lunes, 25 de octubre de 2010

FdI (XVI). Año 88 a.C. Éfeso

Lunes de Forjadores de Imperios, como es habitual. Cuándo escribía estos cuentos, y ahora mismo que los releo, no podía dejar de pensar que nosotros, los nietos de Roma, consideramos su imperio, su ordenamiento, las guerras que le dieron lugar, como justo, bueno y necesario. Hemos sido educados, en cierta manera, como romanos, y la versión de la historia que siempre hemos escuchado es la suya, de forma que compartimos sus triunfos, lloramos sus derrotas. Sin embargo, la creación del Imperio Romano fue un acto de extrema violencia, ejecutado con un rigor que supera nuestras imaginación, destruyendo y esclavizando multitud de pueblos, cuyas voces se acallaron hace mucho tiempo. Sólo de vez en cuando, algún testimonio aislado nos permite valorar el dolor de esos pueblos, el odio que sentían contra sus ocupantes, la rabía y la saña con la que se rebelaban cuando tenían ocasión.

Eso es lo que quise reflejar en estos cuentos y en éste en partícular, así que, sin más dilación.

Año 88 a.C. Éfeso

Uno de los mensajeros se quitó la túnica y comenzó a desenrollar una larga tira de cuero que traía atada a la cintura. Toda su longitud estaba cubierta de letras griegas que la atravesaban diagonalmente, formando grupos de dos o tres caracteres, lo justo que podía escribirse allí. El ángulo era tan violento y el espacio tan pequeño, que algunas letras incluso aparecían cortadas a la mitad o les faltaba un pequeño trozo. Un ojo atento podía reconocer los comienzos y las terminaciones de palabras muy corrientes, pero nada más. No había ninguna pista, ningún indicio que indicase como debían unirse aquellos fragmentos para formar palabras y frases.

Mientras tanto, el segundo mensajero ha extraído una larga vara de entre sus vestiduras. Entre ambos, anudaron el extremo de la tira a lo alto de la vara y comenzaron a enrollarla alrededor de ésta, siguiendo una estría que la recorría en espiral. Cuando hubieron terminado, depositaron la vara en la mesa que estaba frente a ellos y se retiraron. No volveríamos a verlos. Una vez entregado el mensaje, sus instrucciones les marcaban volver inmediatamente a presencia del rey. El retorno debía efectuarse dando un gran rodeo, lo más largo y complicado posible, procurando despistar a cualquiera que pareciera seguirles.

Ninguno de ellos conocía el contenido de la carta de la que eran portadores, ni ninguno debía conocerlo jamás. Las órdenes del rey eran terminantes respecto a ese punto. En el caso de que alguno de los mensajeros fuera apresado, su tortura no debía revelar nada que pudiera dar al traste con la operación. Para mayor seguridad, ambos habían llegado a Éfeso por rutas distintas, disfrazado uno de mendigo, el otro de comerciante. Si los romanos hubieran detenido a alguno de ellos, sólo habrían conseguido hacerse con una vara desnuda o un mensaje indescifrable. Lo suficiente para levantar sus sospechas y obligarles a redoblar su vigilancia, pero completamente inútil a la hora de adivinar de dónde y cuándo iba a provenir el golpe.

Nos aproximamos a la mesa. Enrollada la tira de esa manera específica, las letras aisladas habían tomado su lugar preciso. Cualquiera podía ya leer el mensaje, pero ninguno de los presentes nos atrevíamos a hacerlo. Habíamos esperado tanto ese momento que la emoción y el miedo nos lo impedían. Temíamos sufrir una nueva decepción. Quizás el mensaje que con tanta ilusión aguardábamos, sólo sirviese para revelar hueras todas nuestras esperanzas. De nuevo tendríamos que someternos a nuestros amos, cuando nuestra liberación nos parecía ya tan próxima. De nuevo habría que saludar con una sonrisa a aquellos que nos oprimían y explotaban, aplaudir sus decisiones y reír sus ocurrencias. Nos habían anunciado tantos reveses de los romanos que luego se convertían en nuevas victorias suyas, que ya no podíamos dar crédito a nada.

