sábado, 22 de febrero de 2014

Swan Song

























Hay dos estudios de anime frente a los que tengo sentimientos ambivalentes. Uno es Uno es Kyoto Animation, KyoAni para los amigos, el otro es Shaft, o mejor dicho Shinbou Akiyuki.

KyoAni se caracteriza por incluir en sus series momentos de animación especialmente inspirada,  como si fuera lo más fácil del mundo. Esas secuencias, insertadas sin apenas subrayarlas, casi de tapadillo, demuestran una fina observación de las expresiones humanas y una no menor pericia a la hora de reconstruirlas con líneas y colores, que solo están al alcance de los mejores animadores. El problema es que esas pequeñas joyas se utilizan para ilustrar unos contenidos de completa y total intrascendencia, en  demasiados casos apologías confesas del complejo moe/kawai.

Respecto a Shaft, puede que estén hartos de oírme cantar sus alabanzas. Con demasiada razón, me temo, porque mis elogios ocultan los muchos y evidentes defectos de ese estudio.

La producción de este estudio, en general, padece de lo que se podría llamar una esquizofrenia entre los contenidos elegidos y la forma de plasmarlos visualmente. Suele elegir mangas y novelas de segunda fila, en los que abundan esos elementos tan queridos de lo peor de los otakus, como el ya citado moe/kawai, el argumento como escusa para la insinuación de un erotismo que no se puede presentar explícitamente como en la pantalla, o los conflictos de melodrama barato que no son otra cosa que estereotipos  repetidos. Añádase la habitual falta de presupuesto de Shaft, causante de la mala calidad de su animación, falta de movimiento y expresividad, a veces incluso entregada sin terminar, y se tendrá la definición completa de un estudio que nunca hubiera debido figurar entre los mejores, ni siquiera entre aquellos que los aficionados recuerdan.

Sin embargo, estos defectos se ven contrarrestados por otras tantas virtudes. En primer lugar, la forma en que Shaft trata los elementos comerciales en los que basa su producción es claramente irónica, a la de alguien que ama esos elementos pero sabe de su irrelevancia y vacuidad, por lo que no puede evitar reírse de ellas. Risa amable, pero risa, al fin y al cabo, traicionando un distanciamiento, por otra parte, muy postmoderno y por tanto muy de nuestro presente. Por otra parte, las series de Shaft se caracterizan por tener unos títulos de crédito, tanto iniciales cono finales, que no se parecen - o no se parecían - a nada similar creado por sus competidores y que en ocasiones se erigían como auténticos cortos experimentales. Por sí solos, ellos ya justifican ver la serie, siquiera por descubrir la última genialidad del estudio.

Este gusto por la experimentación no se detiene allí. Cualquier seguidor de las series de  Shaft sabe - o sabía - que en el momento más inesperado, la plasmación visual podía dar un quiebro y adentrarse en terrenos nunca vistos, o al menos no habituales en los terrenos del anime comercial. Ver una serie de este estudio ese - era - estar continuamente al acecho de ese instante en que el anime, la manera de concebirlo, sería puesto en duda, vuelto del revés, o mejor dicho, devuelto a ese terreno original que nos habían fascinado de esa escuela en un principio: su capacidad para convertir lo abstracto en imágenes concretas.

Hubo un momento en que a ese afán por adentrarse en los caminos poco transitados por la animación comercial y su capacidad para reírse de los tópicos tan abundantes en la animación moderna se unieron unos presupuestos más holgados que los habituales en Shaft. Ese fue el periodo, entre 2009 y 2011, en el se produjeron Bakemonogatari y Puella Magi Madoka Magica, sus dos obras más redondas y que por derecho propio figurarán entre las grandes obras del anime. Por desgracia, ese tiempo de gloria, mejor dicho, de dominio completo de sus recursos expresivos. ha durado poco. En los últimos años la fantasía - o la audacia - de Akiyuki Shinbou parece haberse embotado, diluido en ese éxito que durante tanto tiempo le había eludido. Hace ya demasiado que Shaft no asombra con uno de sus títulos de crédito inclasificables, mientras que que el furor experimentador tan habitual antaño en sus producciones parece haberse convertido en rutina y manual, del cual tirar a conveniencia.

Esta evolución es la causa de que una serie tan prometedora - y esperada - como la segunda parte de Bakemonogatari haya terminado por ser un fiasco, incapaz de soportar la comparación con la obra original e incluso con la auténtica segunda parte, la corta Nisemonogatari, que he estado viendo estas últimas semanas. No es de extrañar este cambio, puesto que Nisemonogarari fue estrenada en 2012, justo en la estela creada por Puella Magi Madoka Magica, y por tanto se benefició de todos los aciertos que Shaft había acumulada durante la producción de ese hito del anime.

Se nota ya, es cierto, esa deriva posterior de Shaft, en la que lo que se conoce en el anime como fan service - aquellos elementos destinados a provocar un estado de excitación sexual en el espectador masculino - no solo son prevalentes, sino que acaban por reemplazar a cualquier atisbo de trama. En Nisemonogatari, sin embargo, se hayan contrapesados por una animación de una vitalidad y expresividad que en ciertos instantes alcanza los niveles de un KyoAni, Bones o Madhouse en sus mejores momentos. No obstante, lo distintivo de esta serie, lo que la hace realmente valiosa, son las largas secuencias explicativas en las que el exceso de texto no es sino la excusa para entregarse a ricas y complejas metáforas visuales, rasgo en el que Shaft había sustentado su fama y en el que nadie, ni Bones, ni Madhouse, ni siguiera el Gainax de Evangelion, pueden superarle.

Quisiera equivocarme, pero tras concluir mi revisión de Nisemonogatari, tengo la impresión de que es el canto del cisne de Shaft, su último gran hito antes de su decadencia, que pienso será larga, con aún algunas joyas aisladas - el reciente Nekomogatari o la tercera película de Madoka Magica - pero que ya no tendrá arreglo.