jueves, 21 de febrero de 2013

Still in the trenches

When Franco was at last victorious in 1939, Pope Pious XII broadcast to the Spanish people, praising Spain because it had "once again given to prophets of materialist atheism a noble proof of its indestructible Catholic faith". Pious XI's attempt to differentiate between Hitler and Mussolini was forgotten. No protests went up from the Vatican when Hitler invaded the helpless remnant of Czechoslovakia and for a while the Catholic church in Germany benefited accordingly. At least the Church did not advocate for the restoration of the Spanish Inquisition alongside the continuing existence of the Holy Office in Rome; but it was hardly needed to in the police state which was the Spain of the Caudillo Franco (Caudillo means what Führer means in Germany). Franco's regime reasserted the Spain of the 1492 expulsion, against all that had happened in the Peninsula over the last hundred years: Spain was conceived of as racially pure, deferential to paternalistic authority, corporatist, uniformly Catholic. The dictatorship was to last with only tactical modifications of its icy authoritarism until the Caudillo's death in 1975, by which time developments in the Catholic Church made him an  increasingly embarrassing relic of the past.

A History of Christianity, Diarmaid MacCulloch.

A veces la biografía personal y la gran historia se cruzan de manera impredecible y sorprendente. El hecho es que tras enfrascarme en la interesantísima historia de la Reforma del XVI escrita por Diarmaid MacCulloch, me sumergía en la no menos fascinantes historia del cristianismo escrita por el mismo autor - obras cuyo mayor reparo es que muchos de los temas que tocan quedan en estado de esbozo, incompletos y semiocultos - justo cuando se anunció la abdicación del Papa.


Resulta curioso que la renuncia del cardenal Ratzinger al trono de la cristiandad católica haya sido tratado como si el Papa Benedicto XVI hubiera muerto en realidad, con el habitual coro de plañideras de uno y otro signo glosando la figura del antiguo jefe del Santo Oficio - o Congregación para la doctrina de la fe, curioso eufemismo para la Inquisición -, como si estuviera fuera del bien y del mal, o simplemente no estuviéramos hablando de un ser humano, con sus debilidades, defectos y mezquindades. En este alabanza universal, resulta cuando menos curioso el silencio no menos general sobre un difícil y turbador problema teológico que hace de esta abdicación un incómodo precedente en la historia de la Iglesia. Se trata ni más ni menos del hecho de que el Papá, en su calidad de vicario de Cristo y por tanto su representante en este mundo, ha realizado una acción que niega el sacrificio de su fundador, al rechazar el cáliz del sacrificio que Cristo tuvo que apurar hasta las heces, lo cual podría hacer pensar que el Papá se cree mejor que aquel de quien sólo es un representante.

Dejando esto a un lado - resulta difícil valorar ahora mismo la decisión personal del Papa Ratzinger o las posibles luchas de poder que han llevado a este resultado - lo que los comentaristas han dejado también de lado es que la Iglesia Romana no es otra cosa que una institución humana, demasiado humana. Como tal, se ha visto envuelta en las diferentes luchas de poder que se han librado en Europa desde el siglo XI, cuando los actores del ruedo político europeo serían reconocibles por cualquier Europeo del siglo XXI. Esto implica, por mucho que pese a los miembros de la iglesia católica y por mucho que esta nos lo quiera ocultar en su política habitual que una gran parte de sus decisiones en materia de doctrina no tiene la causa en lo que predico su fundador- al menos según se recoge en los evangelios - sino con las necesidades políticas del Papa reinante, hasta hace un siglo y medio, uno más de los gobernantes de la península italiana.

En ese sentido es revelador el conflicto, que abarca todo el siglo XIX, entre el Papado y las fuerzas del Risorgimiento que buscaban unificar la península Italiana, cuya mayor consecuencia, a medida que el Papa se veía cada vez más acorralado en el Vaticano, fueron las continuas y repetidas condenas de las ideas del liberalismo y la ilustración, unidos a un creciente reforzamiento del poder absoluto del Pontífice. la situación se resolvería con el encierro del Pontífice en el Vaticano, su última posesión en Roma, tras la unificación, a la que se unió y se confundió el espectro del comunismo tras 1917, un movimiento político que a su llegada al poder en Rusia tuvo como uno de sus objetivos eliminar violentamente todo vestigio de vida religiosa, en la URSS y en cualquier otro país que cayera bajo su férula.

Esta acumulación de enemigos  llevó a la Iglesia a lo que podríamos llamar una "unholy alliance", un pacto con las fuerzas de la reacción europeas típicas del los años XX, los fascismos, que se tradujó en un sabroso concordato con el gobierno de Musolini, por el cual la iglesia se embolsaba anualmente una fuerte suma regalo del gobierno italiano. Esa alineación con un fascismo protector - y su horror por todo lo que fuera liberalismo/socialismo - tendría consecuencias catastróficas a medida que avanzase la década de los años treinta. No es solo ya que el Vaticano mantuviese una ambigua postura ante el Nazismo, roto solo levemente cuando este hizo amago de atacar la Iglesia en Alemania, sino que su continuado silencio ante los horrores de ese régimen, especialmente el holocausto, dejo al común de los creyentes sin guía frente a la perversidad de las doctrinas Hitlerianas, reduciendo cualquier oposición a una reacción personal sin respaldo por parte de la Iglesia.

Peor fue, para vergüenza de la Iglesia, que la mayor parte de los gobiernos títere de los países ocupados en occidente - La Francia de Vichy, la Eslovaquia de Tiso, La Croacia de Ante Pavelic - hicieron profesión expresa de catolicismo, creando un catolicismo de estado que no tuvo ningún reparo en eliminar, alegando la defensa de la fe, cualquier tipo de disidentes políticos y de razas inferiores como los judíos. De esa manera, los muy cristianos gobiernos de la Europa ocupada se unieron con toda alegría a los planes de exterminio nazi, superándolos en alguno caso, como el de Croacia, hasta el extremo de aterrar a los propios gestores de la solución final. Una paradoja, la de una religión que predica el amor entregada a la eliminimación física de los que no pertenecen al rebaño, que no es tal, pues sólo hay que recordar los largos siglos de predicación antisemita de la Iglesia Católica - y reformada.

Por supuesto, en esta lista falta la España de Franco. Aquella que el propio santo Padre anunció como salvadora de la fe y de las auténcias esencias cristianas del pueblo español y que - como irónicamente resalta el párrafo citado al principio - no necesitó reinstaurar la Inquisición puesto que el propio régimen era ya un estado policial, por mucho que propagandistas actuales - combatientes de una guerra civil que se libra en las hojas de los libros y en la Internet - lo intenten atenuar, jugando y retorciendo el significado de las palabras.

Una situación, la de ver como se sigue defendiendo el fascismo y el totalitarismo, de la que nos podríamos haber librado si sólo los aliados nos hubieran invadido durante la segunda guerra mundial. Así nos habríamos convertido en un país occidental más, sin todos los problemas y resabios acarreados por haber sufrido una dictadura anacrónica hasta ayer mismo.