Había un temor mayor. La posibilidad de que todos los rumores fueran ciertos y reales. Hasta entonces, todos nuestros planes, todas nuestras conjuras no habían sido más que conversaciones de salón, un divertimento al cual podíamos dedicarnos cuando estábamos aburridos y abandonar o retomar cuando gustásemos, sin que ningún compromiso, ninguna consecuencia desagradable, se derivara de él. Si se confirmasen los rumores… Si el rey nos pidiese nuestra colaboración… No éramos hombres de acción. Nuestro grupo se componía de comerciantes y propietarios, acostumbrados a la abundancia y la seguridad. Además, desde que los romanos nos habían arrebatado la libertad, nadie en nuestra ciudad había vuelto a esgrimir las armas ni participado en batallas. ¿Qué podíamos ofrecer al rey? Y sobre todo ¿Qué nos pediría él a cambio? Siempre había ocurrido igual, a cambio de vagas promesas que jamás se hacían realidad, se nos exigían los mayores sacrificios, los máximos riesgos. Nada nos indicaba que esta ocasión fuera distinta.

Aunque así fuera. En el preciso momento en que tomásemos ese mensaje en nuestras manos y conociésemos su contenido, no habría marcha atrás. Deberíamos elegir un bando, decidir estar a favor o en contra de los romanos, y seguir la suerte de ese partido hasta el final, hasta alcanzar la victoria o que llegase la derrota. Para nuestra desgracia, en esta nueva guerra que se avecinaba ninguna de las partes tendría cuartel con la otra. Había ya demasiados muertos, demasiada sangre, demasiado tiempo para rumiar el rencor y el odio.

Teníamos que reaccionar. No podíamos permanecer así eternamente.

Nuestro presidente se acercó a la mesa, tomó en sus manos la vara y dio comienzo a la lectura. Al principio su voz temblaba y el nerviosismo le hacía interrumpirse con frecuencia. Creíamos que no iba a pasar de las formas de saludo e introducción, pero ese estado no duró mucho. La alegría inundó su voz y rápidamente rayó en la euforia. Leía cada vez más deprisa, atropellándose, saltando de línea en línea  para adivinar que era lo siguiente que estaba escrito, pero al momento siguiente volvía atrás en la lectura y repetía secciones enteras, pues apenas podía dar crédito a las palabras que se presentaban ante sus ojos, a las frases que sus labios acababan de pronunciar.

Nosotros le escuchábamos absortos, sin separar la vista de él, ojos y boca abiertos de par en par. Su nerviosismo y su entusiasmo se nos contagiaron. Comenzamos a gritar y chillar como niños, interrumpiéndole. Nos abrazábamos como si no nos hubiéramos visto en años, llorábamos los unos en brazos de los otros. Algunos se lanzaron sobre el presidente y le arrebataron la carta. Se la pasaban de uno a otro, repitiendo las palabras que acababan de escuchar, mostrándoselo a los demás y volviendo a consultarlo inmediatamente, como si hubiera podido borrarse en el intervalo en que sus ojos no lo contemplaban.

Venganza. Por fin. Tras tantos años de humillación, dolor y sufrimiento. Ésas eran las noticias que el rey nos enviaba. Aquél bárbaro sin ascendencia griega, soberano de territorios situados en el borde del mundo, ese Mitrídates cuyo nombre y fama nos eran desconocidos hasta hace unos meses, había logrado aquello en lo que habían fracasado los descendientes de Alejandro, los nietos de sus generales, los dueños del mundo y sus riquezas.

Los romanos habían sido derrotados, pero no en una escaramuza y no una pequeña expedición suya. El ejército completo del gobernador de Asia había sido puesto en fuga, aplastado, aniquilado, exterminado. En toda Asia y Grecia no quedaban tropas dignas de mención que pudieran hacer frente al ejército del rey. Sólo la llegada del invierno había evitado un desastre total. El mismo gobernador había sido hecho prisionero cuando intentaba huir, sólo y disfrazado, en una barca de remos. Como muestra de amistad hacia todos los pueblos aún sometidos a los romanos, el rey había ordenado ejecutarle. No de cualquier manera, sino de una que conviniera a la rapacidad que había mostrado en el cargo. En su boca abierta se había vertido oro derretido.

Nuestro presidente trató de calmarnos. Montábamos tal escándalo que nuestros gritos debían oírse perfectamente fuera del sótano del templo donde nos habíamos reunido. Corríamos el peligro de que alguna patrulla romana escuchase el alboroto y se presentase a ver que pasaba. No consiguió apaciguarnos, en nuestras mentes no había sitio ya para las precauciones. Sólo una idea tenía cabida. Roma había sido derrotada. Roma había sido derrotada. Roma podía ser derrotada. Ahora. Aquí. Para siempre.

