viernes, 18 de noviembre de 2016

Encrucijadas morales (II)


























Viendo la segunda parte, Camino a la eternidad (1959), de la trilogía Ningen no jōken de Kobayashi Masaaki, no podía evitar el hacer comparaciones odiosas de nuevo. En este caso con Saving Private Ryan (Salvando al Soldado Ryan, 1998) de Steven Spielber y Letters from Iwo-Jima (Cartas desde Iwo-Jima, 2006). En la primera el horror de la guerra es justificado por la camaradería entre soldados y el sacrificio colectivo de una unidad entera para salvar a uno de sus compañeros. En la segunda, se procede a una idealización del ejército imperial japonés, al que le muestra tránsido de patriotismo y nobleza. Mejor y más perfecto, más digno de militar en él, que el ejército americano protagonista de la obra anterior del mismo director, Flags of our Father (Banderas de nuestros padres, también de 2006).

Ninguna de estas mentiras - hay que llamarla así, porque no son otra cosa - figura en la película central de la trilogía de Kobayashi, quizás porque este director sí vivió los hechos que filma y se libró de perecer en la guerra mundial sólo gracias al azar. Para él - y es una opinión que debo refrendar, habiendo hecho el servicio militar - el ejército es una máquina de deshumanización, destinada a fabricar robots que sólo sirvan para matar y morir en sus puestos, si así se les ordena. El ejército - todo ejército sin excepción, si se quiere ser auténticamente pacifista y antimilitarista -  se revela así como el opuesto absoluto a todo esfuerzo civilizador. Su único objetivo es quebrar las voluntades, extinguir cualquier sentimiento de solidaridad - excepto con aquellos que morirán contigo - para devolver a los hombres al estado de bestias salvajes, creadas para la violencia y regidas por ella.

Estructura militar injustificable en cualquier caso, especialmente en el del japonés. Porque en él, como bien ilustra Kobayashi, este esfuerzo deshumanizador se conseguía trasladando la violencia que debía ejercerse hacia el enemigo al interior de la propia estructura militar, instalándola entre los miembros de la misma unidad. No era ya que los oficiales y suboficiales pudiesen apalear sin misericordia a sus subordinados por la menor falta, es que los propios veteranos tenían derecho para vejar a los novatos, vertiendo en ellos la violencia que antes habían sufrido, haciendo pagar a inocentes las humillaciones que ellos sufrieron a manos de otros.

El odio, el desprecio por la dignidad humana, la pulsión por aplastar a quien es débil, distinto o simplemente se opone a ese estado de injusticia reglamentada se convirtieron así en los rasgos característicos del ejército japonés imperial. Maquinaria que destruyó así incontables existencias humanas, tanto en los cuarteles como en el frente, y que no admitía otra reforma que su propia disolución. Porque como bien acaba por confesar el propio protagonistas, el problema no está en los veteranos, ni en los mismos oficiales, sino en esa maquinaria legal obtusa e inhumana, para la que el individuo no es más que un objeto prescindible, si así lo requieren las necesidades militares... o el orgullo y el honor suicida de los que sólo han vivido y conocido ese ambiente sórdido y miserable, esa gloria tan repulsiva como los despojos de los sepulcros.

No hay posibilidad de cambio dentro del ejército, como muy bien descubre Kaji. Demasiados son los intereses existentes, demasiados los azares que pueden dar al traste con las mejores intenciones. Peor aún, el propio hecho de intentar contemporizar, de tratar de conseguir una pizca de justicia, un mendrugo de respeto siguiendo las reglas, puede convertir al que lo intenta en otro perro más del sistema. En alguien que queriendo hacer un bien, acabó vendiendo su alma, tornado en otro colaborador más, sólo que sin saberlo y creyéndose rebelde. Mejor que cualquiera

Hasta darse cuenta que todas sus acciones se limitan a un tuve qué y no hice. Tuve que haberme opuesto a la guerra y al ejército, con todas mis fuerzas, sin reparar en las calamidades que pudieran sucederme, pero preferí sobrevivir, engañarme con que así podría cambiar el mundo y mejorarlo.

Para quedar al final sin nada. Sin logros que mostrar, sin ideas que no hubiera vendido y traicionado.