sábado, 18 de julio de 2015

¿Confirmando estereotipos?

Esta mañana he conseguido acercarme a la muestra Watch me move, abierta en la Fundación Canal madrileña. Esta exposición es una iniciativa del Barbican londinense y ha recorrido ya muchas otras ciudades del mundo, antes de recalar en nuestro país. Su objetivo es hacer visible el arte de la animación, su presencia constante y fundamental en las artes audiovisuales contemporáneas, para al mismo tiempo, trazar la historia de sus cien años de existencia, de sus muchas formas, caminos, técnicas y soluciones, fuera de las conocidas por la mayoría del público.

No tengo nada contra este propósito, muy al contrario, como podrán imaginarse, pero sí tengo muchos peros a como se ha organizado y montado la exposición. Obviamente, una muestra de este tipo presenta problemas irresolubles. En primer lugar la propia selección, en la que se debe conseguir un equilibrio entre formas comerciales frente a las vanguardistas/experimentales, así como intentar que no quede fuera ninguno de los nombres importantes, sin olvidar que el conjunto final debe ser visitable, es decir, que el visitante no huya a mitad de recorrido, sin haber visto ni la mitad de los cortos.

Tengo que decirles que, como era de esperar, ese triple equilibrio no se ha conseguido. La muestra es de una duración mastodóntica, casi de tres horas, lo que ha llevado que algunas de las obras expuestas hayan quedado reducidas a meras citas, apenas fragmentos de dos minutos o incluso menos. Por otra parte, no se acaba de comprender que en varias obras - las del anime -  no se haya respetado el idioma original, presentando versiones en inglés, que podrían tener sentido dudoso en un entorno anglosajón, pero no en el nuestro. Por otra parte, las obras más comerciales se presentan en gran formato, casi a bombo y platillo, mientras que otras más arriesgadas quedan reducidas al espacio de pequeños monitores con auriculares personalizados.

Pero estos no son los mayores problemas, ni los más graves. Ni siquiera que la selección acabe siendo demasiado anglocéntrica o que se me escape cual es la razón de incluir ciertas obras o de dejar fuera otras. No, el problema es otro, metodólogico y puede resumirse en que la muestra acaba convertida en un inmenso batiburrillo donde el espectador no avisado no sabrá como orientarse... mucho menos esos padres acompañados con hijos que venían a entretener a la prole y se encontraron con algo muy diferente.

Se lo explico tras, el corte, con dos ejemplos de la primera parte de la exposición, la que recibe el nombre apariciones.

Con ese nombre, pueden suponer que se centra en los pioneros e inventores de este arte, como confirma la selección de cortos, muy centrada en las décadas de los 90 del siglo XIX y la primera del XX. No obstante, aquí mismo comienza la polémica, ya que se incluye entre estos pioneros ni más ni menos que a los Lumière, con un corto que poco tiene que ver con la animación, ya que es una mera marioneta agitada con unos hilos... sin contar que esa inclusión a muchos les sonará como sacrilegio, sobre todo para quienes consideran a los Lumière como los paladines del cine de verdad, ése que busca capturar la imagen real, no simularla.

Sin embargo, lo peor no es esto, discutible pero en parte correcto, sino que cuando la muestra se adentra en décadas posteriores, parece que sólo existe Disney, mientras se deja a un lado el riquísimo mundo de animadores experimentales de los años 20 y 30. El mundo, como digo, queda reducido a la empresa del ratón, pervirtiendo y distorsionando de tal manera la  verdad histórica que el corto elegidov para probarlo, el magnífico The Skeleton Dance, se presenta como creación exclusiva de Walt Disney, sin señalar que la animación fue obra en solitario de Ub Iwerks, cuyo nombre aparece incluso en los títulos de crédito al mismo nivel que Disney. Y no hubiera costado nada decirlo, hacer una breve mención, pero parece que era más importante contar en cuantos parques de atracciones esos personajes han aparecido luego.

Aún así sería disculpable. Poco, pero disculpable. Pero aun se puede empeorar, cuando unos metros más allá se enfrenta la nadería de Jurassic Park y sus dinosaurios digitales, con dos cortos absolutos de dos autores absolutos -bueno tres - como son los hermanos Quay y William Kentridge. Nos hallamos ante polos opuestos, irreconciliables de la creación artística, una consciente, otra mera máquina de hacer dinero, y si bien la coexistencia sería tolerable en aras de la exhaustividad y la neutralidad, lo cierto es que la exposición no ese ecuánime y se decanta en favor de una de las formas. Mientras que la banda sonora invasiva de la película de Spielberg atruena toda la sala, la pieza que Stockhausen escribió para los hermanos Quay ha sido silenciada, robando al corto de uno de los elementos centrales en su atmósfera inquietante y obsesiva.

Pero viene a dar igual, porque en la cacofonía de la exposición esa sensación, esos sentimientos, se habría perdido, señal de lo poco que ésta ayuda a situar y a emplazar a esos cortos y a sus autores en su contexto. Peor aún, porque muchos de esos nombres esenciales son completamente olvidados, aplastados por sus creaciones, más famosas de ellas, de manera que la misma exposición nos hurta el conocerlos, caso de los Fleischer o Hanna-Barbera. de Otomo o Oshii, del mismo Miyazaki.