Nadie recordaba algo similar. Sólo algunos viejos habían oído contar de casos parecidos a sus padres y abuelos, pero aquello nos parecía más un producto de su chochez que un suceso real. Estábamos acostumbrados a presenciar como, con monótona e inevitable regularidad, eran aplastados y eliminados todos los que se oponían a Roma, así que la idea de recobrar nuestra libertad había terminado por ser arrumbada a algún rincón obscuro de nuestras mentes, él mismo donde se guardan los sueños inalcanzables de la niñez cuando se llega a la edad madura. Tan acostumbrados estábamos que, cuando íbamos al teatro o nos reuníamos en el ágora, ya no dirigíamos la vista a los pedestales de las estatuas o a los bronces expuestos en los templos, en los que se proclamaba nuestra grandeza e independencia de antaño. Si queríamos continuar con vida, más valía olvidar esos recuerdos.

Nos habíamos acostumbrado a humillar la cerviz, a aceptar la voluntad de los romanos como si fuera la de los mismos dioses. Su arbitrariedad y sus caprichos eran para nosotros como las tormentas y las inundaciones, como las heladas y los terremotos que mandan las divinidades a los hombres, imprevisibles e inevitables. Nada de lo nuestro podía substraerse a su codicia, ni propiedades, ni mujeres, ni hijos. Si lo deseaban, era suyo. De nada servía oponerse, así que cuando su violencia rompía cerca de nosotros, guardábamos silencio y rogábamos para que aquellas víctimas bastaran a aplacar su apetito. Llegábamos incluso a adelantarnos a sus deseos, al igual que se sacrifica a los dioses los primeros novillos nacidos en el año o se les ofrenda los mejores frutos de la huerta. Como en su caso,  jamás se podía asegurar si tu plegaria había sido atendida o no. 

Sin embargo, lo imposible había ocurrido. De una forma inesperada y repentina, al igual que ellos acostumbraban a actuar, como tormenta cuyo estallido te sorprende en despoblado. Justo en el preciso momento en que su poder parecía haberse asentado definitivamente y aspiraba a ser eterno. Llevados por nuestro entusiasmo, nos parecía bailar ya sobre las tumbas de nuestros opresores, a pesar de que nos habíamos reunido en secreto en un sótano, fingiendo participar en un rito religioso, y aunque aún pendiese sobre nosotros la amenaza de ser descubiertos y ejecutados.

Poco a poco nos fuimos calmando. Teníamos que refrenar nuestro entusiasmo. Había que guardar silencio. No por precaución, sino porque no habíamos terminado aún la lectura del mensaje del rey. Había mucho más en su misiva. Quizás más importante que lo que acabábamos de conocer.

El rey nos informaba, antes de que lo supiéramos por boca de los romanos, que el cónsul recién elegido, Sila, se preparaba para desembarcar en Grecia con las legiones que estaban en Italia. No debíamos desanimarnos, en su mayor parte eran tropas bisoñas, un enemigo fácil para sus aguerridos soldados. Además, sus espías le habían comunicado que la situación en Roma era cualquier cosa menos tranquila. Mucha gente en Roma, incluidos senadores muy poderosos, no estaba de acuerdo con que Sila ejerciese el mando de la expedición. Quizá el nuevo cónsul tuviera que ganar algunas batallas en casa antes que atreverse a entablarlas en Grecia.

Ocurriese lo que ocurriese, el rey se proponía invadir Asia y Grecia antes de que el cónsul pudiera poner pie en Grecia. Dependía de nosotros que esa operación se completase en unos días, en unas semanas o en unos meses. Un levantamiento simultáneo de todas las ciudades griegas pondría a los pocos romanos que aún quedaban entre nosotros al borde la desesperación. Si capturábamos los puertos y los depósitos de alimento que habían preparado en ellos, esas tropas quedarían aisladas entre sí. Sin suministros, sin puertos de escape, rodeados de ciudades hostiles, no tendrían otra opción que rendirse o perecer.

No bastaba con eso. Había que infundir en el corazón de los romanos el mismo pánico, la misma desesperación. la misma impotencia que durante años ellos habían alimentado en los nuestros. Su espíritu de resistencia debía quedar mellado, su voluntad quebrantada. Se necesitaba un ejemplo, un escarmiento cuyo recuerdo les hiciera pensarse dos veces el volver a poner los pies en Grecia. Para ello, sólo existía un medio, una única manera. El exterminio. La revuelta debía significar la muerte de todo romano que se encontrase en la ciudad. No tenía que haber excepciones. Niños, mujeres, ancianos, todos debían seguir el mismo camino. Ni la compasión, ni la amistad, ni la hospitalidad debían detenernos. Los romanos debían ser barridos de la faz de la tierra, arrancados de ella y entregados al fuego, como se hace con las malas hierbas.

