domingo, 10 de febrero de 2013

The World at War (XXII): Japan, 1942-1945































Siguiendo la tónica de mostrar la vida en los diferentes países en conflicto, este capítulo de The World at War se centra en las experiencias de la población civil del conflicto, describiendo como éste se iba acercando cada vez más al territorio metropolitano y, sobre todo, cómo se transformaba de una larga secuencia de victorias gloriosas sobre los occidentales decadentes en un auténtico castigo divino sobre la población japonesa, simbolizado por los bombardeos de alfombra de los B29 americanos sobre las aglomeraciones urbanas del Japón.

Antes de comentar este fenómeno, hay que señalar que nuestra visión de la guerra del Pacífico se reduce a dos hechs, el ataque por sorpresa contra la marina americana en Pearl Harbor, que lo inició - al menos desde el punto de vista estadounidense -, y el lanzamiento de las bombas atómicas contra Hiroshima y Nagasaki, que lo terminó. Esta ignorancia nuestra sobre el desarrollo y orígenes del conflicto - que en realidad se remonta a 1931 o 1937, según se considere la anexión de Manchuria o la guerra sbierta contra China - provoca que en el imaginario de muchos la guerra se reduzca a los pobres e indefensos japoneses resistiendo valientemente contra un imperialismo americano más propio de décadas posteriores y que lleva a muchos bien intencionados a rasgarse las vestiduras porque los japoneses parecieron aceptar si reparos la posterior ocupación de su país.

Como todas los mitos, hay un ápice de verdad en esto. La guerra del Pacífico se aviene mal con el tema principal de la proganda aliada, según el cual se estaba luchando por asegurar la libertad de los pueblos y las naciones frente al imperialismo expansionista de las potencias del Eje. El hecho es que este conflicto se va a librar en los territorios de los imperios coloniales de las potencias de occidente y por tanto es asimilable a cualquiera de esas guerras por intermediario que las grandes potencias libran en otras partes del mundo para evitar hacerlo en su casa, una realidad innegable que la propaganda japonesa aprovechó para hacer ver que su expansión por Asia en realidad era un movimiento de liberación de los pueblos asiáticos oprimidos. Un Asia para los Asiáticos - aunque bajo tutela japonesa - que provocó muchas dudas en los movimientos independentista de esos territorios, como muestra el caso del Congreso Nacional Indio y su lider Gandhi.

Sin embargo, si bien lo anterior es cierto, hay que hacer hincapié en la primera parte de la ecuación. La guerra del Pacífico era un conflicto colonial como los que el continente Asiático había presenciado en los tres últimos siglos. El fin último de Japón no era libertar a los asiáticos de sus amos Europeos, para luego retirarse y dejarles gobernarse por sí solos. No, el auténtico objetivo del imperialismo japonés era labrarse su propio Imperio, substituyendo a las administraciones europeas por la suya propia, mientras se supeditaban los intereses de los pueblos "liberados" a los de los conquistadores japoneses, como bien pronto descubrieron a las malas los líderes de los movimientos nacionales de los territorios liberados por Japón. En ese sentido el ejemplo perfecto el caso de China y Corea, donde la población fue reducida al rango de auténticos siervos del Imperio, contra los cualquier acción punitiva estaba autorizada, incluida la guerra química y bacteriológica.

Esa crueldad del imperialismo japonés no se limitaba al exterior. El sistema japonés en 1941 era un claro ejemplo de totalitarismo que perseguía con dureza cualquier tipo de disidencia, especialmente todo lo que pudiera sonar a occidental frente al modelo idealizado del espíritu japonés propagado por las autoridades militares. Este modelo, el del samurái cuyo único fin era el de morir a mayor gloria del emperador, se inculcaba desde muy temprana edad en los niños japoneses, instruyéndoles en las artes de la guerra y en la concepción de la raza japonesa como el pueblo elegido, superior a cualquier otro, especialmente los occidentales decadentes. Una vez alcanzada la madurez, este adoctrinamiento se reforzaba en el largo periodo de instrucción militar, mediante un sistema en que la violencia sin restricciones dentro del ejército era el mecanismo que lo mantenía unido. y en que el que el rango daba el poder para castigar de forma arbitraria a sus inferiores, para crear así robots que siguiesen ciegamente cualquier orden, incluso la de combatir hasta la muerte sin admitir nunca la derrota o considerar la rendición.

Este imagen ideal del pueblo japonés, dispuesto a aceptar la muerte sin pestañear, incluso a considerarla como la única salida posible y honorable, tendría consecuencias catastróficas cuando los americanos comenzasen a bombardear sin piedad las ciudades japonesas, arrasándolas por completo, sin que las fuerzas armadas niponas pudieran hacer nada por evitarlo. No es ya que surgiese, como último recurso, el complejo fenómeno de los ataques kamikazes, es que las propias autoridades japonesas empezaron a propagar la idea del suicidio nacional, expresada en el lema: 100 millones mueren juntos, entrenando a toda la población en medidas defensivas, como atacar a los invasores americanos con lanzas de bambú, que habrían derivado en auténticas matanzas... o las agrias discusiones en la cúpula dirigente japonesa, con dos bombas atomicas lanzadas sobre el territorio japonés, sobre si rendirse era aceptable o no, en un caso de locura sólo superado por el Götterdammerung de los últimos meses de la Alemania nazi.

Pero por supuesto, esto no justifica de ninguna manera, ni el lanzamiento de las dos bombas atómicas ni el bombardeo sin piedad de los centros urbanos japoneses.