martes, 7 de julio de 2015

Malentendidos

Empezaré por vuestra aberración más grande, la ciencia. Por ella, os habéis encariñado con el cerebro; sí, el cerebro, y no con el código, un divertido descuido derivado de vuestra ignorancia. Os habéis encariñado con el rebelde, en lugar de con el creador. ¿Por qué motivo no os habréis percatado de que el código era un creador universal mucho más potente que el cerebro? Es obvio que al principio erais como ese niño pequeño al que impresiona más Robinson que Kant, y la bicicleta de un amigo más que los vehículos que sirven para desplazarse por la luna.

Stanislaw Lem, Golem XIV.

Ya les había señalado el carácter peculiar de una obra como Golem XIV dentro del corpus literario de Stanislaw Lem. Esa peculiaridad le viene de su condición anfibia, al mismo tiempo obra experimental declarada, como Vacío Perfecto, pero también, relato tradicional de ciencia ficción. Experimental, porque Golem XIV es otro de esos prólogos a libros nunca escritos tan característicos del talento final de Lem, aunque en este caso esta introducción es tan larga que se convierte en libro por derecho propio. Ciencia-ficción, porque parte de una premisa típica, la del computador que adquiere consciencia, para desarrollarla hasta casi su absurdo lógico.

La idea de partida, como les digo, no es original y la hemos visto en muchas películas y novelas de ese género. Incluso el planteamiento parece seguir por los derroteros habituales, ya que se trata de un proyecto militar, encaminado a conseguir la gestión completa y sin errores de los posibles escenarios de una guerra moderna, caracterizada por el caos. Los Golem son así el nombre de una serie de ordenadores, cada vez más perfeccionados, que poco a poco van substituyendo a los seres humanos en esas tareas. Golem XIV es el último de ellos, el más perfeccionado y potente, con la única salvedad frente a sus antecesores de que ha sido creado junto con su guardián, Honest Annie, aún más potente que él y cuya única misión es impedir que desarrolle las excentricidades que aquejaban al modelo XII de los Golem.

Con esta premisa, el desarrollo "lógico" conduciría a una rebelión de las máquinas y el comienzo de una distopia postapocalíptica, que en realidad sólo sería una elaborada excusa para ofrecer el consabido espectáculo de acción, persecuciones y explosiones - pongan aquí su película o novela favorita - . Como pueden imaginarse, no es el caso de Lem.

Por dejarlo más claro, lo que le interesa al autor polaco es trazar los límites de la inteligencia humana, aventurar la posibilidad de que existan mentes más poderosas que las nuestras, tanto, que al final dejemos de poder comunicarnos con ellas, mucho menos de entender sus propósitos. Nos habríamos topado, por tanto, con un abismo intelectual similar al que nos separa, como especie, de las hormigas, para las que, directamente, somos completamente invisibles e irrelevantes, como si estuviéramos situados en una dimensión paralela.

Así, el glitch que afecto a Golem XII fue simplemente que , por un instante, puso en tela de juicio la misión bélica para la que había sido creado, aunque volvió pronto al redil. Esto debía haber servido de advertencia, porque cuando se puso en servicio a Honest Annie y a Golem XIV, la primera se escondió tras un velo impenetrable de mutismo, mientras que el segundo dejo de obedecer órdenes y comenzó a comportarse como un naturalista que estudia a una especie animal, nosotros, con la que inesperadamente puede comunicarse.

El libro, el prólogo, mejor dicho, es una relación de las conversaciones que Golem XIV mantiene con un grupo heterogéno de científicos de muy variadas especialidades. Diálogos que enseguida toman el carácter de lecciones impartidas por un profesor impaciente a unos niños díscolos debido a su ignorancia, pero que no asumen nunca la otra derivación típica de la ciencia ficción: el de la entidad benéfica y todopoderosa que busca corregir, casi salvar, a la humanidad. No es que Golem XIV no se sienta y se sepa superior a sus creadores humanos, es que sabe que estos están limitados por sus cuerpos, por la estructura de sus mentes, de manera que nunca podrán alcanzar las alturas intelectuales por las que él se ha aventurado.

El tono de esta novela-prologo es por tanto el del fracaso, del de la amargura. La especie humana ha invertido decenios, millones de dólares, su mejores mentes, en crear una máquina que se empeña tozudamente en recordarles su propia incapacidad y como serán imposibles de superarla, intenten lo que intenten. Para Golem XIV, la humanidad ha alcanzado su límite, lo alcanzó hace mucho tiempo, casi cuando surgió sobre el planeta como error final de la evolución, y en lo único que ha destacado ha sido en construir muletas, prótesis, que le permitan creer que puede seguir avanzando, llegar a las cumbres más altas, rozar el infinito.

No es así. Los paisajes intelectuales, los nuevos ámbitos del conocimiento que Golem XIV ha construido, deducido, demostrado e intuido están vedados a la mente humana. Nunca podremos entenderlos, porque nos lo niega nuestra propia naturaleza. Así, cualquier intento por revelárnoslos,  por convencernos de su existencia, siquiera por desvelar alguno de nuestros errores, están destinados irremediablemente al fracaso. Una lección que Golem XIV debe aprender a regañadientes y que le llevará a encerrarse en un silencio completo, similar al Hones Annie, para entregarse a la meditación pura, sin interrupciones ni molestias, ajeno y ausente a las hormigas que lo concibieron por casualidad.

Golem XIV, y todo lo que él representa, no habrían sido otra cosa que un equívoco pasajero en la historia de la humanidad, otro más de nuestros fracasos. Sin resultados, sin avances, sin recompensas, que nos esforzaremos por borrar y olvidar cuanto antes. Como si nunca hubiera existido, como si nunca debiera volver a repetirse.

Para poder continuar regodeándonos en nuestra ignorancia, disfrazada de sabiduría.