Ninguno de nosotros había escuchado antes palabras como aquéllas. Ninguno pensaba que algo así fuera concebible. Habíamos escuchado la condena a muerte de miles de personas y la recibíamos con gritos de alegría, con exclamaciones de aliento, con abrazos y felicitaciones. Debíamos habernos horrorizado, pero no fue así, puesto que un rey bárbaro nos ofrecía todo cuanto siempre habíamos soñado, nuestra venganza y nuestra libertad, y el único precio que pedía era la vida de unos cuantos romanos. Merecía la pena. Por fin había llegado el momento de la revancha. Ya no seríamos nunca más un rebaño que soportaba cualquier humillación sin rechistar, nuestra rebeldía no sería un sinónimo de suicidio. Nuestros torturadores iban a conocer el significado de la tortura. Ahora les tocaba pagar todo, ojo por ojo, diente por diente, vida por vida, medida por medida.

La respuesta fue redactada y enviada aquella misma noche. A partir de ese instante, nuestra tarea consistiría en informar al resto de los implicados y designar a quienes se ocuparían de acumular y distribuir las armas. Lo más difícil era decidir qué romanos deberían morir en sus casas, cuáles en las nuestras y a qué otros se les permitiría refugiarse en los templos, con la intención de aumentar la confusión en sus filas y poder luego eliminarlos, ya reunidos, con mayor tranquilidad.

Abandonamos el templo de uno a uno, embozados con nuestros mantos, evitando las plazas, temerosos de toparnos con alguna patrulla. No había nada que temer. El silencio y la obscuridad nos envolvían, cálidos y acogedores. Las estrellas brillaban tranquilas en el cielo, indiferentes a nuestras decisiones.

Intento no pensar en ello, pero es inútil. Cada mañana, en cuanto me ves en el mercado, te acercas a mí, saludándome con la mejor de tus sonrisas, y estrechas mi mano con fuerza. Durante un rato, antes de volver a nuestros quehaceres, comentamos las últimas noticias del día, los nuevos negocios que pueden emprenderse, los que merecen la pena. Cuando finalmente te veo perderte entre la multitud, siento un estremecimiento.

¿Te habrás dado cuenta? Hace ya muchos años que nos conocemos. Los negocios que hemos llevado entre los dos son casi incontables, mi memoria no alcanza a recordar todos. Te conozco tan bien que puedo adivinar, sin tener que intercambiar ninguna seña contigo, cuando quieres engañar al pobre iluso con el que estamos tratando o cuando un trato te parece peligroso. Tú también puedes predecir mis intenciones. ¿Cómo es que ahora no percibes nada? Cada movimiento mío, cada palabra, deberían proclamarlo a voces.

Sin embargo, cuando conversamos, nada en tu actitud muestra que sospeches de mí. Eso me tranquiliza y me devuelve la confianza. Sólo por unos momentos. Porque yo sí que aprecio en tu semblante la intranquilidad. Sé que las noticias, cada vez más preocupantes, que vienen del norte turban tu pensamiento. Quizás eso te distrae de mi inquietud. Quizás eso te impide fijarte en mi nerviosismo. Meditas sobre sí deberías volver a Roma, cuando aún hay tiempo, como otros de tus compatriotas han hecho, pero tienes muchos intereses aquí, demasiados negocios que reclaman tu atención y que no puedes dejar a la mitad. Entretanto, te dejas acunar en la esperanza de la pronta llegada del cónsul Sila. Las legiones lo arreglaran todo. Siempre ocurrió así en el pasado y volverá a ocurrir en el futuro. Estás ciego. Tú mismo te ciegas. No te das cuenta que tu codicia te lleva a la muerte.

He pedido que se me releve de esta misión y que se encargue a otro de este cometido.  Han rechazado mis ruegos. Tu muerte es crucial para el triunfo de la rebelión, me han respondido. Eres una de las personas más influyentes de la comunidad romana en Éfeso. Tu opinión es respetada y obedecida normalmente sin discusión. Si desapareces al principio de la rebelión, los tuyos quedarán sin guía y sin mando, decapitados. El pánico les dominará y no sabrán que medidas adoptar para defenderse. Para cuando hayan decidido algo, será demasiado tarde.

Yo soy la pieza clave para conseguir ese objetivo. Como me explicó el enviado por los jefes de la conspiración, nuestra amistad me permite acercarme a ti sin que sospeches. Será muy fácil que aceptes una invitación a comer en mi casa para el día de la revuelta. Acudirás confiado a la trampa y, si todo sale como espero, pasarás de la vida a la muerte sin notarlo. Es lo menos que puedo hacer por ti y por nuestra amistad. Lamento  no poder obrar igual en el caso de tu mujer y tu hija. Se ha decidido que no caigan con la primera tanda. Su pánico y desesperación deben utilizarse para hacer perder la cabeza a los pocos que puedan haberla conservado. Desconozco dónde les alcanzará la muerte. En el asalto a su casa. Aplastadas por la multitud en las calles. Atrapadas como ratas en el templo en el que se hayan refugiado. Prefiero no imaginarlo. En cualquier caso no será una muerte rápida ni agradable.

