jueves, 20 de junio de 2013

Routine





















Uno de las sorpresas que uno se encuentra cuando se revisa la obra de un gran maestro, como es Ozu es que la definición crítica de su cine suele basarse un reducido conjunto de películas. Ya he comentado como en el pasado antediluviano, pre-Internet, lo que el aficionado solía conocer de Ozu se reducía a un par de películas (Tokyo Monogatari, Ohaayo y pare ud. de contar) todas de la década de los cincuenta, y de las que surgía la figura de Ozu como cronista del transito generacional, expresado frecuentemente en un conflicto padre e hija, con cierta nostalgia por un pasado más humano, más japonés.

A estos dogmas críticos se venían a unir otros que pretendían crear una teoría cinematográfica total, con tonterías sobrecogedoras como que los directores geniales eran los que tenían una única idea en su vida (o algo así). Por supuesto, estos edificios críticos, productos de un tiempo en que el acceso a muchas películas era casi imposible, se derrumban sin dejar rastro en un tiempo como el nuestro, en que los formatos digitales y la Internet han vuelto visible casi todo el cine invisible... o al menos así me gustaría pensarlo, puesto que sigue habiendo ciertos sectores críticos, paradójicamente los más combativos, que continúan repitiendo los slogans de antaño, como si fueran la verdad revelada, ante la cual la razón y el juicio se detienen.

Pero me pierdo. La cuestión es que cuanto más me adentró en la obra de Ozu, tanto en la previa al conflicto mundial, como en las áreas obscuras de su producción posterior, encuentro que las etiquetas con las que suele asociarse se tornan inválidas. Reducir a este autor a un conjunto de recetas, que luego se puedan guardar en una caja con la etiqueta "Todo Ozu" es una traición, él es más grande que sus admiradores y su cine abarca muchos más registros de los que podría pensarse, lo propio de un director que se revelan como un comediografo de altura, es decir, alguien con un fínisimo sentido de observación de los vicios y virtudes humanas.

Shoshun (Primavera Temprana de 1956), la película que he visto este fin de semana puede ser el ejemplo paradígmatico de ese Ozu-no-Ozu, al que hacía referencia. Poco hay en ella de ese tránsito generacional que aconstumbramos  a asociar con este autor, ni mucho menos del cacareado conflicto padre-hija, que realmente sólo aparece como tal en contadísimas obras. Por el contrario, nos topamos con una agría y desengañada visión sobre la vida laboral en el Japón del milagro económico de postguerra, la cual podría ser extensible a muchas otras épocas en muchos otros países.

Las bases de esta crítica se expresan en una crítica fundamental al modelo ideal. propuesto por esa sociedad de postguerra. Teóricamente, el trabajo está garantizado, el sueldo es suficiente para cubrir las necesidades familiares, las condiciones no son exigente, o al menos no de explotación/esclavitud para la mayoría de la población. Con ese punto de partida, la felicidad de los habitantes, debería darse por sentada, pero no ocurre así, sino que cada uno de los personajes se siente atrapado, dando vueltas continuamente en un estrecho círculo de acciones y responsabilidades del cual no puede salir. Una situación que lleva al conformismo, a la desilusión, a la depresión, y donde el aburrimiento, el ansia de novedad, justifica cualquier acción, incluso las más abyectas, que pueda quebrar por un instante la rutina.

Hablaba de critica social, pero estamos hablando también de Ozu, así que no hay que esperar que ésta se exprese de forma dramática, combativa, reivindicativa. Ozu se limita a observar, a actuar como notario, sin permitir que los hechos registrados aceleren el pulso firme con que los anota, sino reproduciendolos con casi completa neutralidad y objetividad, excepto, de vez en cuando, utilizar a alguno de los personajes para señalar que el mundo, la vida, no debería ser así, pero concluir asímismo, de forma pesimista, que el no puede concebir una salida, otro mundo posible, sea en un pasado soñado, sea en un futuro ansiado.

Así,cuando nuestro protagonista, oficinista de profesión, se embarque en una relación extramarital, Ozu nos la narrará con total desapego, como algo que entra dentro del orden natural de las cosas, producto de ese aburrimiento que excusa todas las acciones. Una aventura que, lo sabemos, será pronto olvidada por los protagonistas, sepultada por sucesivos sedimentos de rutina y cotidianidad, los mismos que ahogan y apagan nuestras vidas.