jueves, 2 de julio de 2015

Ab Initio

























En los años sesenta, con la eclosión de la Nouvelle Vague y la irrupción del cine experimental, se recuperaron para la cinematografía los ensayos y pruebas que los Lumière habían rodado apenas nacido ese arte. Estos esbozos se vieron entonces como películas completas por derecho propio, ejemplo y origen de un modo alternativo de hacer cine que había sido desechado por la consolidación del estilo clásico, representado en el cine comercial de Hollywood, pero que ahora se quería recuperar y explorar por parte de los cineastas jóvenes y no tan jóvenes. En general por cualquiera que aspirase a construir otro cine, para quien los Lumière se convertían así en personalidades a caballo entre el profeta y el héroe, imagen muy apropiada para quienes se veían a sí mismo como rebeldes.

Si han ido siguiendo estas páginas, sabrán que acostumbro a tronar contra esta opinión, aunque he aprendido a matizarla un tanto, como verán. El primer problema que le veo es que está fundamentada en un error histórico que durante decenios fue dogma irrefutable: el de los Lumière como inventores/forjadores del cine. Dejando a un lado que ellos sólo cultivaron una de las ramas posibles de ese arte, el más puro documental, lo cierto es que paralelo a su actividad en Francia, Edison estaba rodando y comercializando en los EEUU secuencias fílmicas, aunque su proceso acabó en un callejón sin salida. Por otra parte, la década crucial de los 90 del siglo XIX se caracterizó por múltiples intentos por conseguir imágenes en movimiento, incluso en su vertiente animada, de los que el proceso Lumière terminaría siendo la chispa final que prendió el fuego. En resumidas cuentas, si no hubieran sido ellos los "inventores", ahora el honor se lo estarían llevando otros, ya que el cinematógrafo era una de esas invenciones que debía surgir necesariamente en ese tiempo, año más año menos.

No obstante, el mayor problema está en que la visión y la interpretación del cine de los Lumière - o el de muchos de esos pioneros del cine - no es la suya, sino la proyectada sobre su obra por generaciones posteriores que, consciente o inconscientemente, manipularon ese arte del pasado para que sirviese de justificación y fundamento al que pretendían conseguir en su presente. Los Lumière se vieron así como los promotores de un cine ascético, libre de todo refinamiento y complejidad, que buscaba transmitir la realidad vista como realidad filmada, para que el espectador pudiese participar de ella como si realmente estuviese allí presente, como si la cámara fueran sus propios ojos. Estas aspiraciones no estaban reñidas, para los cineastas de los sesenta, con la admiración por otros cineastas más artificiales,  caso del cine soviético basado en el montaje, pero se radicalizaron en generaciones posteriores, que terminaron expulsando del Olimpo a autores fundamentales como Eisenstein o incluso Welles, acusados de "ilusionistas", que en su concepción equivale a "mentirosos".

En mi opinión, esto es un error, y cómo tal procedí a denunciarlo... sin darme cuenta que yo caía en el error contrario. Mis ataques contra esos excesos, en parte justificados, se enfocaron en demoler los fundamentos de su postura estética, deviniendo en rechazo sin atenuantes contra los Lumière, a quienes incluso tildé de "cineastas de exposición universal". Como pueden imaginar, mi tirria contra los dos hermanos era tan injustificada como la admiración desmedida de los "jóvenes" cinéfilos, si sólo porque ninguno estábamos dejando hablar a los Lumière, quienes podrían sentirse muy sorprendidos porque utilizásemos su cine como arma arrojadiza... si es que llegaban a comprender los términos de nuestro debate.

Afortunadamente, mi inquina contra los Lumière se ha desvanecido, creo que por completo. Al volver a ver sus cortos, hace apenas una semana, he descubierto en su cine un factor en el que no había reparado antes: su condición de frontera, de límite entre dos tiempos.  Aquel en que las imágenes son omnipresentes frente a aquel en que no lo eran. Ya sé que esto que he dicho no es del todo cierto, pero lo que sí lo es que los Lumière son casi los únicos cineastas en haber rodado a personas que no sabían lo que era el cinematografo. Sus personajes se arremolinan ante la cámara, la buscan con la mirada, la señalan y se quedan pegados observándola, pero no porque esperen ser capturados por ella y verse luego en la pantalla, sino porque no saben lo que es y desconocen que resultará de ello. En resumidas cuentas, no posan ni actuan, sino que simplemente están, representando sin saberlo su sorpresa y su curiosidad.

Elementos que desaparecerán enseguida, cuando el público aprenda qué cosa es el cine, hurtándole ese elemento de asombro, de maravilla, que ya sólo podrá ser invocado, recordado, remedado, mediante métodos artificiales.