Ha habido noches, por suerte pocas y cada vez más espaciadas, en que me he despertado temblando de miedo, encharcado en sudor, respirando con dificultad. Hoy es una de ellas. No es el miedo a descubrir nuestros planes lo que me ha sobresaltado. Tampoco es la certeza del peligro que corremos al embarcarnos en esta empresa, ni la seguridad de morir si somos descubiertos. De repente, en medio de mis sueños, cuando más desprevenido estaba, me he dado cuenta de lo que voy a hacer.

Voy a dar muerte a un huésped, a un amigo, a una persona doblemente sagrada y protegida.

Mis remordimientos no duran mucho. Una luz entra en mi habitación y disipa las tinieblas de la noche. La mirada fría y acusadora de mi esposa cae sobre mí. Evito sus ojos, avergonzado. Mi corazón se aquieta. Mi temblor se detiene. No puede haber dudas. No tengo derecho a tenerlas. Ella se retira a su habitación y me deja a solas. Sabe lo que me ha desvelado y que tardaré en dormirme, pero sabe también que ahora ya no hay peligro. El momento del perdón y el arrepentimiento ha pasado.

No hay otra solución. Durante años y años nos hemos esforzado en someternos, acallando nuestro orgullo, olvidando que éramos hombres iguales a vosotros.  Revolución y guerra eran recursos inútiles, meros atajos hacia el suicidio, que sólo nos llevaban a nuevas catástrofes, cada vez más onerosas, cada vez más duraderas. Creímos que nuestra humillación serviría para aplacaros, pero nuestra pasividad sólo sirvió de acicate de vuestro orgullo y ambición. Vosotros mismos, con vuestra ceguera, con vuestra locura, habéis engendrado el odio que va a devoraros. El fuego insaciable que vamos a prender sólo se apagará cuando os haya consumido por entero, cuando nada quede de vosotros y vuestras ciudades, ni siquiera el recuerdo.

Actuabais a la vista de todos. A nuestros puertos llega caravana tras caravana de esclavos. Hombres y mujeres de razas desconocidas, de lenguas incomprensibles, arrancados de quien sabe que remotas regiones. Los almacenes apenas bastan para contenerlos. Les mantenéis encerrados durante semanas, sin preocuparos por cuantos morirán de hambre, de sed o de calor, pues siempre quedarán bastantes para colmar los barcos que los transportarán hasta Italia. Allí les esperan ansiosos sus nuevos dueños, para cultivar las tierras, para extraer los tesoros de las minas, para entretenerse con su muerte en los anfiteatros. Tanta necesidad tenéis que, en cuanto han levado anclas los barcos con su cargamento, ya se levantan en el horizonte densas polvaredas, delatando la llegada de nuevos columnas de dolor y sufrimiento.

Apretujándose y atropellándose entre sí, cruzan nuestras calles, aterrorizados y extenuados. Les guiáis con vuestros látigos como se hace con los hatos de ganado y ellos se encogen instintivamente al oír su chasquido, intentado hurtar el cuerpo al golpe, aunque muchas otras filas les separen y protejan del azote. Mecánicamente, sin levantar o volver la cabeza, giran en dirección contraria a dónde lo oyen restallar. Tantos días de viaje han obrado su efecto, les habéis enseñado a obedecer sin pensar, sin rechistar. Han olvidado que son seres humanos.

Nosotros también tenemos esclavos. No somos inocentes. Siempre los hemos considerado como seres inferiores que merecen ese destino. Criminales, deudores, personas a las que sus vicios y debilidades las habían conducido a ese estado, hombres y mujeres que debían acabar necesariamente en esa situación, a la que realmente pertenecían. Pero nunca hubiéramos pensado que nuestros métodos podrían ser aplicados con tal rigor y con tanta eficiencia. Lo que nosotros ejercemos sobre unas pocas decenas de personas, vosotros lo aplicáis sobre cientos, miles, sobre una innumerable infinidad de rostros anónimos e indistinguibles. En donde nosotros buscamos alguien que nos sirva de preceptor de nuestros hijos, de labrador de nuestros campos, de criado para nuestras casas, vosotros sólo comprobáis que la cifra final coincida con la que os han encargado desde Roma.

