como sapientísimo, el ápice de lo que la sabiduría humana puede alcanzar, pero cuyas conclusiones se caracterizan por un pesimismo insondable, según el cual ninguna de las actividades humanas tiene ningún sentido (el famoso vanidad de vanidades, todo es vanidad) puesto que todas nuestras conquistas serán desechas por la muerte, tras la cual no nos espera nada, ya que como dice el propio texto el muerto nada siente ya y nadie le recuerda.


Un mundo donde Dios, a pesar de que el escritor del Eclesiastes no lo niegue y siga invocándolo, es como si no existiera, puesto que no actúa sobre el mundo, no reparte recompensas sobre aquellos que creen en él, ni castigos sobre los que le niegan, sino que todos al final serán objeto del mismo destino, la muerte y la nada, independientemente de sus logros o fracasos.

Un mundo, en fin, cruel y despiadado, indiferente al destino de sus criaturas, y donde la máxima norma de moral, la única posible, es aprovechar el día, disfrutar del momento, gozar de los tuyos y de su amor.