jueves, 6 de junio de 2013

A parallel history (y VII)

























En las compilaciones existentes de cine experimental y vanguardista - como las de Kino que estoy viendo por segunda vez esta semana - suelen ser un tanto cajón de sastre. En ellas se pueden encontrar obras plenamente experimentales, en el sentido de haber sido creadas con una intencionalidad específica, junto a otras que en realidad sólo son curiosidades, películas que no podemos clasificar en el contexto de su tiempo, y que ahora no serían consideradas vanguardistas, ni siquiera en un sentido histórico.

The Tell-tale heart, rodada en 1928 por Chales F. Klein (o fue realmente Leon Shamroy) tiene el curioso privlegio de pertenecer a ambos mundos, el de la vanguardia plena y el de la curiosidad arqueológica. Adaptación del cuento homónimo de Edgar Allan Poe, la mayor parte de su metraje es una traducción directa en imágenes de la narración del cuento, concretamente de la parte final, vestida con los ropajes del expresionismo fílmico, tal y como habían sido establecidos en Das Kabinett des Dr. Kaligari de Robert Wiene.

En tanto que traducción en imágenes hay que señalar que es bastante plana, falta del necesario grado de obsesión y locura que hace del cuento de Poe una experiencia casi alucinatoria. En cierta manera, parece que el director no se llega a tomar en serio la historia narrada por Poe y la observa con cierto distánciamento irónico, aunque sin llegar a ser una revisión postmodernista. Este aparente desapego puede ser un error de nuestro visión contemporánea, ya que ciertos efectos y tics de la actuación utilizados en el corto, han pasado a ser gags recurrentes en la comedia, como ocurre con la simultaneidad de los dos comisarios al hablar y al moverse. Por otra parte, da también la impresión de que el director no se siente completamente a gusto con el estilo expresionista y que sólo lo ha adoptado por ser una señal, una prueba, de que su obra intenta estar a la última. Los efectos expresionistas se limitan prácticamente al decorado, la habitación donde se desarrolla la escena, sin que acaben de estar completamente integrados en la acción rodada por la cámara. De hecho, hay una clara contradicción entre esos decorados expresionistas y la actuación casi cómica de los personajes.

Dada esta descripción, podría pensarse que este corto es uno de tantos prescindibles, una obra que hay que ver para completar nuestro conocimiento, una marca más en el expediente, pero que puede olvidarse enseguida sin ningún problema. Sin embargo, todo aquel que se haya embarcado en la exploración de los vastos territorios del cine experimental/vanguardista, sabe que las mayores sorpresas pueden aparecer en el momento más inesperado. Así ocurre con este corto, que incluye dos secuencias - la inicial del asesinato y la final cuando el crimen de descubre - que parecen pertenecer a otra película completamente distinta, tanto por su audacia conceptual, como por adelantarse a fenómenos fílmicos que alcanzarían su plenitud en la segunda mitad del siglo XX.

Ambas secciones son las únicas que consiguen reproducir en la pantalla el clima alucinatorio, de caída sin salvación en la locura, que caracteriza el cuento de Poe. Por una parte esto se consigue con un montaje de una agresividad inusual, incluso para un tiempo que había presenciado ya la explosión que supuso Eisenstein, pero que en manos de Shamroy llega al extremo de reducir los intervalos de montaje a un sólo plano. Invisibles, pero efectivos en su mismo atropellamiento al describir la catástrofe mental que se obra en el protagonista.

Esta descomposición del montaje hasta dejar de ser visible se extiende también a las propias imágenes que acaban por ser superposición de otras muchas. Aún así, a pesar de todas estas audacias, aún seguiríamos moviendo en terrenos conocidos y explorados, sin hacer otra cosa que llevarlos a su extremo lógico. La auténtica ruptura estriba en que Shamroy se atreve a pintar sobre el propio celuloide, escribiendo las palabras Kill, Kill (matar, matar) una y otra vez. Palabras que a su vez se rompen y descomponen, perdiendo su integridad, hasta que, en un momento mágico, la propia emulsión del celuloide se disuelve y desaparece.

Nunca antes se había visto esta audacia y se tendría que esperar a Brakhage para verlo explorado y ampliado. Sólo por esto, este corto merece figurar entre los mejores.