Al principio, cuando nos enterábamos de la llegada de esas multitudes, atrancábamos puertas y ventanas y nos encerrábamos en los lugares más recónditos de nuestras casas. Era inútil. El eco lúgubre de sus pies encadenados traspasaba muros y suelos. Su olor, dulzón y penetrante, pesaba durante días enteros sobre las calles que habían atravesado y nadie podía evitar una mueca de repugnancia al cruzarlas. Sin embargo, no tardamos en acostumbramos. Al igual que vosotros, nos hicimos duros e insensibles. Fuisteis buenos maestros. Su marcha y su sufrimiento apenas nos distrae ahora del cáliz de vino que compartimos con unos amigos, ni supone más que un comentario casual en el ágora o en los baños. A lo sumo, el espectáculo provoca una exclamación de impaciencia o fastidio cuando, al dirigirnos al teatro o a la casa de hetairas, encontramos una calle cerrada por alguna de vuestras interminables caravanas.

¿Por qué no habíamos de pensar así? Nosotros no recibimos el impacto del látigo sobre nuestras espaldas, ni arrastramos cadenas y grilletes que nos llaguen las muñecas y tobillos. Nuestras mujeres e hijos siguen a nuestro lado, podemos gozar de su amor y respeto día tras otro, sin que nos roa la incertidumbre sobre sí mañana nos separarán para siempre. No tenemos que llorar campos devastados, ni lamentar hogares saqueados e incendiados. Todo lo nuestro crece y florece, bendecido por los dioses, según decretaron las Parcas antes de nuestro nacimiento. Entre nosotros y aquellos desgraciados se abre un abismo infranqueable, semejante al que nos separa de los animales. Muchos pensamos que aún tienen que agradecer, puesto que un supersticioso respeto a su inmerecida forma humana impide que se les trate peor que a las bestias. Nosotros, en cambio, somos libres y merecemos serlo. Ellos no. Es el viejo argumento, gastado y raído de tanto repetirlo, que nos sirve al mismo tiempo de bálsamo y escudo.

Para nuestra desgracia, la inquietud ha vuelto a nuestras almas. Vuestro apetito de esclavos no cesa. Por muchos que sean embarcados con destino a Roma, siempre reclamáis más, más, más. No hay pausas ni descansos. Apenas entregan su cargamento, los negreros vuelven a partir rumbo a las fronteras, acompañados por vuestras legiones, para comenzar nuevas guerras que permitan saciar vuestra hambre. Da igual, por muchas aldeas que saqueen, por muchos bárbaros que sojuzguen, a la vuelta les esperan nuevos pedidos, cada vez mayores, cada vez más urgentes. Lo poco que han traído sólo sirve para excitar aún más vuestro apetito e impaciencia.

¿Cómo es de grande Italia? ¿Cómo lo es Roma? Los viajeros cuentan que el país no es mayor que Grecia o Asia, y que tanto Alejandría o Antioquía, incluso la misma Éfeso, superan a Roma en tamaño y población. No podemos dar crédito a sus noticias. El mundo entero está siendo despoblado y sus habitantes trasladados a vuestro país. Si vuestra patria es tan pequeña como dicen, el mismo número de vuestras víctimas debía haberos abrumado y aplastado hace tiempo. Sólo existe otra opción, tan horrorosa que nos negábamos a creerla, tan inhumana que no nos atrevíamos a nombrarla, pero al final hemos tenido que admitirla. Todas las evidencias apuntan a ella.

La humanidad está siendo triturada y molida en vuestras minas y plantaciones

En el instante en que aceptamos la verdad, el frágil edificio de nuestras excusas y justificaciones se vino abajo, nuestra tranquilidad se hizo trizas. La angustia y el temor la han substituido. Rezamos a los dioses para que las caravanas de esclavos no se interrumpan jamás, para que su número y frecuencia no disminuyan en lo más mínimo. Quién sabe de lo que seríais capaces, si tal ocurriera. La sospecha, la certeza de que podáis volveros contra nosotros en busca de los esclavos que os falten, nos hiela la sangre y nos roba el sueño. Bastante sabemos lo que cabe esperar de vuestros tratados y garantías. Los campos sembrados de sal de Cartago y Corinto lo proclaman al mundo, aunque la primera estaba protegida por vuestros tratados más sagrados y la otra había sido siempre vuestra aliada. Los cadáveres insepultos de lusitanos y numantinos lo confirman, vuestra ambición les llevó a declararos la guerra que tanto deseabais y luego les castigasteis por ofreceros la justificación.

