sábado, 19 de noviembre de 2016

Espirales descendentes

Después del Almuerzo, Renoir
Visitaba esta mañana la exposición Renoir: Intimidad, abierta en la Thyssen y no me podía quitar el recuerdo de Derain de la cabeza. Supongo que sabrán la historia, tras ser uno de los mejores pintores fauves y estar a punto de inventar la abstración antes de tiempo, Derain se perdió en su propio laberinto hasta quedar reducido a la consideración de artista de segunda fila. Algo parecido ocurre con Renoir, aunque en su caso, nunca haya perdido su puesto como figura esencial de la pintura. Sin embargo, si que es perceptible que tras el callejón sin salida estético al que llegó en la década de 1880 y sus intentos por reinventarse, a sí mismo y a su pintura, en esos mismos años, a partir de 1890 su pintura comienza a ser cada vez menos interesante, cada vez más rutinaria y ñoña, sin ese instinto por el color que caracteriza sus mejores obras.

Esta cisura irreparable en la obra de Renoir lastra de manera irremediable la muestra de la Thyssen, ya que la mayor parte de los cuadros expuestos pertenecen precisamente a la etapa final de Renoir. Es difícil no cansarse de tantas jóvenes en actitudes cursis o de esa reducción se su paleta a la gama cálida, restringida incluso a los amarillos y anaranjados. Un modo de pintar muy distinto al de unas décadas antes, e indigno de un gran maestro, como demuestra la comparación de cualquiera de esos cuadros tardíos con la obra maestra de la exposición, el Después del Almuerzo que abre esta entrada. Una pintura que aunque pertenece a esa década de crisis del 1880, deja bien claro la maestría como colorista de un Renoir aún en su mejor momento, alguien capaz de crear infinitos tonos de turquesas y aquamarinas, velados delicadamente con un blanco traslúcido, como se puede apreciar en el magnífico vestido de la mujer sentada en primer plano del cuadro.

Un pintor que, además, se siente con la fuerza y la pericia suficiente como para armonizar colores casi contrarios, como los blancos del mantel y el negro de los trajes, añadir toques como los lilas, violetas y magenta de los adornos florales, incluir un espléndido bodegón en la parte inferior y disponer todo sobre un fondo vegetal que casi es un tapiz bordado. Una obra que sólo puede surgir de los pinceles de un maestro y que una vez concluida le confiere merecedamente este título... y como éstas Renoir pintaba varias al año en aquel entonces.
Ese instinto nato para el color hace más difícil de entender como pudo perderlo por completo pasadas unas décadas, mientras que su contemporáneo Monet lo agudizaba más cada año. No fue, sin embargo, algo repentino, sino un proceso paulatino, puesto muchas de las obras de su periodo agrio - cuando intento recuperar la precisión dibujística que el Impresionismo había dinamitado - o de los primeros años de su época final muestran a las claras que Renoir seguía reteniendo esa habilidad, como es el caso del excelente La trenza, que sigue a esta líneas, perteneciente a ese periodo agrio de los 80


La Trenza, Renoir
Este cuadro sirve también para retomar el paralelismo con Derain. Como yo conozco un poco la evolución de Renoir, sé también por qué comenzó a pintar así, pero gran parte de los visitantes no sabían donde ubicar esta pintura y llegaba a parecerles "de otra persona". Lo cierto es estos cuadros "agrios" destacan dentro de su trayectoria, sin que parezcan evolucionar claramente de su estilo anterior ni derivar al siguiente, pero no dejan de ser muy distintos de los que pintaron muchos vanguardistas franceses, como Derain, en la década de 1920. De hecho casi parece pertenecer a ese tiempo y adelantar el arte del futuro, en el sentido de que se trata en ambas ocasiones de una appel à l'ordre, de un rechazo hacia los resultados de la propia vanguardia que el propio había contribuido a crear, como si temiese estar destruyendo lo esencial de la pintura siguiendo ese camino.

Ese retroceso  hacia un pasado más seguro y protector de Renoir/Derain contribuyó a que su pintura tuviera pocos seguidores entre los pintores más jóvenes que les siguieron. Muy distinto es, por ejemplo, el caso de Monet/Matisse, quienes si consiguieron reinventarse y progresar en las exploración de la vías que ellos mismos habían abierto, sirviendo así de inspiración a quienes vinieron después. Es casi imposible imaginar una exposición Renoir y a la abstracción, como si hubo una Monet y la abstracción en el mismo Thyssen. Peor aún, es imposible imaginar una exposición, Renoir y algo posterior, puesto que su arte, como el de Derain, terminó en una vía muerta.

Lo dicho no quita a Renoir un ápice de sus grandeza. Durante los años 70 y 80 del siglo XIX fue, sin discusión. uno de los más grandes y con toda justicia ha quedado como pintor indispensable de la tradición occidental. La lástima es que no fuera uno de estos artistas que mejoran con la vejez, como Tiziano, Goya o Monet, pero su figura y su obra es de tal categoría, que la irrelevancia de su producción posterior a 1890 no ha dañado su reputación en lo más mínimo.