jueves, 24 de noviembre de 2016

Encrucijadas Morales (III)




































En mis comentarios a las dos primeras partes de la trilogía Ningen no Jouken (La Condición Humana, 1959-1961) de  Kobayashi Masaki, les había puesto algunos ejemplos de películas recientes de Hollywood a las que esta obra podía servir de réplica anticipada. En el caso de la parte final, La plegaria de un soldado, la enmienda a la totalidad se dirige contro todo un subgenero, además de a una falsa concepción. El género cinematográfico es el de las películas de supervivientes y de prisioneros, en donde el ingenio, la resistencia y la fuerza del voluntad del protagonista le permite triunfar de todas las dificultades y enemigos, sean éstos fuerzas de la naturaleza, aviesos torturadores nazis o sádicos samuráis de lengua incomprensible.

Como en el caso de las historias de emprendedores y triunfadores esas historias estereotipadas no son otra cosa que espejismos. Ante la dureza de las condiciones de la guerra y del cautiverio, el superviviente es una excepción, atribuible en partes iguales al azar y a la picaresca, como bien siempre han confesado los pocos que salieron con vida de los campos de exterminio nazis. De hecho, esa condición de resucitados, de muertos vivientes, ha constituido para muchos una carga abrumadora durante el resto de su vida, al ser incapaces de comprender porque ellos, y no otros, fueron salvados. Si acaso esa lotería, no se debió a una traición propia, al uso de las malas artes, al engaño y la perfidia para robar la comida y el refugio a otros igual de necesitados, mientras que los realmente justos y honestos fueron devorados por esos infiernos en la tierra, precisamente por su apego a la virtud.

El ambiente de esta tercera parte de Ningen no Jouken es muy distinto no sólo a esas fantasías Holywoodianas, sino a lo que llevábamos visto de la misma trilogia. El protagonista, a pesar de haber mantenido su integridad en la primera parte, consiguiendo evitar ser un cómplice condescendiente con la opresión, y de haber sobrevivido al clima de violencia interno del ejército imperial japonés y a la brutalidad de la primera línea de combate, se halla en esta ocasión atrapado en un círculo vicioso del que no puede escapar. Con vida al menos. Toda la película, tras la batalla sangrienta en la que concluyó la segunda parte, se construye alrededor de un continuo caminar, de un penoso huir, a paso de tortuga hacia un refugio soñado - el hogar, la paz, el amor - que nunca llega a vislumbrarse, ni siquiera en la lejanía. De hecho, cada paso que se da en pos de ella, cada vez más costoso y  trabajoso, parece en realidad alejar al protagonista de cumplir su deseo. Le sume cada vez más profundamente en un laberinto en el que se van acumulando iniquidades, desgracias y muertos. Sobre las personas que intenta proteger, sobre aquellos que ama, destruidos precisamente por su cercanía a nuestro héroo

Es este vagar sin destino, excepto hacia la destrucción propia y la de los que te acompañan, en donde reside esa concepción ilusoria que la película impugna. Acostumbrados a los finales felices de Hollywood, a marcar la historia con fechas definitivas e irreversibles, tendemos a olvidar que a toda guerra sigue otra postguerra. Imaginamos que cuando callan los cañones, la felicidad, la paz, la libertad, reínan sin obstáculos ni oponentes, de repente y para siempre, de forma completa y total. Sin embargo, las guerras, como esas fieras heridas que se revuelven contra sus perseguidores y se tornan entonces incluso aún más peligrosas, siguen matando, destruyendo y aplastando mucho tiempo después de haber terminado. Los vencedores tienen licencia para hacer lo que se les antoje, para matar, prender, robar y violar, mientras que los vencidos, para sobrevivir aunque sólo sea un día más, tienen que olvidarse la justicia y civilización, recurrir a las artimañas más sucias para protegerse y conseguir alimento, aprender a usar, sin reparaos ni miramientos, aquellos trucos y engaños que antes de la guerra estaban limitados a criminales y miserables. A los sectores limítrofes, olvidados y prohibidos de la sociedad, que ahora ha devenido toda ella frontera, obscuridad y miserias.

Esa nueva condición de disolución del orden, de desaparición de reglas, de vuelta a una animalidad en que el robo y el asesinato, la violencia y la abyección son la experiencia cotidiana y se hallan justificadas, es lo que acaba por destruir a nuestro protagonista, demoliendo sus convicciones más íntimas. Entre gran parte porque estas atrocidades no provienen de antiguos y nuevos enemigos - el ejército rojo y las milicias chinas - sino de sus propios compatriotas. De todos aquellos que se van quedando en el camino y a los que que sacrificar sin compasión para continuar la marcha, de todos aquellos que no vacilarán en traicionarte para salvar su propio pellejo y a los que disculpa la necesidad en la que se encuentran, de los locos que siguen aferrados a los sueños de antaño - el honor, la lealtad, la nobleza - y creen que la historia acabará por darle la razón, aunque su único sea destino sea la tumba. Para ellos y para los que obligaron a seguirles.

Y luego, los aparición de los monstruos, las bestias y los depredadores que se ocultaban entre tus compatriotas. Los que se aprovechan del caos para robar, matar y violar, sabiendo que ninguna autoridad vendrá a castigarles, que por fin pueden satisfacer sus instintos rastreros. Pero aún los hay peores, sin embargo, los que atravesarán todo este horror sin sufrir un rasguño. Los que mandaron antes y seguirán mandando luego, e incluso continuarán mandando en campos de concentración y exterminio, aunque aparentemente estén también consignados entre las víctimas.

Los que, cuando la paz al fin se logre, darán al traste con todas las ilusiones y esperanzas humanas, puesto que ellos sólo trabajan para medrar a costa de otros. Para perpetuar la injusticia y el sufrimiento.

Siempre que ellos queden arriba, con sus vientres bien repletos.