Ese miedo nos lleva a rebelarnos. Esa posibilidad nos mueve a poner en peligro nuestra paz y tranquilidad. Debemos golpear antes de que lo hagáis vosotros, antes de que os acordéis de nuestra existencia y ésta os moleste o perturbe, antes de que nuestras débiles fuerzas se os asemejen a una amenaza mortal contra vuestra seguridad. Ocurrirá así necesariamente, porque no toleráis testigos y cómplices de vuestros crímenes y nosotros lo hemos sido durante mucho tiempo.



Me doy la vuelta en la cama y espero a que llegue el sueño. No será reparador ni tranquilo, pero cuando despierte, habré dejado otro día atrás, uno de los muchos que aún faltan hasta tu muerte. Eso me fortalece. Ansío tanto ese día que verlo acercarse me hace sentir como si mi liberación ya hubiera llegado, porque sé que en el momento en que mi puñal atraviese tu cuerpo, toda la tensión y la incertidumbre de la espera se desvanecerán como por ensalmo. Ya no temeré ser descubierto, ya no temeré vuestro poder. Por eso quizás hayas notado que cada día que pasa me torno menos sombrío y reservado, que la luz vuelve a mis ojos y la sonrisa a mis labios. Teme la hora en que vuelva a bromear contigo.



Repentinamente los golpes cesan. Relajo el abrazo con el que estrechaba a mi hija contra el pecho. Ambas levantamos la cabeza y miramos a nuestro alrededor. En los parches de luz que proyectan los tragaluces del templo, aparecen otros rostros, pálidos y desencajados, tan llenos de terror como debe estarlo el nuestro.

- ¿Dónde está padre? – susurra mi niña entre sollozos

Vuelvo a estrecharla contra mi pecho y aprieto mi mejilla contra la suya. La hablo al oído dulcemente, intentando tranquilizarla.

- Prenda mía, no temas nada. Pronto se reunirá con nosotros.

Ella no ve las lágrimas que llenan mis ojos. Espero que mi voz no delate mis mentiras. No he vuelto a ver a mi esposo desde que se marcho esta mañana a visitar a uno de sus amigos. Ahora debe estar muerto. Nosotras también lo estaríamos, si no hubiera sido por aquel desconocido que cruzo nuestro barrio gritando a voces que venían a lincharnos. Gracias a él tuve tiempo de tomar a mi niña en brazos y refugiarme dentro de este templo en el que estamos sitiados, pero temo que sólo hayamos ganado una pequeña prórroga, unas cuantas horas más de horror antes de nuestra muerte.

Nuestros perseguidores no han dejado de golpear las batientes desde que las cerramos ante ellos. Para evitar que entrasen, hemos tenido que apuntalarlas apoyando nuestros cuerpos contra ellas. Las acometidas eran tan violentas que, tras cada embate, me parecía que las puertas iban a quebrar sus goznes y a precipitarse en el interior, seguidas por nuestros enemigos. Por eso he permanecido abrazada a mi hija todo este tiempo, ocultando su cabeza en mi seno, con los ojos cerrados y los dientes apretados, para que ninguna de las dos pudiese ver o anticipar nada, hasta que llegase lo inevitable.

Todo ha cesado ahora. El silencio se extiende, zumba en nuestros oídos, los ecos de los golpes se apagan. Los hombres que bloqueaban las puertas se dejan caer al suelo, extenuados por la tensión. Por primera vez podemos pensar. ¿Por qué se han detenido? ¿Qué planean hacer? Alguno se levanta e intenta encaramarse hasta los tragaluces, apoyando los bancos contra la pared, trepando por las estatuas de los dioses. Alguien comienza a cuchichear a mi lado. No consigo entender su voz, ni saber sí se dirige a mí. Pronto las conversaciones se generalizan, pero ninguna pasa de ser un murmullo. El miedo a ser entendidos, adivinados por nuestros perseguidores, paraliza las lenguas, aunque estemos separados de ellos por muros cuyo espesor ahogaría nuestros gritos.

La voz llega desde arriba, desde el techo del templo, clara y cercana, interrumpiendo nuestros diálogos, sembrando de nuevo el miedo en nuestras almas.

- Salid de ahí dentro. Entregaos. No tenemos nada contra vosotros. Vuestras vidas serán respetadas. Un barco está preparado en los muelles para llevaros a donde queráis.  Vuestros amigos y parientes os esperan en él.

El silencio sucede a esas palabras. Percibo algunas siluetas que se dirigen hacia la puerta,  vacilan y se tambalean, intentando no pisar a los que aún permanecen sentados.

- Hay que salir – se les oye decir – tiene razón, debemos confiar en ellos.

Los que apuntalaban la puerta se apartan al verlos acercarse. Toman los pasadores de los cerrojos en sus manos y van descorrerlos, cuando un hombre se interpone en su camino. Su actitud les sorprende y retroceden un paso, expectantes.

