sábado, 15 de junio de 2013

Love, Infatuation and Work

Du wärst nicht nur der größte Freund, sondern gleichzeitig auch der größte Feind meiner Arbeit, wenigstens von der Arbeit aus gesehen, und sie musste sie deshalb ebenso, wie sie Dich in ihrem Kern über alle Genzen liebte, in ihren Selbsterhaltung mit allen Kräften gegen Dich wehren. Und zwar in jeder Einzelheit.

Franz Kafka, carta a Felice de Octubre/Noviembre 1914

No sólo eras el mejor amigo, sino al mismo tiempo el peor enemigo de mi trabajo, como mínimo desde el punto de vista de ese trabajo, y ésa actividad debía por tanto defenderse con todas sus fuerzas para asegurar su supervivencia, del mismo modo que en su interior te amaba sin límites. Y así en todo.

Durante los últimos meses, en mis trayectos de casa al trabajo, del trabajo a casa, he venido leyendo las cartas que Franz Kafka escribió en el periodo de 1912 a 1917 a Felice Bauer. Aún no las he terminado, me quedan como 150 páginas de las casi 800 del volumen, un retraso que se debe a lo exiguo de este tiempo nómada de lectura y al hecho de estarlo haciendo en alemán. No es que el alemán de Kafka sea muy difícil, en el sentido de utilizar palabras poco frecuentes o en acepciones obscuras, pero sí es cierto que utiliza un dialecto relacionado con el austriaco, en ocasiones muy diferente del alemán estandard, y que la complejidad de sus cuentos y novelas se filtra en su escritura privada, como si ambos mundos fueran uno único, casi como si el Kafka real fuera el K. de sus ficciones.



Es precisamente la imposibilidad de separar el Kafka público reflejado en su prosa del Kafka privado oculto en su cartas y diarios, la que justifica la lectura de estos escritos. No porque en ellos se vayan a encontrar pistas y respuestas sobre su proceso creativo - las referencias a sus escritos son más bien escasas y esas pocas funcionales - sino porque como digo la fiebre que consume la ficción de Kafka es la misma que consume al Kafka persona, hasta rozar el vertigo, el aburdo y la locura.

La collección de cartas que se conoce con el nombre de "a Felice" reune la correspondencia que ambos intercambiaron durante su enamoramiento y noviazgo. Cartas de amor, por tanto. Para muchos, el peor género literario. No obstante, amor hay poco en estas cartas. Mejor dicho, la pasión de Kafka - y recuérdese que sólo tenemos la versión de Kafka, interesada e incompleta - es arrolladora, posesiva, devastadora, contradictoria, destinada a la ruptura y la separación desde el primer momento. Un punto que para desgracia de ambos amantes sólo se alcanzará mucho tiempo más tarde, tras largo y penoso sufrimiento, impuesto y forzado por cada uno de los participantes en el otro, como si se tratase de una venganza, de un castigo contra su peor enemigo.

Ich hatte Dich lieb wie heute, ich sah Dich in Not, ich wusste, dass Du durch mich zwei Jahre unschuldig gelitten hast, wie Schuldige nicht leiden dürften, aber ich sah auch, dass Du meine Lage nicht begreifen konntest. Was hätte ich tun sollen? Nicht anderes, als das, was ich getan habe: mitzufahren, zu schweigen oder etwas ganz Dummes zu sagen, die Geschichte von dem komischen Droschkenkutscher anzuhören und Dich anschauen mit dem Gefühl, das es das letzte Mal sei.

Te tenía cariño, como hoy lo tengo. Te vi en dificultades, sabía que debido a mí habías sufrido sin culpa durante dos años, como no se permite que sufran los culpables, pero también veía, que no podías comprender mi situación. ¿Qué debía hacer? No otra cosa que lo que hice, acompañarte, callar, decir alguna tontería, escuchar las historias del cochero, mirarte con el sentimiento de que era la última vez que lo hacía.

