miércoles, 26 de junio de 2013

A parallel history (y VIII)


































En entradas anteriores había ya señalado como las compilaciones de cine experimental reunidas por Kino tienden a centrarse, especialmente en los volúmenes 2 y 3, en las películas experimentales realizadas en EEUU tras la segunda guerra mundial. Hay excepciones, grandes excepciones, como el Traite de Bâve et Eternité de Isidore Isou, pero en líneas generales la regla se mantiene, lo que es una indicación de las colecciones de origen, la de Rohauer y la de Eastman, fundadas por mecenas norteamericanos.

Al revisar estos cortos y mediometrajes experimentales norteamericanos se descubre que inauguran  un mito y una tradición. El mito es la idea popular sobre qué debe ser una película vanguardista. Básicamente, las experiencias existenciales de un joven generalmente de raza blanca, oprimido por fuerzas vagas e imprecisas, tanto externas e internas, todo ilustrado mediante un método entre abstracto y surrealista. Es cierto que ésta imagen de la vanguardia es parcial e incompleta, dejando fuera a los autores experimentales realmente grandes - piénsese en Brakhage - pero la pervivencia de este cliché, y su recurrencia en los filmes de estudiante, apuntan a que es más fiel a la realidad de lo que nos gustaría aceptar.

La tradición a la que hacía referencia es precisamente la de la película ejercicio/examen realizada en las escuelas de cine. La postguerra mundial es testigo de la aparición de esas primeras escuelas de cine, producto de la cristalización de la forma de entretenimiento que se llamaba cinematógrafo en un arte con una historia que narrar y un canon que transmitir. La fundación de estas instituciones académicas provoca también una metamorfosis en la vanguardia, que en parte pasa de ser mayoritariamente una creación de personalidades excentricas y bohemias, financiados por mecenas que consideran su obligación promover el arte nuevo; a ser potenciado por profesores universitarios , protegidos por la relativa seguridad de su profesión como pedagogos.

El resultado es ese híbrido conocido como el filme de estudiante, una forma que permitirá a estos profesores/directores seguir activos, aunque sea como colaboradores en los filmes vanguardistas de sus estudiantes, mientras que estos les ofrecerá la posibilidad única de coquetear con la experimentación, oportunidad que salvo muy contadas excepciones, no volverá a presentarse a lo largo de sus carreras, pronto consumidas y apagadas en los laberintos del cine comercial.

No hay que pensar, sin embargo, que el apelativo de cine estudiantil suponga que estamos hablando de obras menores o de curiosidades. Es cierto que se trata de excepciones, de obras que no tendrán continuidad en la carrera de sus creadores, pero muchos de estos proyectos no desmerecen a sus hermanos mayores - y más puros y arriesgados - de décadas anteriores y posteriores, mientras que su influencia, como objeto de estudio en las instituciones donde fueron creadas, servirá de inspiración permanente a generaciones posteriores de cineastas y aficionados, como bien viene a demostrar su inclusión en estas compilaciones.

Uno de los cortos que he visto este fin de semana, The Unconfortable Man fue creado precisamente a medias entre un profesor, Kent Munson, y su alumno, Theodore Huff. Como si  fuera un ejercicio escolar, diseñado específicamente para ajustarse al modelo que he esbozado un poco más arriba, el corto narra las vicisitudes de quien, suponemos, es un joven cineasta. El protagonista intenta desesperadamente perderse, confundirse y disolverse, en el mundo de las imágenes en movimiento, ilustrado brillantemente mediante la proyección en su rostro de las películas que admira, pero lo único que consigue es irse apartando paulatinamente del mundo, encerrarse, atrincherarse en el sotabanco que considera su hogar, su refugio, temeroso del mundo y de sus habitantes.

Sin embargo, lo realmente valioso del corto no es su adherencia a un modelo que por entonces no existía. Donde esta obra brilla con fuerza es en su descripción de los vagabundeos del protagonista por una ciudad de Nueva York diametralmente opuesta a las luces y el glamour tan caro a Holywood y los mitómanos educados en ese estilo. Ese paisaje urbano es narrado en estilo documental, casi cámara al hombro, como se puede comprobar en las capturas que abren esta entrada, y nos muestra una ciudad de miseria, de pobreza, de gentes locas y alienadas. Un magma humano hirviente, caleidoscópico y poliédrico, en el que no existen referencias, ni seguridades, donde perderse es seguro, donde extraviarse es el único camino posible.










Muy distinto es The Petrified Dog, al que pertenecen las capturas anteriores. Fue rodado a finales de los 40 por Sidney Peterson, de quien ya comenté hace unas entradas su The Potted Psalm. Este corto, y varios otros más como The Lead Shoes, fueron rodados cuando era profesor en la California School of Fine Arts, junto con los estudiantes de esa institución agrupados en lo que se llamó Worksop 20, el supuesto autor colectivo de la serie de cortos.

The Petrified Dog es mucho más radical que The Uncomfortable Man, ya que Peterson se decanta por soluciones más proximas al dadaísmo que al surrealismo, es decir, el corto no intenta buscar un significado, por muy hermético o esotérico que sea, ni pretende disimular su ausencia. Muy al contrario, se regocija en acumular secciones discordantes, juega con el caos y el desorden, sin realizar ningún intento por armonizar las diferentes secuencias, limar sus asperezas o conseguir que fluyan de manera lógica y orgánica entre sí. Como se dice en las notas que acompañan a la edición de Kino, podría definirse este corto como una acumulación de planos de reaccion procedentes de una decena de películas distintas, revueltas y remezcladas.

No obstante, de este desorden, de este aparente juego sin reglas ni objetivos, surgen aquí y allá, algunas ideas, algunas consignas. No hay que olvidar que fue rodado en el contexto de una escuela de arte, de forma que cierta visión crítica de la historia del cine, y por extensión del arte, es una presencia constante, inevitable en la mente de sus creadores. Así, se nos muestra, quizás con demasiada claridad, que el arte es sólo una búsqueda estéril de una perfección inalcanzable, existente por sí sola en la realidad, sin tener necesidad de nosotros para su confirmación. Por otra parte, el arte, el artista, no es otra cosa que la construcción de monumentos - ¿o son  mausoleos y cenotáfios? - al ego del artista, que se coloca por encima del resto de sus semejantes, de los que espera que le admiren y le idolatren, que le sirvan y ensalcen.