- ¿Qué creéis que vais a hacer?

Un haz de luz cae sobre el rostro del hombre que les cierra el paso, resaltando las profundas arrugas que recorren su rostro.

- Vamos a salir de esta trampa, anciano – le responden.
- ¿Habéis perdido el juicio?
- Nuestro encierro sólo sirve para irritarles. Más vale entregarse, cuando aún hay tiempo, si queremos salvar nuestras vidas.
- ¿Creéis que van a respetarlas? ¿Dónde está el resto de nosotros? Preguntádselo, a ver que respuesta os dan.
- Tú lo has oído. Nos esperan en el puerto.
- ¿Por qué no han traído a ninguno entonces? Hasta que no oiga una voz que conozca no voy a salir de aquí ni dejaré salir a nadie. No voy a permitir que acaben conmigo tan fácilmente.
- Quita de ahí, viejo chocho, no vamos a dejarnos matar por tu culpa.

Se abalanzan sobre él, pero algo brilla en las manos del anciano. Todos se apartan de su lado dejando un círculo vacío su alrededor. Cómo una bestia acorralada, el anciano vigila a un lado y a otro, comprobando las posiciones de sus enemigos, tratando de no ser sorprendido.

- Tendréis que matarme si queréis abrir esta puerta, pero me llevaré a alguno conmigo. ¿Quién va a ser el primero?

Los que le rodean titubean un instante y luego comienzan a rodearle, aproximándose inexorablemente a él. El anciano se lanza contra uno que se ha acercado demasiado, luego contra otro, pero siempre se le escabullen. Mientras, el resto ha estrechado un poco más el círculo. Están fatigándole. No aguantará mucho más.

La voz vuelve a interrumpirnos.

- El tiempo se acaba. ¿Qué decidís? ¿Vais a entrar o tenemos que entrar?

Alguien grita. Es mi voz. Su sonido ronco me estremece, como hace con los que me rodean, incluso con los que combaten en la puerta.

- ¿Dónde está mi marido? Mostrádmelo. Quiero ver que aún vive.

No grito ya sola. Todos me acompañan. Las voces, los nombres, los ecos se acumulan, se mezclan, hasta que ya sólo se escucha un estruendo ininteligible.

Se desvanece tan rápido como se había formado. Desde lo alto nos llegan los ecos de una discusión. Hablan en voz baja para que no les entendamos, pero nos llega el tono agrio y duro de sus voces. No tardan mucho en olvidar toda prudencia y comienzan a chillarse, como si no estuviéramos bajo sus pies.

- Te he dicho que incendiéis el templo.
- ¡Es un lugar sagrado! ¡No podemos hacerlo!
- Me da igual. No podemos estar todo el día esperando, hay que acabar con ellos. Ya construiremos otro.
- Pero…
- No hay peros que valgan, traed leña y teas. Incendiadlo ya.

Un clamor de horror se eleva de entre nosotros. Los que luchaban en la puerta aprovechan el momento para empujar al anciano y salir al exterior. No les sirve de nada. En cuanto cruzan el umbral caen atravesados por flechas y lanzas. No hay salida. La desesperación se adueña de nosotros. Algunos vagan en círculos, hablando consigo mismos, los ojos abiertos de par en par, incapaces de aceptar lo que nos está sucediendo. Otros se lanzan al exterior para morir antes de que el fuego les alcance, para ver la luz y el cielo por última vez. Sus cuerpos se acumulan en el umbral, entre las columnas del peristilo, en las escalinatas que ascienden al templo. Muchos se cubren los oídos con las manos y hunden su cabeza en el suelo, para no oír, para no ver, como si esto fuera una pesadilla de la que se puede despertar en la seguridad del lecho. La mayoría se apretuja contra los pedestales de las estatuas de los dioses, se abraza a ellos, levanta sus manos implorantes hacia sus efigies, pero ellas continúan inmóviles, la mirada vacía y fija en algún punto de la pared, indiferentes y ausentes a los asuntos de los hombres.

El anciano se arrastra hasta mi lado. Le veo limpiar con su manto el filo de su espada. Nuestras miradas se encuentran. Tras unos momentos, él asiente con la cabeza. Sé que no nos matará el fuego.


Nota: Esta historia también tiene una base histórica. Tras haber derrotado al gobernador de Asia, Mitrídates conspiró con las ciudades griegas para que se levantasen un día determinado y asesinasen a todos los romanos que encontrasen. Murieron más de 80.000 personas en un solo día. Es cierto también que los romanos utilizasen Asia y las campañas del interior como fuente para suministrar esclavos a sus plantaciones.