martes, 18 de junio de 2013

Elephants in the Room

Dali,autorretrato

Vaya por delante que Dali no es uno de mis héroes pictóricos. Mejor dicho, que mi afición por su pintura - es uno de los grandes maestros, eso es innegable - no me lleva, como a demasiados, a considerarlo como el único surrealista válido del siglo XX, concepción que sólo prueba la ignorancia de aquellos que la sostienen.

Desgraciadamente, las exposiciones  de Dali, como las de Picasso, los impresionistas o los hiperrealistas, tienden a convertise en circos mediáticos, auténticos festivales pop abarrrotados de público en los que llego a preguntarme qué es lo que realmente esperaban encontrar algunos de los visitantes, público al que realmente esto del arte y los artistas poco les importa o les interesa. Hay que reconocer que el caso de Dali hay razones objetivas para causar estas multitudes, aunque no las que les gustaría a sus admiradores. El hecho de que Dalí sea un pintor figurativo simbólico es obvio que da el material perfecto escribir muchas tesis en las que se intente descifrarlo, algo que no es posible con pintores más abstractos; mientras que el lego puede irse a casa con la impresión de haber ejercitado su cerebro, aunque se haya limitado a escuchar la consabida audioguía, repleta de datos enciclopédicos irrelevantes.


Esta irrelevancia expositiva tiene también, desgraciadamente, unas claras causas objetivas. Una exposición que se pretende evento pop, destino de multitudes, nunca intentará una crítica, un análisis serio, de la figura del artistas, aun cuando las sombras y las luces de un artista como Dalí sean más que claras y conocidas. La mayoría de los hechos polémicos serán simplemente silenciados, aunque para el espectador avisado ese silencio adquiera proporciones estentóreas, mientras que otros serán convenientemente cocinados - ¡Ah, las medias verdades! - de forma que la personalidad del artista aparezca bajo la luz más favorable posible.

Dali, Escenario para el Don Juan Tenorio

El primer secreto a voces de la exposición de Dali, que se intenta disimular los más posible, pero que no se consigue ocultar del todo, es simplemente que en la década de 1940 a 1950 la pintura de Dalí evoluciona rápidamente hacia la irrelevancia, perdiendo toda la mordiente y el impacto de su década prodigiosa, la de los años 30. Esto no quiere decir que Dali deje de ser un artista capital, sino simplemente que la pintura dejará de interesarle, convirtiéndose cada vez más en un método para adquirir una especie de respetabilidad, especialmente tras asentarse en la España franquista. Lo importante y distintivo de Dali tras 1940 es su conversión en un artista postmoderno avant-la-lettre, anticipando demasiados de los fenómenos de nuestro tiempos: el artista como estrella mediática, el arte como representación efímera e irrepetible, el escándalo como arma de promoción y enriquecimiento, la publicidad como medio preferido, casi único, para la creación artística y así sucesivamente.

Intimamente imbricado con esta metamoforsis se halla otra paralela, resumida por André Breton en el anagrama Avida Dollars. El Dali de los años 30, artista blasfemo y subversivo se convierte en los EEUU de los años cuarenta en un asiduo visitante de las fiestas de sociedad, una atracción imprescindible con que los ricos y famosos adornan sus fiestas. Se puede discutir hasta la saciedad hasta que punto Dalí se reía de sus mecenas, pero el hecho de que familias enteras acudan a contemplar las obras más insultantes de Dali sin pestañear o que en fecha reciente se haya reconstruido la colaboración Dali/Disney, demuestra hasta que punto la sociedad actual ha logrado asimilar la rebelión surrealista, hasta convertirla en un objeto más de consumo con el lograr pingües beneficios.

Estos dos secretos a voces serían los más importantes, pero existen otros que la exposición evita igualmente con mayor o menor fortuna. El primero sería el posicionamiento politico de Dalí, al que se nos presenta como profeta de los horrores de la guerra civil y mundial, ocultando como hacia 1939 escandalizaba a sus colegas surrealistas con extensos elogios a la figura de Hitler, lo cual da un significado nuevo a cuadros de esa fecha como "El enigma de Hitler". La idea de Dali derechista encajaría perfectamente con su evolución posterior como pintor religioso en la españa de Franco en los tardíos franquistas y entroncaría con una figura tan del siglo XX español como el subversivo radical que acaba defendiendo el status quo, algo que en sí no es otra cosa la definición del fascismo.

Un segundo aspecto sería la influencia de Gala en Dali, que suele reducirse en las biografías oficiales al de musa oficial, callada y silenciosa como todas las musas. No obstante, cualquiera que sepa un poco de la historia del surrealismo está al corriente de que Gala era cualquier cosa antes que una mujer sumisa. Hay que pensar que Gala era mayor que Dalí y que antes de conocer a Dali había estado envuelta en un complicado menage à trois con el poeta francés Paul Elouard y el pintor alemán Max Ernst, del cual surgiría uno de los ciclos de poemas máximos del siglo XX, La Capitale de la Douleur.  Cabe esperar, por tanto, que participará en la producción artística de su nuevo amante, en una medida que debe ser esclarecida por la investigación.

Desafortunadamente, todo intento de investigación tropieza inevitablemente con el hecho de que una de las aportaciones estéticas de Dalí es precisamente la construcción de su personaje artístico. Un edificio de contradicciones, mentiras, bandazos y espejismos en el que su propio creador acabó por perderse, especialmente en la última época de su vida, esos años 80 aún demasiado cercanos, sus protagonistas aún en vida, como para que se pueda afirmar algo de ellos.

Dalí, Angelus Architectónico de Millet
¿Qué queda de Dalí entonces? Hay que reconocer que todo gran artistas, y Dalí lo es, suele estar rodeado por el escándalo y el misterios, categorías que no son contradictorias. Para mí, el mejor Dalí es el menos pirotécnico, aquel capaz de poner riendas a su propia efervescencia, para conseguir imágenes turbadoras únicas, válidas por sí solas, sin necesidad de la traca y la fiesta a la que era tan aficionado y que tanto disfruta el público

Unas imágenes que curiosamente, si se las mira bien, beben de una antigua y larga y tradición: la cultura del manierismo y el barroco, del cual Dalí se muestra como un profundo conocedor. Éste aspecto, aún sin investigar y sistematizar completamente, sería quizás el mejor elogio que podría hacérsele, como último representante de una de las grandes corrientes pictóricas europeas, ocultas por el ilusionismo fotográfico que, como en otras artes, hemos considerado equivocadamente como la esencia de la pintura.

Dali, La Ciudad de los Cajones