sábado, 5 de noviembre de 2016

Mito, tiranía y libertad

























Les confieso que me he sentido bastante desconcertado con Szerelmem Elektra (Electra, Mi amor, 1975) de Miklos Jancso. Gran parte de este desconcierto se debe a que soy un rendido admirador de este director, cuyas películas siempre me habían fascinado. Al menos las que llevaba vistas, que no eran pocas. Sin embargo, aunque Szerelmem Elektra continua investigando en ese estilo característico de Jancso que ya había alcanzado su madurez en Még kér a nép (Salmo Rojo, 1997), algo hay en ella que no acaba de engranar. Por un momento, he pensado que estaba presenciando ese punto de inflexión en su carrera que llevo a un cambio dramático en la percepción de su obra por la crítica: de adalid del nuevo cine a a apóstata entregado al comercialismo.

¿Es así, en realidad? Pues me temo que voy a tener que dedicarle un segundo visionado, puesto que cuando tomaba las capturas para esta entrada, la fuerza del estilo visual de Jancso ha vuelto a arrebatarme. Una sensación que también había tenido al comenzar a ver la película, pero que poco a poco fue atenuándose, debilitándose. Quizás es que en Szerelmem Elektra, Jancso lleva su estilo característico un poco más allá, adentrándose más de lo debido en la abstracción y en el absurdo... lo que me hace ansiar más el ver las dos partes de su trilogía inacabada sobre la historia reciente de Hungria: Magyar rapszódia (Rapsodia Hungara, 1978) y Allegro Barbaro (1979).

¿Y en qué consiste este estilo? Pues en larguísimos planos secuencia, limitados sólo por la capacidad de las bobinas de celuloide de la época, en los que se introducen tres movimientos: el de la cámara, el de los personajes y el de los extras del fondo. Esto podría llevar a una simplificacion y un error. La simplificación sería limitarse a seguir a los personajes, con breves miradas a los lados, como hacen algunos directores modernos, interesados sólo en el tour-de-force; mientras que el error sería resignarse a registrar el caos que el conflicto de los tres vectores de movimiento produciría. Muy distinto es el uso que hace Jancso de esta técnica, ya que consigue coaligar dos contradicciones. Por una lado, construir sus escenas con una planificación casi militar, en la que nada está dejado al azar; mientras que por el otro, la cámara no tiene miedo a que los personajes salgan de cuadro y se pierdan, como si fueran despojados de su importancia, ni a que lo inesperado, lo secundario, se asome y tome posesión del cuadro.

El orden y el caos. Asumidos y conciliados. Un imposible en imágenes que nos fascina a los muchos admiradores de Jancso.

Sin embargo, a pesar de este afán formalista, Jancso nunca olvida la letra de sus películas, eso que en los años sesenta se llamaba el mensaje. De hecho, en Szerelmem Elektra este mensaje es casi más importante que en ninguna otra de sus películas, pero no, curiosamente, por su intencionalidad política. No es que Jabcso no realice una denuncia de los excesos a los que lleva la tiranía y la arbitrariedad que la acompaña, ni que asuma una defensa apasionada de la revolución - de nuevo aquí otra contradicción aleada -. Lo que importa en Szerelmem Elektra es su uso del mito. Su reinterpretación y aclimatación a un tiempo y unas circunstancias que ya no son los suyos.

Esto es quizás lo que caracteriza a los auténticos mito. Historias de las que sabemos su principio, desarrollo y final, que no pueden ya sorprendernos y que su propia redacción eluden esas trampas que se utilizan para crear interés. Narraciones fijas y concretas, pero sobre las que podemos construir, modificar y elaborar a nuestro antojo, sabiendo que los espectadores habrán de reconocer las diferencias, descubrir las nuevas interpretaciones. Así, nada impide que en el mito de Electra, a la espera siempre de la vuelta de su hermano Orestes para que la vengue de los asesinos de su padre Agamenón, su esposa Clitemnestra y su amante Egisto, podamos suponer que Clitemnestra ya está muerta y que Egisto ha creado una tiranía totalitaria, en la que todos los habitantes se ven forzados a vivir en la mentira. Casi como la Hungría comunista de este tiempo, a la que vendrían a liberar Electra y Orestes, representantes de ¿qué nueva idea o qué nueva forma? ¿De un comunismo purificado? ¿De un sistema aún mucho más antiguo y más humano?

Pero también podemos ver en Agamenón un mal gobernante, alguien que abandonó su país por una guerra lejana durante una década, mientras que Egisto esq querido y respetado por su pueblo. Electra sería así una mujer amargada y resentida, a quien sólo la esperanza de la vuelta de Orestes le permite seguir. Esperanza que puede ser no otra cosa que una ilusión, un espejismo. Un espejismo que ella misma se vería obligada a asesinar si se le presentara ante sus ojos, justo antes de sumirse definitivamente en la locura.