Leyendo estas cartas enfebrecidas no es posible dudar de la sinceridad de Kafka. Él amaba profundamente a Felice, con la misma intensidad que se intuye que ella le amaba. De hecho, estuvieron prometidos en firme, a punto casi de casarse, aunque finalmente ese lazo se disolviera en nada. El problema, confesado por el mismo Kafka, que su de Kafka era contrario, refractario, a cualquier tipo de vida en común con otro ser humano. Nos cuenta - cuenta a su amada - que su ideal de vida sería permanecer encerrado en una cueva, aislado del mundo, excepto de quién le trajera la comida, escribiendo, escribiendo siempre, hasta el fin de los días.

Para Kafka ese aislamiento, cercano a lo que hoy calificaríamos de enfermedad mental, es la savia que alimenta su escritura. De hecho, el considera que sólo cuando esa soledad llegase a ser completa, sería el momento en que empezaría a escribir de forma aceptable, mientras que hasta entonces no había pasado de emborronar cuartillas con borradores fallidos. Estas confesiones, dedicadas a la persona con la que se ha comprometido a pasar el resto de la vida, se convierten en recurrentes en las cartas del noviazgo, cartas que se escriben con intervalos cada vez mayores - ¿o quizás se perdieron? - y en las que la pasión amorosa se torna un serie de advertencias, casi amenazas, en las que Kakfa predice la infelicidad de Felice, una vez casados, ya que el vínculo del escritor con su obra, con la soledad que la nutre, es tan fuerte, tan irrenunciable, que apenas podrá dedicar a su amada un par de minutos al día.

... aber mein Leben kannst Du nicht billigen oder könntest es wenigstens bisher freiwillig nicht. Ich sitze oder liege während der Stunden des Tages, die allein ich als mir entsprechendes Leben anerkenne, allein in diesen stillen 3 Zimmern, komme mit niemandem zusammen, auch mit meinen Freunden nicht, nur mit Max für paar Minuten auf dem Nachhauseweg aus dem Bureau und - bin nicht glücklich, gewiss nicht, aber doch manchmal zufrieden damit, dass ich, so gut es unter diesen Umständen geht, meine Pflicht erfülle.

...pero no puedes aprobar mi vida o al menos no eres libre para hacerlo. Durante el día permanezco sentado o tumbado, que solo considero como la vida que me corresponde, solo en estas tres habitaciones tranquilas, no me junto con nadie, ni siguiera con mis amigos, sólo con Max, un par de minutos en el camino a casa de vuelta del trabajo y no soy feliz, claramente no, pero a veces me siento satisfecho de que así, lo mejor que puedo debido a las circunstancias, cumplo mi deber.

Aún así, la rueda sigue girando y a pesar de todos los titubeos, de todas las dudas, de todas las retractaciones, por un instante parece que lo imposible va a tornarse realidad, que Kafka el solitario va a unirse a otra persona.

Cómo si fuera posible. Cómo si alguien pudiera modificar realmente su personalidad.

Finalmente, en Julio de 1914, justo antes del inicio de la primera guerra mundial, acontecimiento ignorado por los personajes de esta pequeña farsa  , el ensueño, el espejismo, se deshacen definitivamente, sin posibilidad de arreglo puesto que ninguno de ellos puede ya dejar de ver la realidad que negaban. En una entrevista en Berlín, cuyo contenido y términos son confusos y contradictorios, ambos deciden disolver su compromiso. Un encuentro que, extrañamente, no tiene lugar en privado, sino ante presencia de testigos, amigos de una y otra parte, entre los que se cuentan Max Brod, el futuro albacea de Kafka y Grete Bloch, amiga de Felice y reciente amistad epistolar de Kafka.

Cartas que por una casualidad del destino acabaron adjuntadas a la colección en poder de Felice y que arrojan un poco de luz sobre el periodo anterior a este encuentro, en el que Felice no recibió - o no quiso conservar - las cartas de su amado. Cartas, por último, entre las que se transpapeló un borrador de Grete Bloch a Kafka, en el que ella escribe que "no se atreve a mirar a Felice a la cara".