jueves, 10 de noviembre de 2016

Un breve instante

Big Ben, André Derain
Para mí, la exposición Fauves, dedicada a ese movimiento artístico de la vanguardia, y abierta en la Fundación Mapfre madrileña tiene graves problemas. Tres, concretamente.

El primero proviene de la propia naturaleza de ese movimiento. Los Fauves - es mejor referirse a ellos así, en plural - desencadenaron en 1905 la larga lista de revoluciones pictóricas que ocuparía toda una década hasta 1914 y que constituyeron la primera ola de las vanguardias artísticas - luego vendría el tiempo del dada y el surrealismo, la abstracción, los muchos informalismos de los cincuenta, o el pop de los sesenta -. Todo ello a pesar de que nunca fueron un grupo cerrado ni desarrollaron una teoría artística. De hecho, su huella en la historia del arte casi puede restringirse a ese año de 1905 y a la explosión de color que motivó el propio apodo despreciativo de fauves.

Tras ello, cada uno de los muchos pintores que suele adscribirse al grupo - Matisse, Derain, Dufy, Vlaminck, Rouault, tantos otros - siguió un camino independiente que en algún caso les llevó a repudiar, o al menos contradecir, ese momento de gloria. Ocurre así que prácticamente sólo Matisse conservó la pasión por el color que se suele atribuir a los fauves,  mientras que un pintor de primera fila como Derain, quien estuvo a punto de descubrir y trazar la abstracción antes de tiempo, se perdió en el laberinto de los neoclasicisimos y las appel-à-l'ordre, desembocando en una inmerecida irrelevancia. Otros, como Rouault, siempre estuvieron al margen, más cercanos a un expresionismo descarnado de raíz germana, mientras que otra estrella como Dufy solo se descubrió a sí mismo en los años treinta, cuando comenzó a utilizar una paleta sin restricciones, casi como si hubiese vuelto a 1905.

La exposición fracasa, por tanto, en trazar ese movimiento centrífugo del grupo, en constatar el mucho trecho que recorrieron después y como algunos, como mi amado Derain, se extraviaron irremediablemente. Parte de la culpa se debe, obviamente, a la dificultad de conseguir el préstamo de obras clave y nos lleva al segundo problema: la prevalencia de fauvistas de segunda fila entre las obras expuestas.



Alber Marquet, el muelle del Louvre

En sí, esto no debería ser un defecto. En mi caso, a medida que sé más de arte, hallo más placer en perderme por senderos y callejuelas estéticas que en recorrer las avenidas de lo consagrado en las enciclopedias. Sin embargo, la inclusión de gran numero de estos fauves de segundo orden - Camoin, Manguin, Marquét, Puy, comporta una distorsión en la percepción del movimiento, especialmente cuando ciertas salas están llenas a rebosar de sus obras. Lo que vemos allí son fauves para los que el color importa más bien poco o que siguen cultivando un academicismo residual, en forma de dibujo sólido y perspectiva ilusionistas. En otras palabras, lo contrario a lo que la etiqueta fauve vino a simbolizar y la exposición proclama en sus anuncios y panfletos.

Repito. Esto no es un defecto, ya que varios de estos pintores, como Marquet, son bastante interesantes, pero sí desvía la atención de lo que supuso el movimiento y de su repercusión ulterior. Esta influencia queda reducida a un Braque que aún no se había descubierto como cubista - qué extraño ver a Derain copiando a ese Braque de transición - y a artistas como van Dongen que se suelen adscribir a esta etiqueta difusa que se conoce como Escuela de Paris, ya saben, extranjeros en París que no se pueden clasificar en otro movimiento.

El tercer problema, obviamente, es el hecho de que estas revoluciones pasadas se han convertido en fuentes seguras de ingresos, como todo lo que bordea a ambos lados del impresionismo. Hubiera sido muy, muy interesante, analizar porque los fauves fueron llamados así y porque causaron esa conmoción. Tanto por el contraste entre su modo de concebir el arte y el que podríamos llamar popular o al menos "normal" de su época, como por intentar elucidar como fue que unos pintores instruidos en las normas de la academia se levantaron contra lo mismo que habían aprendido. En algunos casos, como el de Matisse, sin llegar a percibir que hubiese algún conflicto.

Me temo, no obstante, que eso llevaría a una contradicción expositiva. En los últimos tiempos, se ha atenuado mucho la oposición que enfrentaba a modernos y clásicos, a vanguardistas y académicos. No es sólo que se esté reivindicando ese arte acomodado y de encargo coetáeno con las vanguardias, sino que se ha postulado que se produjo una evolución natural entre ambos, como ocurría con la reciente exposición de la Mapfre dedicada a los antecedentes del  futurismo. Sería contradictorio, por tanto, resaltar el aspecto de ruptura de los fauves, cuando por otra parte se está intentando convencer que el arte al que se oponían es igual de valioso.

No es que no haya arte valioso en esos otros ámbitos - no reconocerlo así sería cegarse a uno mismo-, pero resulta preocupante esa obsesión por no tomar bandos, por no reconocer que arte era realmente importante y valiosos, mientras que el otro no aportaba nada nuevo, fuera de validaciones, tranquilidades y seguridades.

Aunque no es de extrañar, puesto que habitamos una sociedad que está intentando enterrar su pasado rebelde, como adultos que de repente deben transformarse en personas serias y decentes.